Todo un futuro juntos

Amor hipotecado Por Ignasi Ferrer

Quien más quien menos, todos tenemos deudas con una entidad bancaria. Lamentablemente, la tendencia a conocer a alguien que ha sido desahuciado por un banco ha crecido los últimos años. En parte, por las abusivas condiciones impuestas que han generado frustración entre la gente y la creación de asociaciones del estilo de la PAH (Plataforma de los Afectados por la Hipoteca), populares sobre todo por sus escraches: protestas en las puertas del domicilio o empleo del político de turno. Esta realidad la ha capturado de una manera muy particular el director y guionista Pablo Remón, que viene siendo un habitual de este tipo de temáticas.

Todo un futuro juntos es una continuación temática de sus anteriores guiones de Casual Day (Max Lemcke, 2008) ó Cinco  metros cuadrados (Max Lemcke, 2011), además de haber dirigido el cortometraje Circus (2011).

En esta ocasión, Pablo Remón ficciona a partir de una anécdota real la conversación entre dos trabajadores de banca, uno de los cuales está sufriendo un escrache en su casa. Antes de empezar el cortometraje, un texto en pantalla explica que el director de la cinta escuchó una vez en un bar la conversación entre dos empleados de un banco y ha decidido desarrollar esta escena, ficcionando de manera evidente la segunda mitad añadiéndole una historia de amor un tanto surrealista. Mientras Juan Luis (Julián Villagrán) protesta porque les han convertido en el centro de la polémica, Fontaneda (Luis Bermejo), despreocupado por lo que le cuenta su compañero, empieza a contar como se ha encaprichado de una joven que está manifestándose en la puerta de su casa con unos bongos, porque la pobre es sordomuda, y el tormento que este amor le está produciendo.

Villagrán y Bermejo representan en Todo un futuro juntos dos caras de la banca actual.

Villagrán personifica los peores defectos: egoísmo y falta de empatía. Un personaje frío y antipático que se justifica afirmando que son víctimas del sistema y que sólo cumplían órdenes “de arriba” y que se muestra incapaz de reconfortar a su compañero cuando éste se deja llevar. El contrapunto lo pone el personaje de Bermejo que rompe con la antipatía natural hacía los trabajadores de la banca. Al principio se muestra frío y distante, pero pronto vemos que, a diferencia de Villagrán, su frialdad no es producto de su trabajo, sino que tiene problemas personales como todo el mundo.

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Con esta película, Pablo Remón plantea un experimento curioso. Por un lado, ha marcado distancias al empezar dejando que el espectador escuche el “cámara y acción” del director y vea como Julián Villagrán bosteza mientras la cámara busca el enfoque necesario. Luego, fondo en negro y explicación de donde surge la idea de la película. Dos estímulos diferentes y un tanto redundantes que nos avisan que eso es una ficción y, como bien dice el tópico, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Por otro lado, ha filmado todo con un exhaustivo plano-secuencia con el encuadre muy cerrado, asfixiando a sus personajes en un pequeño cubículo. Que el director haya optado por estos dos recursos narrativos es uno de los puntos fuertes de la película. Expone a los actores a una actuación cercana al teatro, buscando la naturaleza más visceral en sus representaciones. Por eso cierra el encuadre de manera tan exagerada, buscando los pequeños gestos que se escaparían con encuadres más abiertos e incomodando a sus actores de la misma manera que se incomodan sus personajes. Una narración precipitada sobre dos actores en plena forma, sobre todo Luis Bermejo que impregna su personaje de una manera tan elocuente que es imposible no resultar conmovido. Cuando la cámara tiembla, el rodaje fue cámara en mano, vibramos con la interpretación de Bermejo y como el amor prohibido de su personaje atenaza sus pensamientos y bloquea su razón mientras trata de verbalizarlo en un monólogo que engulle todo lo que pueda decir Julián. Un torrente de diálogo que Bermejo sólo detiene cuando afloran los sentimientos. En este caso, sólo es en dos momentos concretos: una vez por amor y otra cuando Bermejo rompe a llorar.

Como sucede a menudo, ni los buenos son tan buenos ni los malos, tan malos. La realidad reside en una escala de grises infinita, llena de matices lejos de los estereotipos. De aquí, probablemente, que el cortometraje sea en blanco y negro, una estética que recuerda a Coffe and Cigarettes (2003) de Jim Jarmusch. Este juego con el color, además del plano-secuencia, juegan a favor de la verosimilitud del metraje, acercándolo al documental. Una verosimilitud que pronto se rompe cuando la historia de las preferentes muta a la historia de amor humanizando al señor con traje de Armani que se esconde en un despacho. Una humanización que podría derivar en creer que Todo un futuro juntos busca justificar el papel de los banqueros. Nada más lejos de la realidad, sino que arroja dos verdades incómodas. Por un lado, que la promesa de un “futuro juntos”, frase que aparece en la publicidad del banco de la película, y que se asemeja a lo prometido de manera exagerada por otras entidades, más que una promesa es una condena. Y por otro, la constatación que algunos banqueros aún conservan sus sentimientos.

TRAILER:

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