Ramón Ayala

Por Manuel Quaranta

Jamás en mi vida había sentido nombrar a Ramón Ayala que, como un signo de interrogación, se fue abriendo con el correr de la película hasta un instante en el que fui incapaz de distinguir entre el personaje mitológico y el hombre “verdadero”. Realidad y ficción, nunca polos opuestos, fusionadas en una obra fundamental –no exagero– construida por el fotógrafo Marcos López.

De los innumerables temas que se podrían tratar en un texto que no pretende ser reseña ni crítica (la desmesura de la selva misionera en contraste con el desborde edilicio de las villas de Buenos Aires, la indomable identidad argentina, el pop latinoamericano de López, el paisaje, la poesía, la música, los colores, etc.), elijo los dos ejes que se aproximan con mayor intensidad a mis intereses: Las interrogaciones acerca de la construcción de un documental y la utilización de restos para erigir una arquitectura fílmica, acción ésta que redunda, en última instancia, en una operación netamente ideológica por la cual se coloca lo marginal en el centro.

Ramón Ayala 3

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Marcos López se encarga de poner en evidencia algunos procedimientos cinematográficos que abren el panorama para reflexionar sobre el status documental tanto de su producción como de cualquier propuesta que vaya en ese sentido. Antes de alcanzar el cuarto minuto de película aparece, en un escenario urbano con un fondo de telas que simulan el paisaje misionero, el mismo fotógrafo-director dándole indicaciones al protagonista o, casi llegando al final, nuevamente López organiza con suma precisión la caminata de tres niñas vestidas para la ocasión.

Más tarde, y repetidas veces, es posible ver ensayos de canto, salas de maquillaje, y consolas de sonidos, elementos que, entiendo, pretenden exponer los artificios cinematográficos implícitos en el documental, objetivo muy alejado del simple realismo. Un indicio de este propósito se revela cuando el vendedor de CD´s abre su casa para mostrar el modo en que fabrica sus productos:

“De acá lo paso acá y de ahí va a la computadora…Yo me ocupo de todo, de lo que se llama la edición, toda la gráfica, la producción artística, todo lo hago yo…Es un trabajo completamente artesanal”.

Todos saben que un documental típico intentaría retratar la realidad, sin embargo da la sensación de que el fotógrafo-director ignora las reglas del género documental y, por sobre todo, desconoce completamente lo que sea la realidad. Carencias que se transforman en ganancia para los espectadores atentos. Una escena paradigmática de este hecho es la exposición de pintura organizada para Ramón Ayala en La Boca y la participación en el evento de varios de los personajes que integran las obras fotográficas de López. Allí se promovería una mixtura muy difícil de delimitar entre realidad y ficción, mezcla coronada por el periodista de Canal (á) que presenta al artista mientras éste lo contempla almorzando en un bar.

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En la película de López habría una especie de transvaloración nietzscheana de los valores que provoca el corrimiento de los márgenes hacia el centro. Pensemos de nuevo en el vendedor de CD´s o en el artesano que es interrogado acerca de si piensa en algo más que los chanchos cuando los está confeccionando, quien responde: “No, no, no, pienso en los chanchos, me gusta estar metido con los chanchos nomás acá”. Personajes periféricos que cobran relevancia junto a la figura paradójica de Ramón Ayala. Esta noción de lo marginal, de lo que se configura como resto en una sociedad de consumo, tiene su representación cinematográfica en varios pasajes, aunque se destacan, según mi opinión, dos: los constantes vestigios de comida que son retratados y, casi al final, en el Festival de Música donde se presenta Ayala, luego del show, varias mujeres aparecen barriendo y recogiendo los residuos de la fiesta.

(Nota: llama la atención ciertos saltos que se producen entre la preparación de algo y su residuo. Pollos cocinándose, y luego vestigios en el plato. El show que comienza, y los consecuentes deshechos desparramados por las plateas).

El particular tratamiento de López consigue, entonces, construir y posicionar la figura de Ramón Ayala en el centro mismo de la escena, conclusión que puede obtenerse de la simple observación de los títulos finales de la película cuando el nombre de Ayala, en un tipografía diferente, aparece justo en el medio de la pantalla, “postergando” la centralidad de artistas más famosos como Liliana Herrero, Juan Falú o Tata Cedrón que lo terminan rodeando, en una inversión que desde mi punto de vista es eminentemente ideológica.

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3.

Gracias a Marcos López el cantante misionero se ha transformado en “protagonista de su vida”; un enigma que parecía indescifrable, pedazos o fragmentos que el director, milagrosamente, logró juntar: la sombra terrible de Ramón Ayala cubrirá para siempre todos nuestros pasos.

He aquí la exuberancia.

 

 

 

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Comentarios sobre este artículo

  1. Manuel Quaranta dice:

    Lamento su lectura sesgada del texto. En realidad, creo que no lo debe haber leído bien -hay que concentrarse, prestar atención, abrirse hacia lo otro, dejando un poco de lado lo que usted ya creía antes de leer- porque si no no hubiese sacado ese tipo de conclusión tan pero tan extraña. Gracias. Saludos.

  2. Diana Teresa Solis dice:

    Manuel Quaranta, que vos ignores lo que significa Ramón Ayala con su aporte musical, poético y otras facetas que acompañan su vida artística, no te habilita para decir que opaca a otros artistas que además son más jóvenes, salvo el Tata. Tengo 53 años y desde los 8 (ocho) años se de la música de Ayala, Tan solo poner como ejemplo la canción del ” El Mensú” te está ubicando en una época de esclavitud y explotación en los yerbatales. Se cumple el dicho “lo que no pasa en capital federal, no pasa”.

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