La manada (2011)

La lucha del hombre contra su naturaleza Por Diana Callejas

A pesar de estar en el siglo XXI, el siglo de la tecnología y de la democratización de los viajes espaciales, ya sólo se reduce a un tema económico, el ser humano se sigue moviendo por los mismos mecanismos milenarios de los hombres de las cavernas. Precisamente en La manada de Mario Fernández Alonso, se nos retratan las vivencias de un pequeño grupo de chavales, marcados por la idea primigenia de pertenencia al grupo a partir de un acto iniciático, que marcará un antes y un después en sus vidas.

Mario Fernández licenciado en Psicología, tras realizar Dejar a Marcos (2008) y Niger (2012) en los que se apostaba ya, por temas que hablan de los recovecos interiores de los personajes protagonistas, en La manada va un poco más allá situando al espectador en el epicentro de un micro-colectivo conformado por tres chicos y dos chicas. Unos jóvenes que aún uniformados con el traje del colegio al que pertenecen, desean demostrar que forman parte de otra agrupación, más exclusiva si cabe, la de su propia amistad ligada en ese momento con el paso de la adolescencia a la edad adulta.

Como todo paso iniciático que se precie, conllevará una prueba de valentía para el nuevo miembro que pretende integrarse y conseguir esa ansiada recompensa: tener el reconocimiento de esa ansiada sociedad colegial, que es La Amistad. El director realiza un ejercicio de introspección en los personajes a grandes rasgos pero sacando a la luz lo interesante de cada uno de ellos: encontramos al típico personaje violento sin grandes convenciones éticas, las chicas que coquetean continuamente con sus compañeros del sexo contrario, llegando en ocasiones, a distraer la atención de los motivos por los que los personajes se encuentran en ese páramo o la figura del ‘nuevo miembro’ cargado de dudas y temores a lo desconocido…

La Manada

Brevemente se nos hace una composición de lugar donde los personajes, actores debutantes en escena, campan a sus anchas en un paisaje que parece tener vida propia, recordándonos el ruralismo típico de nuestro país, pero trayendo a la memoria del espectador los entornos propios de películas de ciencia ficción situadas en ciudades distópicas como La carretera (The Road, John Hillcoat, 2009) o yendo más lejos los horizontes marcianos tantas veces representados en el cine de dicho género. Pronto, la libertad aparente que demuestra, a priori el corto, enmascara la realidad del yugo que sobre toda civilización se cierne estrangulando todo atisbo de albedrío, que un ejercicio de sabiduría popular, Eduard Punset alude como: Doctor, recéteme algo contra la soledad, con lo que quiere decir, que el ser humano necesita pertenecer a algo, para sentirse Feliz. Hoy en día las redes sociales, por ejemplo, han hecho una labor importantísima a la Humanidad en este sentido, ya que una persona puede compartir y pertenecer a cientos o miles o millones de grupos, subgrupos, etc., conformando nuestra propia y única identidad.

El gran acierto de La Manada es, precisamente ir a la raíz de esta cuestión, ¿hasta dónde eres capaz de llegar para pertenecer a un grupo?

El espectador, encontrará reminiscencia de películas como La ola (Die Welle, Dennis Gansel, 2008), Funny games (Michael Haneke, 1997) o de la mítica La naranja mecánica (A Clockwork Orange, Stanley Kubrick, 1971), dónde se tratan estos temas sociales y dónde se logra crear una atmósfera semejante a la vivida en este corto, amenazador y atrayente a la vez. Aunque nos encontremos en los abiertos páramos de Albacete, sin casi rastros de civilización alrededor, hay algo en el ambiente que le hace asfixiante e incluso incómodo de respirar, remarcado por ciertas secuencias como la del baile de las chicas o el momento de construcción de un arma, que aunque no sepamos para que será utilizada, nos pone en alerta desde nuestros cómodos sillones de espectadores cinematográficos. Como no podía ser de otro modo, además de tener una prueba de valentía como pacto no hablado para entrar en el clan, al ‘nuevo’ también se le pondrá a prueba en temas más mundanos como el del deseo sexual, soterrado pero muy sutilmente tratado que confiere los pliegues propios de una historia con matices.

La Manada 2

La elección de áridos planos generales, sin ningún tipo de música, solamente encontramos los ruidos diegéticos del propio film, con actuaciones comedidas, todo ello bañado con un luz directa, típica del mediodía -posiblemente cuando los chicos salgan de la escuela-, dotan al cortometraje de un realismo, una belleza seca y cortante, difícil de encontrar en los tiempos que corren. No en vano obtuvo el premio a la Mejor Fotografía en Versión Española en 2012, también llevándose a casa el Premio al Mejor Cortometraje en Antropología en corto en el mismo año o Premio al Mejor Cortometraje de Ficción en Interfilm Berlín International Short Film Festival, entre otros en un largo recorrido por diversos festivales de medio mundo.

Aunque cada vez parece más difícil tratar de una manera novedosa los temas de siempre, en La Manada se encuentra una de fórmula simple pero ambiciosa, sugerente y explícita que dejando un regusto a desconfianza, planta en el espectador una semilla existencialista que tardará días en olvidar.

 

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