O.M.G.: Organismo modificado genéticamente

El documental del mes, Mayo 2014 Por Arantxa Acosta

"My body... officially hates me"Super size me (Morgan Spurlock, 2004)

A patentar la Naturaleza. A eso es lo que ha llegado el ser humano. Como si ésta le perteneciese, por algún derecho divino o, más bien autoproclamado.  ¿Y cuál es la defensa? Que de esta forma “se da de comer al mundo”. Toma ya. Creencias religiosas que sirven de tapadera, como siempre, a intereses económicos.

El visionado de O.M.G.: organismo modificado genéticamente no puede llegar en mejor momento: tras el estreno hace pocas semanas del “sermón” de Aronofsky con Noé (2014), descubrimos de forma fehaciente la destrucción de la naturaleza por parte del hombre. Jugando con el intercambio de genes entre  especies de plantas, enriqueciéndose con la producción de semillas idénticas, que abaratan la producción y aumentan (teóricamente) la productividad de los campos y, ¿por supuesto?, que permiten alimentar a millones de personas. Algunos granjeros entrevistados por el director para el documental hablan como si se creyesen el mismísimo Dios. “Eat the world”, dicen. Pero en lugar de sonar altruista, la frase se nos antoja rezuma avaricia. Así que llega un momento en el documental, cuando se nos muestra la existencia en Noruega de un banco de semillas (cual arca de Noé, pero cuya misión es preservar más de 700.000 especies en peligro de ser borradas de la faz de la Tierra por culpa de estos cruces transgénicos y sus más que seguras mutaciones), que el dicho “la realidad supera la ficción (religión)” no puede ir más acorde con lo que se nos está mostrando.

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Tres hermanos que deben ser protegidos por sus padres. Unos padres que empiezan a preocuparse por el entorno en el que viven cuando se dan cuenta de que tienen la responsabilidad de dar de comer a sus hijos… Una responsabilidad que recordábamos a través de Breaking Bad (Vince Gillian, 2008-2013) en la cita utilizada para el documental del mes de Abril, Alquila una familia S.A. (Kaspar Astrup Schröder, 2012), y que aquí vuelve a ser la razón que lleva al padre a investigar y documentar su preocupación: ¿son los transgénicos perjudiciales para la salud?

Por supuesto salvando las distancias, el planteamiento de Seifert para O.M.G.: organismo modificado genéticamente nos evoca en un inicio, tanto por su cinematografía como por su edición, a El árbol de la vida (The tree of life, Terrence Malick, 2011).

Oníricas imágenes de los niños jugando entre árboles, entre ellos, con sus padres… Y qué decir del impacto visual de verles corriendo, traje anti-contaminación puesto, a través de un gran campo de maíz transgénico… 

Así, si la madre de Malick evocaba la naturaleza y el padre la religión, aquí los papeles son un poco distintos: el padre, el propio Seifert, se erige como el defensor de la naturaleza. La madre, visiblemente preocupada por el futuro de sus hijos, será menos intransigente, en pro de la felicidad familiar. Por tanto, la marcada religión sólo aparecerá en el documental a través de las débiles alegaciones de las grandes corporaciones, o más bien, dado que no se ha conseguido ninguna declaración oficial de directivos de Monsanto (principal empresa contra la que arremete Seifert) ni de ninguna otra de las grandes, tipo Dupont, las declaraciones vendrán exclusivamente de la mano de los granjeros que sí o sí deben ganarse la vida utilizando productos químicos.

O.M.G.: organismo modificado genéticamente se inicia fresco y dinámico, avanzando con buen ritmo al combinar hermosas imágenes de una familia media americana disfrutando de la naturaleza tanto con animaciones que ilustran las explicaciones como con las típicas y necesarias entrevistas de este tipo de documental denuncia…

… A personas anónimas, con el fin de conocer el grado de conocimiento de la sociedad en cuanto a los peligros de los transgénicos; a senadores que han luchado para llevar adelante leyes para el etiquetado de productos (en Europa, increíblemente, llevamos más de quince años de ventaja en este sentido. La confrontación de mentalidad entre los dos continentes está aquí bien conseguida por el director); e incluso al líder del movimiento en Haití en contra del supuesto regalo altruista de Monsanto de semillas tras el devastador terremoto sufrido. Porque “la semilla es la vida”, se le dice al espectador que inicia incrédulo el visionado del documental. La semilla cierra el ciclo de la vida. ¿Cómo se puede plantar una semilla que no ha sido obtenida gracias al esfuerzo de nuestros antepasados, a su conocimiento de la tierra? Es más, ¿cómo puede aceptarse la compra de un producto que no puede volver a ser utilizado, porque si no se estaría incumpliendo la exclusividad de la multinacional ya que tiene patentado su germinación? Y, peor… ¿cómo podemos plantar, y comer, un producto que legalmente está registrado como pesticida en lugar que como alimento? 

Así, el film se inicia bello y entretenido, para acabar asentando con hechos (menos de los que nos hubiese gustado) la preocupación del diretor y protagonista. Porque, como también es común en estos documentales en los que el sentimiento impregna las imágenes (que es el elemento clave para atraer al espectador), el fallo del documental reside en la falta de contraste de los datos. Es por esto que, aunque poco a poco consigue adentrarse en la preocupación inicialmente expuesta, y realmente se cierra el documental encontrando una respuesta a la pregunta de si los transgénicos son perjudiciales (aunque siempre debería hablarse de su daño “potencial”), sí es verdad que acaba quedándose demasiado en la superficie del problema y, muy a pesar del espectador, las dudas le siguen invadiendo: ¿acaso no es indicativo que los estudios de las corporaciones no se muestren? ¿Es verdad que nadie ha querido hablar con el director? ¿Ha sido lo suficientemente transparente con el espectador para que no consideremos su documental como una simple protesta? ¿El director ha primado llevar a la pantalla una investigación en la que no ha podido contrastar datos, o que el formato fuese lo suficientemente cool para ser visto por una gran mayoría de espectadores? Sea cual sea la respuesta, la sensación es, lamentablemente, que el trabajo editado no deja de ser un arrebato en contra de la FDA, de las multinacionales, y de un Gobierno que agacha la cabeza ante las amenazas de los poderes de las grandes corporaciones. No obstante, rompiendo una lanza en su favor, esto ya es suficiente para dar que pensar y, si consiguiese aunque sólo fuese eso, el documental ya puede considerarse un éxito.

TRAILER:

 

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