Los años dirán

Por Arantxa Acosta

Pareja estable. Trabajo bien remunerado. Piso propio (con parking, por supuesto). Y un nuevo coche. Más grande, mejor.

Nos queremos… ¿no lo véis?

Hemos triunfado… ¿no lo véis?

Cumpliremos nuestros sueños… ¿no lo véis?

¿No lo véis? ¡Ah! El problema es que, posiblemente, es uno mismo es el que no lo ve. Estamos ciegos de avaricia, de ilusión “prestada” que nos roba nuestros propios sueños, nuestras propias decisiones. Vivimos en una sociedad cuya definición de éxito parece deba ser universal, que sirva para todos, provocando así la necesidad de autoconvencernos de lo que necesitamos, de lo que nos hace felices. Aparentar que estamos de acuerdo.

Los años dirán

Andrea Jaurrieta acierta completamente al exponer las inseguridades de una mujer atrapada en la jaula de la conformidad, situando la acción de Los años dirán en un momento temporal de la vida de dos jóvenes que a muchos nos tocará de lleno: la visita, junto a los padres de ella, a la obra del piso comprado sobre plano. Un piso situado a las afueras de la ciudad, en una (¿prometedora?) zona residencial…

El mayor valor del cortometraje radica, principalmente, en la aparentemente sencilla presentación de la historia. Pocos diálogos (la directora confiesa que uno de sus mayores retos fue recortar guión), reforzados, eso sí, por miradas cargadas de sentimiento. “Esta no soy yo”, parace expresar Ana, la protagonista, con su angustiosa expresión. Pero es quizá el novio, Iván, interpretado por Pablo Salaberri, quien incluso nos ayuda a identificarnos más con los personajes: Iván es la representación del “necesito que esto salga bien, necesito impresionar a mis suegros, necesito demostrar que he conseguido lo que todos esperan de mí”. Ciego ante las dudas de Ana, daremos fe de su propia fragilidad cuando él mismo se derrumbe al descubrir unas goteras en la estructura de su “flamante” piso. Unas goteras que, indudablemente, representan su relación con Ana: aparentemente perfecta pero con problemas de base.

Un collar de perlas y su significado será suficiente para hacer sucumbir a Ana en esa cárcel de paredes abiertas. Una cárcel delimitada por ellos mismos, gracias a la tiza blanca, presente constantemente durante todo el metraje. Una tiza que sirve tanto para definir los metros de cada una de las habitaciones como para aislar a Ana e Iván en un espacio íntimo (todo lo que puede permitir un círculo pintado en el suelo) en el que por fin puedan ser ellos mismos por breves instantes. Y no nos olvidamos de la figura de los padres, impecablemente interpretados por Alex Angulo y  María Garralón, que demuestran saber que no son los protagonistas de la historia, pero sí su pilar: orgullosos de que su hija siga sus mismos pasos, pero conscientes de que no va a llegar a ser feliz. Igual, seguramente, a lo que les pasó a  ellos mismos.

La confusión de la protagonista, su comportamiento errático o, como mínimo, poco convencional (respecto a los “estándares preestablecidos”) nos hacen pensar que sin duda uno de los mayores referentes de la directora ha sido El desierto rojo (Il deserto rosso, Michelangelo Antonioni, 1964), que identificamos no exclusivamente en la historia de Ana sino también en la puesta en escena. Unos encuadres que a ratos consiguen hacernos sentir angustiados (esos planos de la ciudad en obras, por ejemplo), a ratos nos muestran la fragilidad y miedo a hablar en voz alta de los protagonistas (los pies de Ana pasando al piso del vecino, el padre haciendo fotos al piso en construcción para intentar no quedarse a solas con su hija y tener que ser sincero)… A colación, destacable es también el trabajo de Juli Carné, director de fotografía, que convierte el hormigón de la obra en otro gran protagonista de Los años dirán. Tonos grises, fríos y metálicos, conseguidos, como ellos mismos explican, sin luz artificial.

Y no podemos cerrar esta pequeña reseña sin señalar que, evidentemente, tampoco pasa desapercibida en Los años dirán una sutil crítica a la burbuja inmobiliaria y su efecto destructor en las parejas de la generación X e Y.

Al fin y al cabo, eso de que es mejor comprar que alquilar forma parte de la educación española en estas generaciones compuestas por hijas e hijos de emigrantes nacidos en la post-guerra…

En definitiva, un buen trabajo que nos invita a seguir la trayectoria de esta directora novel, además de, cómo no, hacernos recordar el monólogo con el que Danny Boyle quiso presentar Trainspotting (1996):

“Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos. Elige la salud, colesterol bajo y seguros dentales. Elige pagar hipotecas a interés fijo. Elige un piso piloto. Elige a tus amigos. Elige ropa deportiva y maletas a juego. Elige pagar a plazos un traje de marca en una amplia gama de putos tejidos baratos. Elige bricolaje y preguntarte quién coño eres los domingos por la mañana. Elige sentarte en el sofá a ver tele-concursos que embotan la mente y aplastan el espíritu mientras llenas tu boca de puta comida basura. Elige pudrirte de viejo cagándote y meándote encima en un asilo miserable, siendo una carga para los niñatos egoístas y hechos polvo que has engendrado para reemplazarte. Elige tu futuro. Elige la vida…”

Trailer

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