La plaga

El western de extrarradio Por Jose Cabello

La lucha diaria, ese combate en el ring por veinticuatro horas que sin piedad nos escupe de la cama para delatarnos ante nuestras responsabilidades adulteradamente morales, funcionando como unos intereses de demora contractuales, exigidos desde el momento en que nacemos.

Una arraigada contraprestación a la vida con un cobrador del frac ataviado con reloj de arena, seguidor de nuestra sombra que amenaza con empujarnos hacia los márgenes de la colectividad si no aceptamos este chantaje. La penumbra de la exclusión social no queda tan lejos tras 2008 y la instauración de un periodo continuo del quebranto y el desmantelamiento de los derechos civiles, ahora más latente que nunca, propicia la aleatoriedad del desastre. La moneda se lanza al aire teniendo posibilidades reales de caer boca abajo, como la tostada de Murphy. Nadie está a salvo. Somos los corredores en el bosque de Intacto (Juan Carlos Fresnadillo, 2001), aquellos que con los ojos vendados tentaban su suerte a no estamparse frente a un árbol, o los ganadores de un show televisivo millonario, un Concursante (Rodrigo Cortés, 2006) que se ha vuelto contra nosotros para convertirnos en ratones de un queso ficticio que al primer bocado nos llevará al abismo de las deudas. Parece que la mala suerte nos persigue, pero la suerte, buena o mala, es para el que la profese. Las cosas por su nombre: una mala praxis generalizada. Ante un panorama en cortocircuito parece que la realidad muta y nos debemos a las plegarias de un dios ajeno representado con forma de esperanza. Esperanza de que todo va a cambiar, de que vendrán tiempos mejores o, simplemente, de que regresará aquel pasado fértil repleto de vacas gordas. Y mientras esperamos esos castillos en el aire, nuestra vida vira a un pause forzoso para prorrogar en el tiempo proyectos, sueños o la simple existencia.

Hijos de esta espera son los protagonistas de las cinco historias que forjan, un documental filmado en el terreno donde estas personas desarrollan su día a día, la zona rural del Gallecs, en Barcelona. En 1968 el lugar fue símbolo de la lucha ciudadana ante un plan de integración urbana que pretendía la edificación de 130.000 viviendas expoliando a los vecinos de sus propiedades. Años más tarde, con la instauración de la democracia y debido sobre todo a la inmensa movilización ciudadana, el proyecto no llegó a realizarse en su totalidad, conservando así un espacio natural lleno de bosques, masías y recónditas rutas, un paraje poseedor de una particular idiosincrasia determinada por su enclave al quedar dentro del área metropolitana de Barcelona. Este pequeño diario del Gallecs aglutina relatos como corte transversal a la realidad revelándonos sus vísceras, diluidas entre gotas de ficción, e instándonos a asistir a una obra elaborada desde la convicción y el mimo de cada elemento tras cuatro años de trabajo.

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Con una sutilidad extrema, la directora nos guía hacia la supresión inconsciente de la tela blanca de la pantalla embelesando así un viaje directo al núcleo de esta crónica, sin artificios y con personajes auténticos. Las líneas argumentales funcionan como tangentes hacia la creación de los nudos comunes que finalmente componen el retablo de cinco piezas. Un campesino dedicado a la producción ecológica ve amenazada la cosecha con la aparición de la mosca blanca; su ayudante, un emigrante del Este, compagina esta ocupación con la lucha libre entrenando diariamente para el próximo campeonato. Mientras, en la residencia de ancianos del pueblo, la enfermera de origen filipino continúa adaptándose a su puesto de trabajo; la nueva paciente, una señora mayor cuyo único achaque consiste en un problema respiratorio, intenta aclimatarse a su nuevo hogar. Entre el huerto y la residencia, en un verano vehemente, el entorno se torna páramo y en una silla de plástico aguarda una mujer para hacer lucro de su cuerpo. Crónicas que abandonan la individualidad resguardándose de lo inhóspito del Gallecs bajo el sentimiento de pertenencia. La sensación de comunidad es latente, todos están conectados, pero no por medio de una conexión entre sí sino, más bien, por un vínculo especial con el terreno dónde viven, profesando un amor incondicional a su tierra.

Y resulta sorprendente, a pesar de esta unión con el espacio físico que rodea a los personajes/personas, la nítida soledad que comparten. La discoteca evidencia la tristeza del campesino mientras su compañero baila, baile que disfruta como válvula de escape antes de volver al trabajo que es su medio de vida. También se agarra a su propio medio de vida la puta sentada esperando la clientela, y es su espera el vehículo para el pago de facturas. Vehículo, físico, el del amigo que la recogerá al caer el sol, porque ella es puta, pero puta de día, y cuando no hay clientes, desahoga su quemazón interna con los paisanos que pasean por allí. Paseando debe ir hasta la residencia de ancianos la cuidadora filipina cruzándose en varias ocasiones con el coche del campesino que en más de una ocasión la acerca hasta el trabajo, donde se encontrarán una anciana gruñona y extraordinaria. Ella se convertirá en la figura central del relato, sin interpretaciones, para habitar en cada plano de una manera espontánea. Aturdiéndonos y emocionándonos, parece invitarnos a conocer su vida.

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La plaga de mosca blanca solo será una pretexto, real o no, para jugar dentro de esta región con una metáfora global de la actual crisis económica y sus consecuencias extendidas como metástasis, tumbando sin contemplaciones hasta el último peón aparentemente alejado del foco infeccioso. Una adaptación al medio donde es evidente el concepto de supervivencia, en un marco acotado por mesetas extrañamente fértiles y marcado por el bochorno del ambiente, totalmente opuesto al álgido clima de Chaika (Miguel Ángel Jimenez, 2012). Los personajes aparentan vivir en un western, cruzando diálogos y errando en un horizonte impreciso caracterizados por un sentimiento de vigor firmemente anclado en sus propósitos, un resistiré sin Duo Dinámico pero armado con notas optimistas. Sólo al final, Neus Ballús desencadena la tormenta que exterminará la plaga, simbolizando así el nuevo porvenir una vez las nubes negras desaparezcan. Una visión positiva de la que quien no esté necesitado tire la primera piedra.

La Plaga 2013

TRAILER:

 

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] El docudrama, que aquí ha dado dos afortunadísimas recientes aportaciones (Los increíbles y La plaga), en manos de Alessandra Celesia acaba desvelándose demasiado cercano a un reality show televisivo […]

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