Barbie también puede estar triste

La pornografía animada de Albertina Carri Por Samuel Lagunas

Albertina Carri es una de las directoras imprescindibles en el panorama actual del nuevo cine argentino. Nacida en Buenos Aires en 1973, vivió una infancia desgarrada por la desaparición de su padre Roberto Carri junto a su madre Ana María Caruso, ambos firmes opositores de la dictadura militar. Ni Albertina ni sus hermanos volvieron a ver a sus padres. El violento arrebato motivará la realización de Los rubios (2013), fascinante y extraña docuficción que explora el proceso de recuperación y construcción de la memoria, tanto individual como colectiva, al mismo tiempo que le permite a Carri, de la mano de su inseparable actriz Analía Couceyro, indagar sobre su propio “pasado presente”. Precisamente en ese proceso exploratorio y narrativo Carri elige unos cuantos playmóbiles animados en stop-motion para representar el momento ominoso del secuestro de sus padres. La animación se convierte en manos de Carri, al menos en Los rubios, en la única manera de representar un acontecimiento traumático sin que éste pierda su naturaleza irrepresentable.

El interés de Carri por la animación apareció desde los inicios de su carrera cinematográfica en los cortometrajes Aurora (2001) y Barbie también puede estar triste (2001), este último premiado como mejor película extranjera en el New York Mix Festival. En Barbie también puede estar triste, la cineasta argentina se propone subvertir las convenciones de la animación —esa terca creencia de que es un género meramente infantil— y lanzar, desde ahí, una crítica a las estrategias sexistas (heteronormativas y patriarcales) que se despliegan en la pornografía tradicional y que constituyen la base de todo un proyecto civilizatorio. Al elegir como protagonista a Barbie, el ícono generacional de la feminidad burguesa, blanca y norteamericana, Carri denuncia inteligentemente, no sin cierto humor ácido, las atroces consecuencias que los juguetes pueden tener en las formas en que las niñas construyen y viven sus relaciones asumiendo inconscientemente dinámicas violentas de dominación.

Barbie también puede estar triste 2002

La historia es intencionalmente burda. Barbie es una mujer de clase alta que tiene que soportar a su esposo Ken, una especie de gerente empresarial que no tiene ningún empacho en abusar sexualmente de su secretaria. Para Barbie, la única ruta de escape se encuentra en la morena Teresa, su fiel e incondicional criada. A diferencia de la hipócrita y dañina vida matrimonial que aprisiona a Barbie (quien incluso es vigilada hitchcockianamente por una anciana en silla de ruedas), Teresa encarna la posibilidad de un ejercicio libre y lúdico de la sexualidad al vivir con un hombre, carnicero de oficio, y con un transgénero. La trama se desarrolla linealmente y con la tosquedad habitual de una película pornográfica: pocas palabras y bastante sexo. Pero, no hay que olvidarlo, estamos ante una película animada donde cada plano detalle tiene algo de inusitado e incómodo (como toda la filmografía de Carri) dada su materia y el imaginario políticamente correcto y puritano que los muñequitos de Mattel cargan en sus inertes hombros de plástico.

Barbie también puede estar triste es una transgresión total y única en el panorama del cine animado latinoamericano, bastante conservador en su mayoría y enfocado únicamente en folklorizar contenidos importados. Pero para Albertina Carri el “buen gusto” es, con toda intención, lo menos importante ya que detrás de él se esconde una política obstinada en privilegiar el goce sexual de los hombres echando por la borda las posibilidades de placer del cuerpo femenino. ¿Es éste un corto posporno, queer o trash? Tal vez, pero más allá de pegar etiquetas, conviene concluir que Barbie también puede estar triste es, gracias a su voluntad autoral, una declaración de principios que nace de entre la basura del cliché y la hueca superficialidad del estereotipo: una provocativa y rabiosa afirmación —un tanto didáctica, no hay que negarlo— de la libertad y plenitud que se consiguen cuando se ejerce una sexualidad sin prejuicios morales y más allá de la cortapisa que la tradición, aún la pornográfica, sigue reproduciendo.

TRAILER:

Barbie también puede estar triste – Barbie can also be sad from Milenko on Vimeo.

 

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