Casas para todos

El Chernobil del neoliberalismo Por Jose Cabello

La primera legislatura del gobierno de José María Aznar redactó y aprobó la conocida como Ley de la Liberalización del Suelo. Una legislación que trajo consigo la década ominosa comprendida entre 1997 y 2007, donde atónitos asistíamos a un crecimiento exponencial que parecía no dar tregua al desarrollo económico del país. El milagro español. El Gobierno de Aznar se enfrentaba por aquél entonces a unas medidas austeras impuestas desde la Unión Europea para la entrada de España en el euro. Por otro lado, el país poseía un problema estructural de vivienda ya que la demanda se situaba por encima de la oferta, fruto de las generaciones procedentes del baby-boom. El Gobierno, amparado en la nueva Ley, quería atajar una problemática que ya arrastraba desde antiguo: el tráfico de influencias del que gozaban los Ayuntamientos al disfrutar de competencias en torno a la designación de los terrenos susceptibles de urbanizar.

La Ley de Liberalización del Suelo nació coja. Las fuertes presiones de los antiguos terratenientes, que deberían competir con los nuevos al aumentar considerablemente el número de terrenos urbanos, restringieron el poder de una Ley que implosionó, permitiendo así a las Corporaciones Locales mantener un papel clave. En este contexto, se gestó una de los condicionantes para favorecer la burbuja inmobiliaria, pero sesgaríamos la realidad si inculpamos directamente a la Ley de Liberalización del suelo como única causante de este principio del fin. Como bien explicó el vídeo de Españistán de la burbuja inmobiliaria a la crisis (Españistán, 2011), la entrada en escena de las entidades financieras, que aún no eran considerados el enemigo público número uno, agravó un horizonte ya de por sí mermado. El descontrol de hipotecas, créditos o cualquier tipo de inyección de dinero al españolito medio adquirió una naturaleza de cotidianidad espeluznante. El pan de cada día: dinero para todos. Los ciudadanos, bajo su propia responsabilidad y amparados en la quimera de la imposibilidad de la pérdida de valor de una vivienda, se endeudaron hasta las cejas. Esta situación era sostenible en tiempos de bonanza económica, pero las vacas flacas estaban a la vuelta de la esquina.

Casas para todos evidencia los grandes desastres provocados en España por la fiebre de la burbuja inmobiliaria.

Este documental, que podría ser utilizado como prueba en la larga lista de juicios pendientes a políticos corruptos, supone un grano de arena más en favor del rechazo de cualquier teoría conspiratoria sobre el origen de la crisis económica. Ni Europa, ni Estados Unidos, ni la coyuntura internacional, ni un mal momento. Casas para todos señala con el dedo a los verdaderos culpables de la situación actual, ofreciendo al espectador un viaje por las ruinas modernas de nuestra geografía. Aquellas construcciones mastodónticas fruto de los delirios de grandeza que no solo adolecieron al sector privado sino, también, al público, acarreando unos costes inasumibles para el pueblo, costes que aún seguimos pagando.

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El documental se sirve de los vídeos promocionales que las propias promotoras empleaban para vender sus espacios residenciales. Como en un capítulo de Los Supersónicos (The Jetson, 1962), se nos intenta engatusar con un futuro no muy lejano recreado a través de un software informático. Zonas verdes, parques infantiles, casas ecológicas y sostenibles, gimnasios, tiendas, restaurantes… Todo como parte del catálogo ingeniado para agasajar a los huéspedes de estas hipotéticas ciudades que no son más que una burda imitación burguesa del Falansterio de Fourier. Un paso más allá, propio de la enajenación mental de muchos constructores, no solo se trazan ciudades, sino que se esbozan complejas obras faraónicas recreando ciudades vacacionales copiando los lugares emblemáticos de Paris, Venecia, Los Alpes suizos o Las Vegas.

La cámara capta la realidad del terreno que ocupan a día de hoy aquellas elucubraciones inmobiliarias con bastos parajes abandonados, desiertos en plenas ciudades o páramos deshabitados a medio construir. Un guardia que vigila una urbanización fantasma. Ovejas que pastan entre los restos de casas abandonadas. Conductores de autobús que desarrollan sus clases prácticas en los tramos sin destino de carreteras recién asfaltadas. Jóvenes skaters que utilizan las edificaciones como pistas de patinaje. O militares realizando simulacros de emboscadas.

Entornos muertos incorporados a la vida diaria a través de extraños usos. Esta exposición de los hechos ayuda a Casas para todos a establecer la crítica a un sistema económico trastornado que ha dejado casas sin gente y gente sin casas, mostrando así la cara oscura del capitalismo. Un rostro cada vez más conocido y que desgraciadamente forman parte de nuestra idiosincrasia y que Gereon Wetzel, el director, lo muestra con frases o temáticas muy recurrentes ya populares en las redes sociales. Nada nuevo. Wetzel, aplicando cortes a negro y con calzador, introduce en el documental a dirigentes de la clase política que pronuncian verdaderas joyas dialécticas. Discursos xenófobos, sello sintomático de Ana Botella; lecturas reduccionistas y de flagrante hipocresía y oportunismo, como las de José María Aznar; o las palabras ya conocidas por todos en la inauguración del aeropuerto de Castellón, un aeropuerto para las personas, como así lo definió Carlos Fabra. Sin olvidar el fragmento del empresario de Seseña, apodado como “El Pocero”, que decía tener la fórmula mágica para terminar con el paro en este país: urbanizar todo, hasta los dientes.

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El otro lado, el de la gente sin casas, exhibe el resurgimiento del movimiento okupa que no practican grupos de izquierda extrema como los medios y los políticos intentan hacer creer. En este caso, la ocupación procede de unas familias que han perdido todo por confiar ciegamente en un ideal de sistema. Entre diálogos se apuntan cuestiones que deberían hacerse eco en la sociedad: el replanteamiento del precio de la vivienda, analizando el astronómico crescendo que ha sufrido un bien que debería estar considerado básico y cómo la especulación ha repercutido en contra del bienestar social de todos nosotros. Al igual que la mirada sugerida por Guerín con En construcción (2001), al abordar los cambios producidos en un entorno y la influencia final que el mismo entorno tiene en la ciudad, en Casas para todos, el alter ego de En construcción, Wetzel juega con el mismo planteamiento pero teniendo en cuenta lo distinto del contexto.

Casas para todos es una de las propuestas recogidas en el Documental del mes, una iniciativa que tiene como objetivo acercar un género, ligeramente denostado, a un número mayor de espectadores potenciales. Intentando reformar un gélido paisaje, como el registrado en Casas para todos cuando el filtro térmico de la cámara deja ver lo azul de un barrio cualquiera del extrarradio de una ciudad, sin ningún atisbo de calor humano. Para ello, dan visibilidad al documental a través de una programación que tendrá lugar el primer jueves de cada mes en las ciudades en las que la iniciativa ya está en marcha. El Documental del mes nació en Cataluña y desde hace más de cuatro años se expandió al resto de España, llegando incluso a Latinoamérica. En 2014 se instala en la ciudad de Madrid, ubicado en la Cineteca. El 2 de febrero será la próxima cita con Palme (2012), un film que da testimonio sobre la vida de Olof Palme, primer ministro sueco asesinado en 1986 mientras paseaba con su esposa a la salida de una sala de cine.

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