Anarchy: La noche de las bestias

Anarchy: la noche de las expectativas rotas. Por Marco Antonio Núñez

En Anarchy: La noche de las bestias vuelve una edición más de la Purga, con más presupuesto, más acción pero manteniendo inalterado el interés que suscitó en nosotros aquel cuento de primavera perverso que fue The Purge: La noche de las bestias ( 2013).

De Monaco infla las premisas de la película original y hace la ciudad entera el escenario de esta nueva entrega. El motivo del asedio en un recinto reducido se cambia por el de la huida por las calles inhóspitas de durante la noche más larga del año hacia la mañana que traerá cierta paz a los que sobrevivan. Los protagonistas ya no son una familia de clase media que prosperó gracias a la Purga, sino un grupo compuesto por miembros de distinta extracción social, en cierto sentido, víctimas de la perversión de la idea original, por cuanto va a haber premeditación en su caza.

Anarchy La noche de las bestias

Matar, en principio, tal como lo concibieron los Padres de la Nación, debía ser fruto de la espontaneidad, un modo de liberar a la bestia cautiva durante 364 días. Matando conciudadanos se persigue un doble objetivo, dragar la agresividad y eliminar la escoria de la sociedad que consume los presupuestos del Estado, toda vez que entre los pobres se mata más, por eso de la mala leche que da no poder comprar cosas chulas y no tener educación. Con la criba, libres de rémoras, se hace posible una convivencia pacífica, más segura y próspera.

Naturalmente, cuando las medidas gubernamentales responden a intereses económicos, sólo hay una minoría beneficiada, por más que sean vendidas como soluciones que persiguen el bien común. Vaya si lo sabemos los que lo estamos sufriendo en nuestra España rota por el desempleo y la corrupción sistémica, “reformas estructurales”.

Las desigualdades sociales que están agudizándose con la crisis abocarán en un futuro próximo (tiempo en el que sitúa la cinta, no lo olvidemos) a una sociedad de clases en la que la movilidad, la capacidad de prosperar con el esfuerzo propio, promesa de los regímenes liberales que presumen de auspiciar la “meritocracia”, como recompensa el esfuerzo y premio justo al talento, será, es, de hecho, una ilusión. Las empresas de seguridad y los fabricantes de armas, harán su agosto con el invento, y los nietos de Friedman y los gestores de deuda que miran hacia los mercados y dan la espalda a la ciudadanía, pueden al fin adelgazar al mínimo el gasto público.

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El guión introduce nuevas ideas que se derivan fácilmente de lo anterior. De un lado, las oligarquías pagan grandes sumas por matar personas de un modo seguro y divertido, con lo que no falta quienes se dediquen a dar caza a futuras víctimas para satisfacer la demanda de ese mercado elitista. De otro, el propio Estado aprovecha la coyuntura de la noche para llevar a cabo asesinatos selectivos que alivien la densidad demográfica, toda vez, que la gente no mata lo suficiente por sus propios medios, no se matan lo que debieran, son torpes aficionados gobernados por la ira. Por último, aparece un grupo subversivo dedicado a aguarles la fiesta a la gente de bien, que recuerda, por el modo en que interfieren en los medios de comunicación oficiales, al ejército clandestino de Están vivos (They Live, 1988; John Carpenter), película que gravita en muchos sentidos sobre Anarchy: La noche de las bestias.

En cualquier caso estamos quizá ante demasiadas ideas para un trama tan lineal y limitada a una sola noche, la mayoría de ellas recibirán una solución precipitada e insatisfactoria.

De Monaco se muestra certero en el diagnóstico de los males que aquejan a nuestra sociedad y su alegoría es lúcida y demoledora, pero marra en las causas profundas de la violencia, e incurre en un error propio de la progresía bienintencionada y lejanamente marxista, el supuesto de utópico de la bondad connatural al hombre y la corrupción de esa naturaleza prístina por mor de la propiedad, devaluando un planteamiento poderoso.

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La propiedad implica, casi por definición, desigualdad, y la precariedad aboca a la miseria, la privación. La violencia es un corolario de ello, un elementos por tanto ajeno a la naturaleza humana, concluye él. Pero, por otra parte, la abundancia también envilece y el resultado será el mismo, ahora con el ingrediente del sadismo para aliñar la ensalada. ¿No ven una contradicción?

Los ricos, bien educados y buenos cristianos, divierten el tedio purgando sus bajos instintos comprando vidas y cambiando el pintball por la UZI o el machete personalizado. Con lo que a Marx habrá que casarlo con Freud para que el veredicto final no se sostenga meramente sobre pruebas circunstanciales, y concluir que cada hombre tiene un asesino bajo la piel, citando a Jim Thompson. Que la compasión, la misericordia, la solidaridad son hermosas palabras, cualidades epidérmicas, un deseo concebido por la razón, desechado por inviable. De ahí que estemos condenados a un sistema que consagra la desigualdad y contempla impasible el sufrimiento de millones, es más, que lo necesita.

Sin embargo, y aquí patina DeMonaco, aquellos que viven una situación intermedia en lo económico y social, constituyen el último reducto de la ética, la solidaridad, el compañerismo. De entre estos, se escogen a los protagonistas para ofrecer a la audiencia un anclaje en sus simpatías: una pareja de blancos anglosajones, dos hermanas hispanas y el vengador solitario roto de dolor por la muerte de un hijo.

DeMonaco no deja por tanto de apuntar a la propiedad envilecedora y absuelve al hombre no cuestionando su bondad intrínseca, el viejo sueño del humanismo se enfrenta a la ingeniería social.

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Hermoso, pero, por desgracia, escasamente convincente. Ya quedó dicho en el texto que escribimos sobre The Purge, DeMonaco no es Kubrick, qué se la va a hacer. Kubrick condenó el sistema sin necesidad de absolver al individuo, sin necesidad de incurrir en la falacia que legitima la crítica de aquel sólo desde un ingenuo optimismo antropológico que ignora la agresividad y los impulsos antisociales del hombre. Por eso, al final Anarchy: La noche de las bestias resulta un filme convencional, divertido, apasionante por momentos, de buena factura, pero falso, vacío, sin mordiente, acartonado.

La mayor parte de los protagonistas verán amanecer el nuevo día con alivio a la entrada de un hospital, entre rostros sonrientes, abrazos y esperanza. Y el espectador, verá esfumarse una vez más la posibilidad de que la serie de The Purge constituya una de las distopías más lúcidas y descarnadas del siglo XXI.

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