Art and Craft

El documental del mes: Mayo 2015 Por Arantxa Acosta

"Tengo una enfermedad llamada osteogenesis imperfecta. Es una afección genética, no fabrico cierto tipo de proteína y mis huesos tienen muy poca densidad, se rompen fácilmente. He tenido 54 fracturas en mi vida y la mía es la versión más leve de esta enfermedad: el tipo 1. También hay tipo 2, 3 y 4. Los de tipo 4 no duran mucho. Así es como me vino la idea. Si hay alguien igual a mi en el mundo y estoy a un lado del espectro, ¿por qué no puede haber alguien opuesto al otro extremo? Alguien que no enferme, que no se lesione como los demás y probablemente él no lo sepa. La clase de persona que hay en los comics. Que fue puesta aquí para proteger a los demás... cuidarlos."El protegido (Unbreakable, M. Night Shyamalan, 2000)

Dos reflexiones muy básicas nos vienen a la mente mientras visionamos el documental del mes de Mayo. La primera, que a nadie nos gusta que nos engañen, y menos cuando está en juego no únicamente nuestro trabajo, sino nuestra credibilidad como profesional. La segunda que, como mínimo en la siguiente comparativa, es igual de artista aquél que es un maestro en la copia que el que ha conseguido plasmar en una obra original el paisaje y las personas que también él mismo estaba “plagiando”. Y es que tal y como el propio protagonista indica en la entrevista, “todo tiene raíces al pasado, nada es original bajo el sol”.

En cualquier caso, las dos reflexiones se resuelven en el filme tal y como el espectador espera que ocurra.

Mark Landis copia principalmente pinturas desde niño, cuando tras haber visitado varios museos durante el día y conseguido sus catálogos, por las noches estaba solo en habitaciones de hotel de todo el mundo mientras sus padres se divertían fuera. Nos explica ha desarrollado “el truco de la memoria”, que para él es como una ilusión, es magia. Y desde hace décadas perfecciona su estilo, llevado también a memorizar diálogos de films, que también se han convertido en la base de su forma de actuar y enfrentarse a sus acciones cotidianas (“Mi código de conducta es el de El Santo”). Imitar le tranquiliza, porque le recuerda aquella infancia feliz, lejos de la solitaria vida que ahora lleva, más tras la muerte de una madre que se nos antoja pilar para el equilibrio mental de Landis…

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Así que rápidamente el “personaje” provoca en nosotros cierta empatía, aunque en realidad el sentimiento es más bien de lástima hacia una persona con tantos problemas mentales (esquizofrenia, bipolaridad, depresión… una larga y penosa lista) que, no obstante, es consciente de que lo que hace no es correcto. Y esto es lo que desespera al segundo protagonista del filme: el catalogador de uno de los museos a los que Landis timó. Eso sí, de forma “legal”. Porque el falsificador es suficientemente consciente de que actuaría incorrectamente si vendiese su obra como original, y por eso siempre la introduce como donación… “Comportarse éticamente no compensa”, espeta en uno de sus momentos más lúcidos hablando a la cámara, recordando que su padre fue todo un “Oficial y Caballero”, y por eso no consiguió ser nadie en la vida. Y es que el rencor se palma en sus palabras, en su mirada, aunque no sabremos bien bien su origen, ni su foco. Lo máximo que sabremos vendrá de una dolorosa frase: “me tuvieron a mi porque se murió el perro”. Desgarrador.

Obsesionado con desenmascarar al farsante, el catalogador seguirá su pista por todo el país. Su empeño le llevará a perder el trabajo (porque, como decíamos al inicio, muchas veces preferimos seguir engañados. Es mucho mejor mantener la reputación del Museo, ¿verdad? Aunque la “misma obra” de, por ejemplo, Picasso, resulte estar colgada en cinco recintos repartidos en varios continentes….). Hasta que finalmente descubra que su enfado es, tras tantos años, pura admiración.

Art and Craft es una historia de héroes y antihéroes, en la que se demostrará que los anatagonistas no pueden vivir el uno sin el otro.

La existencia del falsificador viene marcada por la del catalogador, y viceversa. Las vidas de uno y otro se complementan. De ahí la inclusión a modo de prólogo de la cita de El protegido. Porque la película avanza siguiendo de forma paralela sus hazañas, sus descubrimientos. El bien indaga, el mal demuestra el por qué de su maldad. No existen blancos y negros, siempre hay toda una escala de grises completamente justificables para uno y para el otro. Y, como en el filme de Shyamalan, el encuentro final entre ellos dos es tan necesario como inevitable. Cómo no, este encuentro debe darse en una galería de arte, ya que igual que Elijah Price coleccionaba grabados de cómics, verdaderas obras maestras, el catalogador coleccionará las obras de arte de un Landis que a su vez también homenajea a sus ídolos, queriendo convertirse en ellos.

Porque el villano, en el fondo, quiere ser el héroe.

Con todo este material, y quizá sin haberse planteado la analogía héroe/antihéroe, los directores consiguen un documental curioso al mostrarnos cómo Landis pasa del personalmente prolífico anonimato a ser conocido en el mundillo artístico, para pronto saltar a las noticias de todo el país y finalmente ser admirado por los propios profesionales del sector. Aunque plano en su avance una vez ya se ha presentado al estrambótico protagonista(se echa de menos decantarse por hacer algo más cómica o trágica la historia, y sin embargo los directores se quedan en un poco estimulante medio camino entre las dos propuestas), retoma en el cuarto final el interés, mientras deseamos llegar al esperado encuentro y su resultado. ¿Qué pasará cuando se vean? ¿Recordará Landis al catalogador que le ha desenmascarado? ¿Habrá ganadores y vencidos, o se harán amigos a partir de entonces? ¿Demostrarán que es necesario sigan persiguiéndose para mantener la paz en el arte mundial?

TRAILER:

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