The Barefoot Princess

Sentir la vida Por Arantxa Acosta

"No sé... Me siento muy bien. Al principio estoy agarrotado, pero cuando empiezo a moverme lo olvido todo. y... es como si desapareciera, como si desapareciera y todo mi cuerpo cambiara. Como si tuviera fuego dentro y me veo volando, como un pájaro. Siento como electricidad. Sí, como electricidad."Billy Elliot (Stephen Daldry, 2000)

Llega un momento en la vida en el que es necesario hacer balance y dejar de escapar, llenando el tiempo con cualquier cosa que nos ayude a no enfrentarnos a un pasado tan turbio como enterrado, pero no olvidado. Para la protagonista de esta historia, esa necesidad de reencontrarse con sus raíces, con una infancia que seguro no fue fácil, es más, seguro decisiva para romper con todo, le llega en el siempre simbólico sesenta aniversario.

En esta su opera prima, las directoras Samantha Cito y Simona Cocozza acompañan a Kamellia en lo que poco a poco se perfila como el diario íntimo de la bailarina coreana más alabada de Oriente Medio. Limitándose a ser meros testigos de las palabras de la veterana artista, no hay ningún tipo de interacción directa con ella, ni preguntas, ni intercambio breve de palabras. Ni tan siquiera conversaciones ligeras. Nada debe entorpecer esa mirada, casi ensoñación, en la que se encuentra la narradora. Recordar, actuar, reflexionar y aliviarse. Ese es el cometido del documental, el verdadero acompañamiento y dirección que transmite: la promesa a una señora de sentirse arropada en su viaje al pasado. El documental se nos antoja armadura y, a cambio, ella ofrece compartir sus descubrimientos con todos los espectadores.

La cámara se convierte en mera observadora, y las directoras en la segunda sombra de Kamellia, consiguiendo que The Barefoot Princess sea una verdadera confesión en voz alta.

A veces la voz en off de la bailarina acompaña a fotografías, vagas referencias de sus progenitores o imágenes actuales; la mayoría de veces, no obstante, Kamellia habla directamente a la cámara, aunque pocas veces la mira, o nos mira. Se nos antoja que se trata de vergüenza, melancolía o añoranza, y sorprende que una mujer que ha recorrido tanto mundo se encuentre ahora ante nosotros, desnudando su alma de una forma seguro mucho más difícil que cuando baila ante sus entregados espectadores. Porque verbalizar los recuerdos de una infancia que la traumatizó por no sentirse femenina, algo que remarcará varias veces a lo largo del breve documental, o la sensación de impotencia al ver las diferencias culturales a la hora de tratar a la mujer entre Oriente y Occidente son experiencias que emocionan, y deben ser explicadas. No obstante, la educación se nos queda marcada en los entresijos del alma, y Kamellia es incapaz de dejarse llevar, mostrándose muchas veces fría ante lo que seguro fueron emotivos encuentros, al acertarse de nuevo a una familia, coreana y japonesa, que tuvo que olvidar casi imponiéndoselo de forma forzosa. Así que nos es fácil pensar que la bailarina encontró la forma de abrir su corazón exclusivamente sobre un escenario: actuar para ser otra persona durante unas horas; actuar para liberar frustraciones arrastradas desde hace años; actuar para sentirse mujer, dueña de sus actos, de sus movimientos y de su destino.

Y, finalmente, dejar de actuar para enseñar a los más jóvenes, una vez ha encontrado la paz.

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The Barefoot Princess no pretende ser transcendental, revelar una gran verdad o sustituir con el visionado de un documental de menos de una hora ningún libro de autoayuda, si es que es eso lo que espera el espectador (y es que viendo el film pensaba en Come, reza, amaEat pray love, Ryan Murphy, 2010 – y la poca conexión que permite con un público que aparentemente llega al cine ya entregado y que, no obstante, se va alejando al darse cuenta de que la película que se toma en serio lo de ser romántica, de aventuras y, además, con mensaje espiritual). Aquí, la poca espiritualidad que transmiten sus imágenes puede encontrarse en los escasos momentos, demasiado pocos, en los que se nos permite disfrutar de la belleza de los movimientos de una bailarina que no deja de experimentar en sus coreografías. Las directoras se limitan a plasmar lo que seguramente sintieron al conocer la historia de Kamellia, posiblemente reprimiendo sus ganas de conocer y mostrar más, pero respetando los deseos de una diva que podría asegurar impuso sus propias reglas a la hora de dejarse filmar. En este sentido, el documental nos deja con mal sabor de boca, con más preguntas que respuestas, sobre todo en cuanto al pasado y el sufrimiento de una familia coreana en el Japón de la época en la que ella tuvo que soportar las burlas o superioridad de los compañeros de escuela. Pero se agradece, y más tratándose de un documental modesto, que a priori no intente entrometerse, o juzgar.

TRAILER: 

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