Amor y letras

El que mucho abarca poco aprieta. Por Edu J.Moreno

“Aquel que multiplica sus conocimientos, multiplica su dolor”” (Eclesiastés 1:18)

Con esta cita bíblica abre Josh Radnor la que es su segunda película tras las cámaras, en la que también ejerce de guionista y actor principal, a modo de nuevo Woody Allen del Siglo XXI. Este empeño acaparador, del que incluso genios como Allen han salido malparados en múltiples ocasiones en alguna de sus facetas, parece ser distintivo de este joven multidisciplinar ya que en su anterior y primera película, Happythankyoumoreplease (2010) también se veía con fuerzas para ocuparse de la “Santísima Trinidad” de las artes cinematográficas. Tantas ganas pueden y deben servirle para desmarcase definitivamente del personaje que le ha dado fama mundial, el Ted Mosby de la serie Cómo conocí a vuestra madre (How I Met Your Mother, Carter Bays y Craig Tomas, 2005-), pero conseguir dicho objetivo puede tropezar con el más complicado de realizar buenas películas. Reconozco que perdoné los errores que asomaban en su debut tras las cámaras en lo que no dejaba de ser una extraña historia con toques románticos entre un escritor desorientado y una camarera encantadora, con personajes que rozaban la treintena y que empezaban a tomar decisiones importantes en su vida. Quizá esperé que tales defectos se hubiesen pulido en su segundo largometraje y aunque sí se percibe una mayor madurez en su propuesta, el resultado no deja de resultar un pelo decepcionante a pesar de que hay señales que invitan al optimismo. Ambas producciones llegaban a las carteleras españolas tras una buena acogida en el Festival de Sundance, ese icono del cine independiente desde donde de vez en cuando sí llegan auténticas joyas realizadas al  margen de los grandes estudios. Pero no siempre hay que fiarse de las películas que allí obtuvieron recompensa a modo de premio, aunque éste sea concedido por el público asistente. Como en todo, es cuestión de gustos, pero no debemos dejarnos llevar por la creencia cada vez más extendida de que una película es mejor o más interesante únicamente por llevar la etiqueta de ‘indie’ en su tarjeta de presentación.

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El primero de los errores de la segunda película de Radnor es engañar, o al menos inducir al error, al espectador desde el minuto uno. La mencionada cita unida al título original de la película, Liberal Arts (Artes liberales) puede llevar al espectador a pensar que se encuentra ante la versión para los humanistas de una notable película como fue El indomable Will Hunting (Good Will Hunting, Gus Van Sant, 1997). Nada más lejos de la realidad. Para suerte o desgracia nuestra, los avispados encargados de revisar los títulos de las películas en inglés que se estrenan en España, decidieron rebautizar a la cinta con el aséptico e indeterminado título de Amor y letras, mucho más acorde con su contenido que el original. Pocas son las reflexiones interesantes que sobre este terreno se realizan durante la película, más allá del consabido poco futuro que tienen, y más en una sociedad como la actual, las carreras de letras o una irrelevante discusión sobre la calidad literaria de la saga vampírica creada por Stephenie Meyer entre sus dos protagonistas. La narración se centra en el viaje que realiza Jesse, un treintañero que trabaja como asesor universitario, a su antigua facultad para asistir a un acto de homenaje a un  profesor (Richard Jenkins). Allí conocerá a Zibby, una estudiante de diecinueve años mucho más madura que sus compañeros de aula, con la que entablará una relación epistolar cuando él regrese a Nueva York. Su breve reincorporación a la vida universitaria también se saldará con dos nuevas “amistades”: Dave, un estudiante superdotado que sufre problemas de adaptación y Nat, un misterioso y entusiasta joven que parece salido de otro planeta. También se reencontrará con su antigua profesora Judith Fairfield, su favorita en su época estudiantil y que ahora se ha convertido en una maestra desmotivada y autodestructiva, matices que consigue transmitir simplemente con su mirada y gesto facial una estupenda Allison Janney.

Tal cúmulo de personajes le sirve Radnor para trazar un mapa generacional cuyos vértices son la juventud ilusionada ante las puertas que se abren lejos del seno familiar y la madurez/vejez que asume con más o menos dignidad que muchas de esas puertas ya se han cerrado o se cerraran de forma definitiva en breve. Jesse se encuentra prácticamente en medio de ambos extremos, aunque ya en el inicio de la película-ese montaje acelerado en el que aparece entrevistando a anónimos estudiantes a los que ni siquiera vemos el rostro-ya nos da importantes pistas sobre el devenir de su vida. Radnor no es precisamente sutil para dar a entender qué piensa sobre las etapas vitales mencionadas. Al margen de que sus personajes “adultos” parecen ciertamente amargados o desengañados, él se encarga de teñir las escenas que su personaje comparte con ellos, en gran parte en espacios cerrados, de una luz crepuscular que no invita precisamente al optimismo. Todo lo contrario de lo que sucede cuando le acompañan en el plano los jóvenes, especialmente el personaje de Zibby. En esos momentos predomina la luminosidad, los planos se abren y la acción se desarrolla mayoritariamente en espacios abiertos. Una decisión coherente desde el punto de vista argumental pero desde mi punto de vista excesivamente obvia. Y pese a que de vez en cuando aparecen ideas brillantes derivadas de sus relaciones con tal espectro de personajes, especialmente gracias a algunos diálogos que sí podrían considerarse como brillantes, Radnor vuelve a cometer el mismo error que ya lastraba su primera propuesta como director.

Amor y letras

El planteamiento argumental de Amor y letras se cimenta en que el resto de personajes gravitan en torno a él, con lo que apenas se interrelacionan entre ellos y dependen en exceso de su conexión con el protagonista.

Tal esquema le podría haber funcionado en el que caso de que su personaje, y en consecuencia, él como actor, derrocharan talento e ingenio interpretativo, pero no es el caso. Carencia que además se pone todavía más de manifiesto cuando comparte plano con la protagonista femenina, algo que en parte ya sucedía en Happythankyoumoreplease. Entonces era Kate Mara quien daba la réplica a un Radnor que interpretaba a un joven que, por sus algunos de sus comportamientos, parecía recién salido de la adolescencia. Era ella la que aportaba un poco de sentido común a una relación basada en el ya conocido amor a primera vista. En Amor y letras la encargada de demostrar que la madurez no necesariamente va ligada a la edad es una espléndida Elizabeth Olsen, a la que algunos ya tuvimos la suerte de descubrir en la perturbadora Martha Macy May Marlene (Sean Durkin, 2011). Lejos de aquel atormentado papel, Olsen muestra toda su versatilidad para convencer al espectador de que un hombre que roza la cuarentena puede llegar a enamorarse de una adolescente universitaria. Su personaje se encuentra mucho mejor definido y resulta mucho más interesante que su equivalente masculino, y Olsen/Zibby se convierte en la verdadera protagonista de la historia gracias a una naturalidad interpretativa que a buen seguro le dará muchas alegrías en un futuro. La joven actriz se convierte en el catalizador que hacer salir al personaje de Jesse de la crisis vital y de la mediocridad en la que se encuentra, algo que puede trasladarse también a la película, ya que los mejores momentos coinciden en su mayoría con los minutos que ella aparece en pantalla.

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Radnor tiene la suerte, o por qué no decirlo, el acierto, de haber elegido a buenos actores para los personajes secundarios, como John Magaro en el papel de Nat o los mencionados Janney y Richard Jenkins, en un papel que recuerda al que interpretó con tanto tino en The Visitor (Thomas McCarthy, 2007). Es sin duda gracias a ellos que unos personajes que podrían haberse quedado en un mero estereotipo ganan la suficiente fuerza como para interesar mínimamente al espectador. Evidentemente no desvelaremos aquí qué sucede con la historia de amor entre los dos personajes principales, aunque es el propio Radnor el que se empeña en dar pistas sobre ello mucho antes de llegar al desenlace. Un final que llega tras una confesión que precipita los acontecimientos y que lleva al director a querer cerrar todas las historias con demasiada premura. Quizá el principal fallo de Radnor sea el de acelerar, el de querer contarnos demasiadas cosas en una misma película en vez de centrarse en aquello que funciona y que podría dar mucho más juego si se dedicara a ello en exclusiva. Retrotrayéndonos a la cita con la que habríamos esta crítica, no ponemos en duda que Radnor sepa actuar, dirigir y escribir guiones, pero sus ganas por querer abarcar demasiado quizá tengan como peaje el que sus películas no acaben de ser redondas. Esperemos que de cara al futuro Radnor se relaje un poco y pueda mostrarnos todo su potencial, algo que se vislumbra especialmente en su faceta como guionista. Un servidor le dará una nueva oportunidad para ello.

TRAILER:

 

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