Argo

Ar-go fuck yourself: cuando la ficción supera la realidad Por Arantxa Acosta

"¿De qué se enteraron en la guerra del golfo? Un vídeo de una bomba que cae y hace volar un edificio... podría ser una maqueta."Conrad Brean en La cortina de humo (Barry Levinson, 1997)

Ben Affleck, guionista. Ben Affleck, ¿actor? Ben Affleck, director. Sí señor. Porque si algo consigue sí o sí con Argo es ganarse ese respecto. Toda una consagración que ya venía intuyéndose con sus dos anteriores largometrajes, Adiós pequeña, adiós (Gone baby gone, 2007) y The Town. Ciudad de ladrones (2010), y que ahora queda más que patente.

Argo 2

La película se inicia de forma brillante: durante unos tres minutos se nos sitúa en lo que va a ser la historia central del film a través de viñetas de cómic: la historia de la malograda relación entre Estados Unidos e Irán desde que los primeros intervinieron para sacar del poder a Mohammad Mosaddeq, uno de los dirigentes que más hizo por su pueblo, para ayudar a subir al trono al Sha que, lamentablemente, se lo quitó todo. Tras años de injusta represión el Sha es destronado, consiguiendo asilo político por parte de los americanos, hecho que iniciará la revolución del 79 y que el director quiere mostrar como el caso de éxito de cooperación entre países que, sin duda alguna, fue.

Viñetas de cómic. Como si de un storyboard se tratase. Como si fuese posible llegar a pensar que tal despropósito no hubiese podido ser real, sino salido de la imaginación de un guionista y dibujante. Como una película, que se convierte en “real” sólo cuando es filmada siguiendo atentamente el diseño inicial. Se convierte en real, cuando sucede. Aunque siga pareciendo increíble. Una muy buena forma de ligar la necesaria introducción al espectador con lo que veremos después.

Porque enseguida se enlaza con las imágenes de lo que sucedió el 4 de Noviembre, arranque de la apasionante historia, cuando un grupo de jomeinistas asalta la embajada estadounidense de Teherán y captura a 52 trabajadores. Seis logran escapar, protegidos en la embajada canadiense… y habrá que rescatarles de la mejor manera que la CIA pueda pensar, aunque a priori sea una idea disparatada: les sacarán del país como integrantes del equipo que va a filmar Argo, un film de ciencia ficción en busca de los mejores exteriores.

A partir del minuto cinco de Argo ya nos encontramos con el segundo acierto de Affleck, patente a lo largo de todo el film: la pasión por el detalle. Un detalle minucioso en querer ser lo más realista posible, sabiendo que se trata de retratar el rigor histórico de la pesadilla sufrida.

Así, los emplazamientos, la vestimenta, incluso las expresiones faciales se han copiado literalmente de la documentación que se guarda de aquella rebelión. Un detalle ensalzado por el excelente trabajo de Rodrigo Prieto, director de fotografía, que consigue crear una atmósfera y texturas propias de las cintas de super-8 de la época. Exaltación del color en los momentos menos tensos, en los que parece que el rescate sí va a ser posible, en los que la alegría explota en la pantalla; tonos crudos y tierra, o azules muy oscuros durante la preparación de la arriesgada misión. Unos detalles cuya acertada representación no sólo intuimos, sino que cercioramos con la comparación entre las imágenes del film y las reales que nos sorprenden en los títulos de crédito finales.

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Tercer acierto: no posicionarse. Si bien es cierto que la exaltación patriótica va a ser inevitable en un film que gira en torno del heroico rescate ideado por la CIA, hay que reconocerle al director que es contenido. Affleck, a sabiendas de que la revolución no es un acto injusto, sino que viene motivado por una razón, decide rodar desde una perspectiva objetiva cien por cien: ni condena ni dramatiza en demasía el asalto a la embajada, ni demoniza a los rebeldes. Se limita a mostrar el enfado de un pueblo que ve cómo los trabajadores estadounidenses, con mayor o menor razón, han utilizado un retrato del ayatolá Yomeini como diana. Y nos damos cuenta de todo ello por el uso de la cámara, una cámara que sobrevuela la ciudad, mostrando la multitud agolpada ante las puertas de la embajada, o que gira continuamente en torno a los protagonistas. Y es que Affleck decide conscientemente el no utilizar el típico plano contraplano para los diálogos, sino giros de 360º.

La primera técnica, plano/contra-plano, hace que nos centremos demasiado en cada uno de los interlocutores, mientras que la segunda nos hace bailar entre ellos, sintiendo el temor, la angustia, la tensión de todos y cada uno a la vez, sin dejar de verles mientras uno u otro está hablando. Así, la cámara en casi continuo movimiento se convierte en la mejor aliada del film para mantener atento al espectador. Un espectador que entra en tensión desde el minuto uno, al verse sorprendido por las viñetas de cómic mezcladas con las imágenes reales y las reproducidas al milímetro ahora para la película, y que no deja de estar angustiado hasta el final. Un espectador al que Affleck sólo le da pequeños respiros en los momentos más cómicos del film, unos momentos que, aunque parezca increíble, tienen cabida en esta sorprendente historia.

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Los elementos cómicos vienen, por supuesto, de la mano de la preparación del montaje de la película Argo. Un excelente Alan Arkin en la piel del productor Lester Siegel es el máximo responsable de dotar de trivialidad a la arriesgada misión, mientras se convierte en el eje de todo: sin él, no hay película. Sin película, no hay rescate. Así que Arkin desarrolla a la perfección su personaje, a caballo entre la necesidad de mantenerse vivo en la industria de un Hollywood en plena decadencia (ya nos lo deja claro el director al reproducir el derruido cartel de la famosa montaña) y la decencia de hacer algo por su país. Es inevitable entonces pensar en La cortina de humo, irónico film sobre la realidad de la política del país y la manipulación de los medios, en la que también un productor de cine es llamado por el ayudante del Presidente para idear la mejor forma de desviar la atención del escándalo sexual del que el mayor referente del país es protagonista. La idea es, por supuesto, iniciar una guerra.

Al excéntrico Lester Siegel le acompaña John Chambers, amigo de Tony Méndez, el agente de la CIA que idea la misión, interpretado por un siempre convincente John Goodman. Los dos actores consiguen, como decíamos, las mejores secuencias del film que, además, suelen llevar mano a mano sin problemas.

Porque si Affleck sale victorioso aquí como actor, que lo hace (aunque en un primer momento pensábamos que lo de dejarse la barba era también un truco para esconder su poca expresividad), es básicamente porque ha evitado tener que lidiar grandes escenas con actores de altura. De hecho, su mayor presencia está en escenas en la que está solo, reflexivo, o está con los seis refugiados en la embajada canadiense. Un espacio pequeño a compartir con muchos actores… lo ideal para que su falta de talento interpretativo no quede patente. Sin embargo, hay que reconocerle que sabe salir de forma correcta con el papel de Tony, quizá por el tono introspectivo y seguro de sí mismo al que dota al protagonista. Es cualquier caso, para cualquier duelo en la pantalla con Arkin, e incluso con Bryan Cranston, que interpreta al jefe de Tony… ya sabemos con antelación quién va a ser el ganador, y de largo.

Argo

Argo, no obstante, no es una película redonda, y es una lástima porque tiene muy pocas cosas reprochables. Entre ellas, si bien es un acierto alejarse del modelo documental (que hubiese hecho mucho daño a la historia), a medida que avanza el metraje el film se transforma demasiado en un melodrama, haciendo bastante increíble algunas de las escenas, como la final del avión (que, por otro lado, está muy bien conseguida). Si le sumamos que a Alexandre Desplat, que firma una banda sonora notable para el film con canciones tan envolventes como “Scent of Death” o “The Business Card”, se le va la mano con el sentimentalismo en las canciones de los momentos triunfantes (“The Mission” o “Cleared Iranian Airspace” son dos bueno ejemplos)… tenemos la lagrimita servida en una película en la que debería imperar el orgullo. Entre esto, y esa manía a querer explicar todo al detalle (ejemplo claro: vemos a lo lejos la cartulina del storyboard de Argo que se ha quedado Tony como recuerdo, colocada cuidadosamente tras los muñecos de Star Wars… no hace falta hacer pasar la cámara en primer plano después, ya lo hemos visto), nos queda un pequeño regustillo amargo, la verdad.

En cualquier caso, se trata de una película sin duda carne de Oscar (y de más de uno), más que recomendable aunque sólo sea para demostrar que el cine, para variar e incluso del género de la ciencia ficción intergaláctica, supera la realidad.

TRAILER:

 

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Comentarios sobre este artículo

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