The King of Kong: a fistful of quarters

Rivalidad vintage Por Ignasi Ferrer

“Logro desbloqueado: leer la crítica de The King of Kong: a fistful of quarters.” Los aficionados a los videojuegos reconocerán en esta primera frase una tendencia cada vez más frecuente en el mundo de los videojuegos: los logros. Objetivos creados para conseguir elementos especiales, mejorar características del juego o acumular puntos. Una estrategia más para fomentar que el usuario juegue de manera más exhaustiva los videojuegos o, simplemente, alimentar su ego, tema central de este documental. Un ego a caballo entre los tiempos públicos de Internet y sus orígenes cuando las puntuaciones se guardaban en la intimidad de casa o en los salones recreativos asignando las famosas tres letras al nombre del usuario. Letras que servían de objetivo a batir para los jugadores más competitivos o para fanfarronear de los méritos conseguidos. Aunque la mayoría de las veces, sobre todo cuando la puntuación no era nada destacable y no se quería perder tiempo, estas iniciales eran una triple A.

Billy Mitchell, uno de los protagonistas de The King of Kong: a fistful of quarters, nunca firmaría de este modo. Primero, porque sus puntuaciones se sitúan en las listas de récords mundiales, ostendando el primer lugar en títulos como ‘Centipede’, ‘Pac-man’ o ‘Donkey Kong’, el juego en torno al que gira la película. Segundo, Billy Mitchell se cree una superpotencia de los videojuegos, por eso siempre firma con las iniciales U.S.A., su país de origen. Billy es presentado como un triunfador: goza de una fantástica vida laboral, familiar y es considerado uno de los mejores jugadores de videojuegos clásicos. Tal es su fama que cuenta con un séquito de fans y discípulos que lo veneran. ¡Hasta un cantautor compone canciones sobre sus proezas! Como si de una película de acción de los ochenta se tratara, la estética de Billy recuerda a la de un villano. Barba perfectamente recortada, melena sedosa y peinada a la perfección. Un aspecto tan cuidado y también tan arquetípico que es fácil imaginárselo refugiado en su escondrijo confabulando contra todos los que osen desafiar sus puntuaciones, llegando incluso a mandar a su séquito para que le hagan el trabajo sucio. Billy es arrogante y antipático. Se sabe con poder y no duda en recordárnoslo constantemente comparándose con el aviador que mató más soldados durante la Segunda Guerra Mundial o la controversia que generan sus declaraciones con otros temas como el del aborto. Tal es su poder, que incluso manda en Twin Galaxies, asociación de videojuegos liderada por el árbitro Walter Day y que se encarga de validar las puntuaciones de los aspirantes a entrar en las tablas de puntos.

The king of kong 1

Entre estos aspirantes se encuentra Steve Wiebe, candidato a tener la mayor puntuación del ‘Donkey Kong Jr.’ cuando consigue una partida casi perfecta en el garaje de su casa y manda una cinta VHS a Twin Galaxies. A partir de este momento se encuentra inmerso en una trama de colegueos y chanchullos contra los que no puede luchar porque a diferencia de Billy, Steve es un desgraciado. Músico y jugador de béisbol frustrado, se le podría clasificar como el típico perdedor. Perfecto padre de familia y atento marido, Steve vive una vida gris y nada estimulante. Acaba de ser despedido y encuentra en el ‘Donkey Kong Jr.’ una manera de realizarse y, en sus propias palabras, sentir que tiene el control sobre algo. Pero el mundo de los videojuegos no tiene nada que envidiar a la vida real. Pronto Steve se ve zarandeado por el poder y las malas artes de Billy que le obligan a demostrar que él sí consiguió de manera legítima la mejor puntuación, recibiendo poca ayuda en su defensa.

Con estos dos personajes, en apenas ochenta minutos, Seth Gordon elabora una narración ligera y entretenida, pero a la vez muy tramposa, marcando tanto el perfil de los protagonistas que fuerza al espectador a tomar partido por uno de ellos. Ambos, sobre todo Billy, están tan estereotipados que parecen hechos a medida para la ocasión. Tan increíble que es imposible no albergar la duda de si el contenido del filme es real o sólo un mockumentary más. Por otro lado, es el tono que se espera cuando se afronta una película sobre el mundo de los videojuegos, apostar por el perfil más friki posible y en este caso el tópico funciona en gran parte gracias a una selección de personajes secundarios bastante surrealistas. Gracias a estos ingredientes, Seth Gordon ha podido renunciar a una realización muy elaborada concibiendo un documental estándar de seguimiento y entrevistas que juega todas sus cartas a unos personajes tan coloridos y estereotipados que parece mentira que puedan ser de verdad. Una realización muy elaborada podría distraer la atención de lo verdaderamente importante: el conflicto entre dos adultos por la puntuación de un videojuego que sólo sirve para imponer el vacuo talento de uno sobre el otro. Sin embargo, se echa de menos alguna imagen de archivo o recreación más como el momento en que Steve dibuja sobre la pantalla las trayectorias que debe seguir su personaje para esquivar los barriles que le lanza el furioso gorila Donkey Kong.

The King of Kong: a fistful of quarters funciona como una pequeña cápsula del tiempo. Cintas VHS, máquinas y salones arcade… tecnología punta en los 80, caduca en la actualidad.

Hoy subiríamos el vídeo directamente a la web de Twin galaxies aprovechando la fibra óptica. Claro que esto ya no es necesario porque nuestras pequeñas máquinas de ocio doméstico conectadas a Internet ya comparten los resultados con los demás jugadores. The King of Kong: a fistful of quarters sirve como un recuerdo del encanto que tenían los ochenta y funciona por nostalgia. La misma nostalgia que ha permitido, además de la propia calidad, que perduren la mayoría de juegos que aparecen en el documental ya sea su versión original o los cientos de adaptaciones que se han hecho y que han gustado a generaciones que no han disfrutado del original.

The King of Kong: a fistful of quarters pone de relieve un comportamiento que ya sospechábamos y es el de la rivalidad en el mundo de los videojuegos. Un enfrentamiento que tiene resonancias en otras rivalidades como por ejemplo la del Balón de Oro en el fútbol. Pugnas entre dos rivales destacados por ser el mejor en algo tan circunstancial y recreativo que parece increíble que sean capaces de tantas triquiñuelas para conservar su hegemonía, ampliación del plazo para ser el vencedor incluido. Es una batalla de egos entre dos niños grandes fácilmente identificable por parte de cualquier jugador de videojuegos, pero que se aleja de las actitudes más cotidianas. De hecho, es probable que muchos gamers (así se llaman los aficionados a los videojuegos) descubran un nuevo mundo, más oscuro y elitista, gracias a este documental. Y quien haya visto Rompe Ralph (Wreck-it Ralph, Rich Moore, 2012), reconocerá al encargado del salón recreativo con Walter Day. Ambos vestidos siempre con su camisa de franjas verticales blancas y negras.

TRAILER:

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] esta sea la más simpática. Una rebelión que llega tan sorpresiva y contundentemente que ni Billy Mitchell sería capaz de […]

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