Angélica

Familia y sociedad. Orgullo y realidad. Desesperación, siempre. Por Arantxa Acosta

La cámara sigue a Cintia Galán mientras desciende las escaleras de caracol. Va a dar la bienvenida a las esperadas visitas. Justo antes de iniciar el triunfante descenso, la hemos visto prepararse para a ocasión: un leve movimiento de cabeza, tensar el cuerpo, y otorgar de un sinuoso movimiento cada paso que la lleva a la planta principal. Una vez allí, se dirige “a su público” antes de invitarles a pasar al salón. Un par de frases, sin aún haberle visto la cara, y ya obtenemos mucha información, que vamos afianzando a medida que avanza el metraje:

Cintia es altiva. Caprichosa. Egocéntrica. Déspota.

Cintia es actriz… como lo fue su recién fallecida madre. Y ahora, en la España de los años cincuenta, y sin ella haciéndole sombra, por fin podrá demostrar su talento.

Tras los acontecimientos que viviremos en el salón principal, Cintia volverá a su cuarto, subiendo de nuevo las mismas escaleras, pero ahora… nos quedaremos abajo, observando su patético y humillante ascenso desde la distancia que nos ofrece el plano fijo alejado de los peldaños.

El director, Antonio Cuesta, centra en la presentación y retirada de la protagonista de Angélica el mensaje principal de su historia: descendiendo de la autoconfianza, ascendiendo a la cruda realidad.

Cintia, una Neus Asensi espectacular, es el pilar de un cortometraje que reunirá en sus escasos veinte minutos muchos de los dilemas que todos nosotros arrastramos, como individuos, pero también como sociedad.

La propuesta es sencilla: la actriz accede, sin haber leído el guión, a interpretar el papel que la devolverá, por fin, a la gran pantalla. Cuando conozca qué se espera de ella, caerá primero en el shock, luego en la rabia, la desesperación y, finalmente, en la aceptación. Porque, por poco que a ella le guste, se verá empujada, y encasillada, al deber que ha firmado. Por arrogante, o por inocente. De esta forma, deberá hacer lo que se espera de ella, y se obligará autoengañarse para superar su frustración.

angelica 2

El blanco y negro, como ya hizo en su anterior cortometraje, Umbilical (2013), sirve al director para radicalizar su discurso, para encrudecerlo. De hecho, Angélica podría asimilarse a una evolución de la embrionaria idea de su anterior corto: la presión social para ser siempre los mejores, escondiendo nuestros errores, y arrastrándonos a retirarnos, a escondernos, si la gran masa nos desprecia por no ser “normales”; pero también la presión de la familia a seguir sus pasos, el deseo de una madre por “hacer algo bien”, obligando a su hija a actuar de forma que no quiere, para la satisfacción de su progenitora. Angélica recoge ese testigo, ahora desde el punto de vista de la hija y no de la madre, y nos pregunta: ¿hasta qué punto esconderemos nuestros deseos, nos someteremos al yugo de la sociedad, para ser aceptado? ¿Hasta qué punto el orgullo es nuestra autodefensa para no sufrir? Y, lo más importante, ¿por qué no podemos ser nosotros mismos, por qué nos dejamos manipular por lo que piensen los demás?

Y si en Umbilical la música extradiégetica se elimina para centrarnos en todo lo que ocurre en la pantalla, en Angélica la gran baza es, precisamente, la banda sonora creada por Josué Lauriño. Notas de piano, espaciadas, a veces grotescas, que tensan aún más la conversación en el salón, primera parte del cortometraje.

La segunda parte se centra en Cintia, en la soledad de su habitación, en ella enfrentándose a un pasado imposible de olvidar, y encontrando una “solución” a su reciente humillación. El director, entonces, nos acerca a ella, nos permite identificarnos con una protagonista que inicialmente había conseguido presentar de forma que nos provocase repulsión, como al resto de sus invitados. Nos había posicionado, conscientemente, en el lugar que no queríamos, y al que en realidad pertenecemos: la gran masa. Ahora, Cuesta nos obliga a mirar a Cintia con otros ojos. A ella, ya condenada, y a nosotros mismos. ¿Nos daremos cuenta de que su sufrimiento puede ser, o ya es, el nuestro propio?

BSO (07. Siempre):

 

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