Antiviral

Obsesión programada Por Arantxa Acosta

"Dead to the demoness Allegra Geller!" EXistenZ (David Cronenberg, 1999)

Fans obsesionados. Famosos que venden su intimidad al mejor postor. Vidas sin sentido. Amor, odio. Obsesión, perversión. Vida, muerte. Realidad, fantasía. Lucidez, locura. Capitalismo. Y aburrimiento diseñado para no pensar.

¿Qué sería de nosotros sin alguien al que admirar? ¿Nos daríamos cuenta de que la vida, sobrellevada sin ningún tipo de aliciente, no es más que una broma sin sentido? Vivir para trabajar, trabajar para vivir… necesitamos distracciones. Necesitamos creer que servimos para algo o, por lo menos, creer que alguien sí lo hace. Nos convertimos en seguidores, y soñamos en ser parte de la vida de nuestros “maestros”. Unos maestros cuestionables, claro: personas que venden todo lo vendible, desde sus propias células para hacer bistecs consumidos en casa o restaurantes de cinco estrellas hasta vídeos promocionales en los que los ídolos se someten a la voluntad de su comprador. Personas capaces de vender incluso retazos de su vida después de la muerte, con tal de sacar dinero, y seguir perteneciendo al star system. ¿Acaso nos importa saber que son tan humanos como nosotros? Sus defectos incluso nos alegran, porque nos acercan a ellos. ¿Acaso, entonces, nos importa su doble moral, si esto nos hace felices? Claro que no. Porque es nuestra obsesión formar parte de algo que nunca tendremos al alcance de nuestra mano… aunque sí de nuestro bolsillo, gracias a la publicidad y empresas que negocian con nuestros sentimientos. Que, básicamente, nos programan ellos.

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Esta “obsesión programada”, fuera de control, recuerda al final de El perfume: historia de un asesino (Perfume: the story of a murderer, Tom Tykwer, 2006, basado en al novela de Patrick Süskind), sólo que aquí Syd, nuestro protagonista, tan codicioso como connoisseur, dejará de ser un títere de la sociedad para serlo de sí mismo y así reconvertirse, saliendo de su inocente y pura obsesión y transformar su existencia, por supuesto con la finalidad de estar cerca de su amada. Una obsesión inculcada sin duda por los medios de comunicación, que no sienten reparos en hablar de la vida sexual de sus propios títeres (“Hannah Geist no tiene vulva, es deforme”, “hemos conocido que tiene problemas con su ano”, incluyendo representaciones gráficas en las noticias de las 21 h, por supuesto), si esto puede hacer subir la audiencia. Una sociedad tan vendida como la representada en Cosmopolis ese mismo año por el padre del novel director, David Cronenberg, y cuyas similitudes argumentales (artificialidad, éxito material, desesperación, búsqueda de la redención en el lugar erróneo) incluso nos hacen pensar que la elección de la protagonista en las dos cintas no es, en absoluto, casual.

Entonces, ¿seríamos capaces de hacer cualquier cosa, con tal de sentirnos parte de algo “mejor” que nosotros? ¿Incluso inyectarnos las enfermedades de nuestros idolatrados famosos?

Este es el planteamiento de  Brandon Cronenberg en Antiviral que firma un guión tan original como sorprendente y escalofriante, al ponernos en bandeja una sociedad distópica muy poco alejada de la realidad actual.

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Syd, termómetro en boca, con el cartel promocional de su amada a la espalda, y con la inmensidad de una ciudad vista desde las alturas tan fría como apersonal delante de él, es la clara representación del film y su mensaje: un simple plano y contraplano, y Cronenberg nos demuestra que Syd se encuentra entre la espada y la pared: entre sus ansias de ser alguien y comerse el mundo y su deseo de convertirse en el amante platónico de Hannah. Así nos presenta Cronengerg su Antiviral, así abre el film. A partir de aquí, blanco impoluto y simetrías imposibles para las escenas de una sociedad que ha caído en la monotonía y la presión de la publicidad (¿quién puede negar la similitud de la sala de espera de Lucas Clinic con el Voloko de La naranja mecánica- Clockwork orange, Standley Kubrick, 1971?). Personas que están allí sentados, consumiendo, porque sin duda es lo que toca hacer. Trabajadores en impoluto traje negro y blanco, perdiendo así su propia identidad para ponerse al servicio del sistema. Imposible también no pensar en las señoras, cerdo bajo el brazo, de Las vidas posibles de Mr. Nobody). Imágenes glamurosas tan repetidas hasta la saciedad que pierden todo significado. Grises, marrones y rojos pálido para los momentos en los que nuestro protagonista, tan andrógino como la película en si, desciende a su infierno personal (ese pasillo repleto de tulipanes infectados…). De luminosidad a oscuridad, igual que la mente del protagonista. Blanco, marrón, negro. Sociedad enmascarada, conciencia del protagonista, decisiones tomadas. Un patrón incesante a lo largo de todo el film. Y, para rematarlo, virus sintetizados en asépticas máquinas que no sólo están codificados, sino que se dejan reconocer con caras deformadas, “caras que representan la muerte”, se dice en el film. Caras que personifican un mal que a priori podría ser inofensivo, pero que al ser mimetizados con humanos se convierten en personas, con sentimientos, y dolor. Y sueños visionarios, envueltos en una música tan atrayente como espeluznante, que nos revelan la realidad en la que estamos (estaremos) inmersos: somos, todos nosotros, meras marionetas al servicio de un “bien” mayor: la sociedad.

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La cámara siempre fija, a veces en el centro de la escena, para demostrar más fácilmente la loca simetría del mundo que nos rodea, a veces a la altura de los ojos de Syd (e incluso detrás de él), sobre todo en los momentos en los que consigue alejarse de la sintética realidad y ser él mismo. Él mismo: un ser tan despreciable y desconcertante como su propia apariencia y actos: nunca sabremos hasta qué punto su sed de destacar es más o menos equilibrada a su sed de quedarse con el amor que tan bien se le ha sabido “vender”. Pero siempre, siempre, la cámara es distante. Imágenes asépticas, frías en todo momento. ¿Error del director, desconexión con su público? Nada más lejos de la verdad. Cada frase, cada mirada, cada encuadre es así por algo. Conscientemente Brandon Cronenberg elige que sea el espectador el que se decante, el que evalúe la personalidad de Syd (¿nos cae bien, nos cae mal?). Al fin y al cabo, seremos nosotros los que conformemos su propia identidad en un lugar donde el precio de ser diferente recae exclusivamente en las celebridades. Y, por supuesto, también deja a nuestra opinión el comportamiento de Hannah. ¿Ángel o demonio?

La elección de Caleb Landry Jones es, quizá, lo mejor del film. Su interpretación de Syd, inicialmente al borde de ser cuestionado para pasar inmediatamente a conventirse en un referente para nosotros, y luego volver a convertirse (o no) en un ser despreciable, era digna de premio en el pasado festival de Sitges 2012 (premio que se llevó Vincent D’Onofrio por Chained,Jennifer Lynch, 2012). El actor es capaz de hacernos cuestionar nuestras propias creencias a lo largo del film. Además, la presencia del siempre perturbador Malcolm McDowell no hace más que confundirnos, haciéndonos cuestionar, de nuevo, realidad  y ficción (igual que conseguía en su pequeño papel en la serie Héroes, Tim Kring, 2006-2010).

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El engaño de lo establecido. Carne que se pudre. El precio de ser famoso. La máquina sin sentimientos que todos llevamos dentro. La oprimente atmósfera cuando nos damos cuenta de que lo que nos rodea puede no ser real. Famosos tan víctimas como los don nadie que les siguen. Mucho se ha dicho de que Brandon Cronenberg se ha centrado demasiado en querer copiar a su padre, trayendo a Antiviral el surrealismo puro enmascarando la critica social que podíamos encontrar en Videodrome (1983), por ejemplo. Pero aunque es imposible negar la evidencia de que Brandon ha ha bebido de su padre, igual que Syd de Hannah… Señores, Antiviral brilla con luz propia. Y qué luz.

TRAILER:

 

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] una interpretación de Caleb Landry Jones (que ya nos dejó fascinados en Antiviral - Brandon Cronenberg, 2012 – el año pasado también en Sitges) que provoca en el espectador […]

  2. Ana.Zoo dice:

    Interesantísima Ópera prima de Brandon Cronenberg, hipérbole extrema de una sociedad que se nos antoja escalofriantemente no tan alejada de la nuestra, en la que las celebrities son consumibles, una droga para una sociedad yonki,famosos que participan en este juego, vendiéndonos parte de su vida sin falta de irnos a nuestros personajes casposos patrios del Sálvame (Angelina y Brad todos conocemos a vuestros peques gracias a las portadas exclusivas de People)vendiendo con ello su propia alma al diablo, una sociedad donde se subasta los últimos enseres de fallecidos famosos o donde se airean sus ocultas vidas por puro morbo, una sociedad donde existe la admiración y el culto al famoso pero donde también se disfruta despellejándolo por puro entreteniemiento, yo también entono el mea culpa. Qué acertada propuesta.

  3. […] una interpretación de Caleb Landry Jones (que ya nos dejó fascinados en Antiviral - Brandon Cronenberg, 2012 – el año pasado también en Sitges) que provoca en el espectador […]

  4. […] platos fuertes del Festival (aunque yo reconozco me decanto por su hijo Brandon, cuya opera prima, Antiviral – 2012-, desbancó en mi particular Top 1 del Sitges 2012 el film que presentaba su propio […]

  5. […] interesante, ya que en los últimos años ha sabido escoger films tan interesantes como Antiviral (Brandon Cronenberg, 2012), Byzantium (Neil Jordan, 2012) o Tom à la ferme (Xavier Nolan, 2013). Y […]

  6. […] el Palmarés, pero personalmente, a las 08:30 am pudimos ver la mejor película del festival: Antiviral, de Brandon Cronenberg. Original, inquietante y perturbadora, con un actor principal que se come la […]

  7. […] pero, ¿saben? es Cronenberg, no podía recabar en otro lugar. Por cierto, el debut de su hijo, Antiviral, que también pudo verse en Cannes, de momento no ha sido anunciado, pero por las informaciones que […]

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