Historia de un oso

La tradición de la nostalgia Por Samuel Lagunas

Historia de un oso, cortometraje animado ganador en los Oscar 2016, es una historia nostálgica de principio a fin: nostalgia, sí, del personaje principal por un pasado que le han arrebatado; pero, también, nostalgia –en tanto recuerdo meditado– por lo que ha significado y significa hacer animación en un país como Chile.

El argumento es simple: un oso adulto, con una refunfuñada melancolía no muy lejana a la de Carl en Up: una aventura de altura (Up, Peter Docter/Bob Peterson, 2009), sale cada mañana de su casa para montar en las calles el mismo espectáculo: un teatro miniatura de marionetas de hojalata. La historia que narra es por demás estrujante: una familia de osos es atacada por policías en su propio domicilio. El padre es llevado a un circo del que, después de peripecias que evocan por momentos a las aventuras circenses de Edward Bloom en El gran pez (Big Fish, Tim Burton, 2003), logra escapar. Al regresar a casa, descubre con alegría que su familia también está allí. Abrazos. Se cierra el telón. Pero algo no encaja y lo sabe el espectador. De ahí la sonrisa forzada que esboza(mos).

Historia de un oso 1

Historia de un oso es el primer cortometraje producido por PunkRobot, estudio de animación donde Gabriel Osorio ha trabajado desde sus inicios en 2008. Antes, se habían dedicado exclusivamente a producir series animadas infantiles que, ante la dificultad de ser exhibidas en televisión abierta, tuvieron que buscar otros caminos como la plataforma Netflix. Es el caso, especialmente, de Flipos, animación en 3D que cuenta las aventuras de cuatro seres en el espacio, y de Las aventuras de Muelin y Perlita. Las dificultades para la producción y exhibición de películas animadas en Chile no es un asunto nuevo: es, más bien, un asunto pendiente. Y es que la historia reciente de la animación en Chile se remonta no muy atrás: a los años en que trabajaban Carlos González (creador de Tevito Tv) y Enrique Bustamante (creador de El angelito [1971]) para la televisión. Ambas carreras, especialmente la de González, se vieron abruptamente interrumpidas por el golpe de estado en 1973, evento que provocó el exilio –voluntario o forzado– de decenas de animadores y animadoras quienes, sin embargo, continuaron realizando trabajos desde el extranjero, sobre todo desde Dresden, ciudad que recibió a Vivienne Barry, Ariel Pereira y Juan Enrique Forsch. Aún la década de 1980, que vio nacer el primer festival chileno de animación, confirió a la animación a los spots publicitarios. El fin de la dictadura trajo también el inicio de una nueva época en la historia de la animación chilena con la creación de nuevas empresas y la instauración de apoyos financieros como el Fondart. En 1990 comienzan a dirigirse los primeros cortometrajes de autor que muy pronto son reconocidos en el extranjero. Tal es el caso de The Janitor (Vanesa Schwartz, 1993), primero, y único hasta antes de Historia de un oso, en ser nominado a los premios Oscar. Es en el año 2003 que aparece el cortometraje animado en patchworks Como alitas de chincol (Vivienne Barry), uno de los primeros en reflexionar sobre el período dictatorial a partir de la experiencia del taller de Arpilleras. El auge de las nuevas tecnologías en los años 2000 y las nuevas políticas de fondos audiovisuales permitieron la aparición de un mayor número productos animados para la televisión, aunque todavía sometidos a un estrecho tiempo de exhibición. Es en esta época que se consolidan las escuelas de animación, entre las que destaca de inmediato la Universidad de las Américas, recinto en el que ahora Gabriel Osorio es profesor. Otros animadores importantes que se encuentran en dicha Universidad son Francisco Huichaqueo (Vogos Illuminati, 2006) y Erwin Gómez (Siaskel, el gigante, 2005).

¿Por qué hablar de la historia de la animación chilena a partir de Historia de un oso?

No sólo porque la historia de la animación en América Latina es un tema prácticamente desconocido, sino también porque Historia de un oso es un punto culmen de una tradición –una memoria cinematográfica que le antecede–, precisamente, desde la nostalgia: la memoria de ese parteaguas violentísimo que fue el gobierno de Pinochet y sobre el que Historia de un oso reflexiona con dolor y no sin esperanza. No es de extrañar, entonces, cuando descubrimos que la historia que cuenta el cortometraje está basada en la vida del abuelo de Gabriel y los años que estuvo encarcelado lejos de su familia.

Más allá de esto, La historia de un oso, se sostiene por sí sola: con ecos de La invención de Hugo (Hugo, Martin Scorsese, 2011) en sus primeros segundos, con el uso de cuatro técnicas distintas de animación: computarizada, 2D, 3D y stopmotion, y con una musicalización inmejorable de Felicia Morales y el dúo indie Dënver; Osorio consigue en 10 minutos sacudir las emociones del espectador y, al mismo tiempo, devolverle la esperanza –el ánimo de continuar– gracias a esa máquina de ilusiones que, todavía hoy, es el cine.

 

CORTOMETRAJE:


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Fuentes consultadas:

Barry, Vivienne (2010). Animación. La magia en movimiento. Pehuén Editores, Santiago de Chile.

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