Proyecto Nim

¿Locke o Hume? Por Jose Cabello

Año 1957. Noam Chosmky formula Estructuras Sintácticas revolucionando los cimientos del empirismo y cambiando el concepto de la adquisición del lenguaje. Si hasta ahora sólo se concebía el aprendizaje lingüístico como una destreza humana cualquiera adquirida a través de la enseñanza y la asociación, Chosmky postula la existencia de una esencia instintiva según la cual el ser humano puede aprender y utilizar el lenguaje de forma instintiva. A esta supuesta nueva cualidad la llamó ‘órgano del lenguaje’. El profesor de la Universidad de Columbia, Herb Terrance, partidario de la doctrina de Chomsky – personaje del que se obtendría el nombre del mono – y decidido a descifrar la teoría evolutiva del lenguaje, lideró proyecto Nim, un estudio nacido en la década de los setenta en Estados Unidos con el fin de corroborar esta hipótesis lingüística y su posible traslación a otras especies animales. En este caso, en un chimpancé, en Nim.

Para tan kafkiana misión, el creador del proyecto roba un chimpancé de las entrañas de su madre y lo integra en una familia americana con el fin de proveerlo desde su nacimiento con cuidados humanos, proporcionándole ropa, calzado, hermanos, cama y comida. Y con esta primera acogida se inaugura la carrera de Nim que, como si de un Oliver Twist en cuerpo de simio se tratase, pasaría los años que duró el experimento entre cuidadores y madres postizas, todos en diferentes líneas de conductas pero unidos en el propósito común de dar a la cría el hogar que el propio científico le quitó. Un animal recién nacido oscilando entre humanidad y bestialidad.

Proyecto Nim

La infancia de un humano es la etapa vital más importante, pues forja el futuro carácter y su correspondiente personalidad. Extrapolado a un animal que simula el comportamiento humano, resulta inaceptable pensar que el mecanismo sea diferente. Así, la selección de la primera familia, como la que se hace en un orfanato con un niño, debe ser exhaustiva y juzgada para conveniencia de esta primera época. Sin embargo, la adopción inicial, basada más en un criterio circunstancial que en un verdadero ejercicio de juicio, corre a cargo de Stephanie, una profesora amiga de Herb sin ninguna cualidad evidente para la tarea que, junto a sus hijos y su marido, conviven con un bebé de simio en rol de mascota exótica ignorando, durante años, tanto las necesidades humanas como las animales. Primero de muchos errores. El experimento hace caso omiso a los requisitos y esta Tribu de los Brady malcría a Nim hasta dañar el sentido común del espectador.

En esta primera etapa, el animal no llega a aprender nada, la familia ni siquiera sabe comunicarse a través del lenguaje de signos que el profesor Herb quiere inculcar al mono. Por el contrario, actitudes permisivas, tabaco, drogas, alcohol y cultura hippie serán  las claves de la educación en este clan demente. Si a este cóctel explosivo se une la carencia de cuadernos de notas, estadísticas, gráficos o cualquier recopilación de datos por parte de la cuidadora, el proyecto acaba convertido en un simple apadrinamiento.  Al llegar a la etapa adolescente, donde la naturaleza opresiva se impone, Nim termina alejando a todo humano masculino para establecerse como el único macho dominante. La escisión en la pareja es inevitable.

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En este punto, el objetivo del experimento se estanca y una experta en lenguaje de signos visita la casa para enseñar a Nim a expresar sus necesidades y supervisar sus primeros contactos con la comunicación. Sus primeras palabras. El avance en este campo hace poner de manifiesto la evidencia de que para criar al animal como un humano no puede otorgársele el libre albedrío que sin control ni medida le da la familia. Inevitablemente, no por su bien sino por el del experimento, el mono tiene que cambiar de ambiente.

La llegada a un nuevo hogar propicia el crecimiento exponencial del aprendizaje. El mono adquiere un considerable número de palabras, o su equivalente en lenguaje de signos. Los resultados comienzan a ser abrumadores. Los medios informan de estos grandes avances y, en consecuencia, el científico obtiene una generosa financiación. No obstante, un contratiempo con el que nadie había contado vapulea las esperanzas, pues a medida que Nim crece, gana agresividad y pierde el control de su fuerza, causando daño a sus cuidadores y utilizando el lenguaje exclusivamente para la consecución de sus instintos -o caprichos – haciendo inviable la continuidad de la prueba. La naturaleza reclama aquello que le fue arrebatado.

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En su siguiente paso, el experimento trata de recolocar al simio en un ambiente apacible para borrar la huella de su pasado humano. Pero fracasa de nuevo al dejarlo en custodia de un activista contra el maltrato animal que, carente de la más básicas lecciones de zoología, cree apropiado sociabilizar a Nim a través de un televisor en vez de atender a su verdadera necesidad:  la compañía de su especie.

James Marsh, director del ensalzado Man on Wire (2008), deja caer el peso argumentativo de Proyecto Nim en las vivencias de cada una de las familias adoptivas, ayudado de vídeos auténticos y dramatizaciones bastante cercanas a la realidad que refuerzan la recreación de cada episodio.

Pero obstruye al espectador al privar de una buena distinción entre cuidadores y sucesos, con un insuficiente detalle de cada fase o saltos incomprensibles en el tiempo. El director no logra sortear los obstáculos de una historia con poco que contar y, pasada la primera mitad, el documental gira varias veces sobre sí mismo, exponiendo en repetidas ocasiones la misma idea con el fin de rellenar minutos de metraje.

La vida de Nim degenera y su caída en picado solo es responsabilidad del científico que comenzó el experimento, Herb Terrance, y que más tarde permaneció en la sombra durante parte de las etapas básicas, empezando por su infancia y terminando por ese último momento en que el mono es abandonado a su suerte, exiliado a permanecer, parte de su última vida, en un laboratorio de testeo de fármacos. ¿Realmente podía pensarse que unos animales que no han sentido la necesidad de crear lenguaje de signos entre ellos iban a desarrollarla para comunicarse con los humanos?  El único acierto del documental radica en aclarar que, ya fuera por la premisa inicial o por la forma en que erróneamente se desarrolló el experimento, la misión carecía de lógica. El proyecto solo sirvió para condenar a Nim a vivir ni como una persona ni como un animal sino como un mono de feria.

TRAILER:

 

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