Black Panther

#BlackPower Por Ignacio Pablo Rico

«El precio de la liberación de los blancos es la liberación de los negros –la liberación total, en las ciudades, en los pueblos, ante la ley y en el plano mental–».Letter From a Region in my Mind, James Baldwin.

I. #BlackPantherSoLit

Hace cuatro meses tenía lugar el estreno mundial de Thor: Ragnarok (ídem, Taika Waititi, 2017), tercera película protagonizada por el dios del trueno y decimoséptima producción del Universo Cinematográfico Marvel (MCU). Cuando la infantilización de la franquicia y la homogeneización formal, estética y técnica ya parecían irreversibles, el film de Waititi vino a demostrar algo que, en menor medida, dejaban entrever Guardianes de la galaxia (Guardians of the Galaxy, James Gunn, 2014) o Ant-Man (ídem, Peyton Reed, 2015): que fuera de las grandes sagas del conglomerado –aquellas encabezadas por Capitán América y Iron Man– aún era posible creer en enfoques creativos e industriales disonantes con respecto al grueso de los trabajos de Disney-Marvel. Así pues, Thor: Ragnarok conquistaba una cierta autonomía –frente a crossovers como Vengadores: La era de Ultrón (Avengers: Age of Ultron, Joss Whedon, 2015) o la muy decepcionante Capitán América: Civil War (Captain America: Civil War, Anthony Russo y Joe Russo, 2016), ambas mastodónticos trailers de sí mismas y de futuras entregas–, erigiéndose en demoledora y personalísima comedia de rasgos metaficcionales. Pero además confrontaba el feísmo y la asepsia cromática predominantes con un despliegue colorista que bebía de fuentes diversas, e incluso se atrevía a urdir una trama política que originaba lo más parecido a un terremoto que haya tenido lugar en el seno del MCU.

Su carácter de personaje esquinado en la meganarrativa cinematográfica marvelita, así como la presencia tras las cámaras y en el libreto del talentoso Ryan Coogler, suscitaban la esperanza de que las primeras aventuras en la gran pantalla protagonizadas por T’Challa (Chadwick Boseman), rey de Wakanda, siguieran los gratos pasos de Thor: Ragnarok. Black Panther –inspirada en el primer superhéroe negro de relevancia popular, creado por Jack Kirby y Stan Lee en 1966– cumple esto en parte, pero las ambiciones superlativas de la cinta acaban colisionando, por un lado, con la corrección política y la puerilidad dramática propias de prácticamente todas las películas del MCU desde la compra de Marvel por parte de Disney; por otro lado, con las limitaciones de un cineasta estiloso e inquieto como Coogler, pero que ya demostraba en su ópera prima, Fruitvale Station (ídem, 2013), serios problemas para enraizar de manera convincente la peripecia individual de un personaje con una lectura política de la misma que emanara de los mecanismos de la propia ficción, y no de discursos impuestos, a modo de apéndice o molestas notas al pie, a las imágenes.

 Black Panther

II. #WakandaStyle

La eficacia de la campaña de hype-marketing orientada, especialmente, a millennials afroamericanos y afroeuropeos, ha revelado sus frutos tras el fin de semana de estreno de Black Panther: 361 millones de dólares recaudados, una cifra que supera las mejores previsiones. Twitter e Instagram se llenan de hashtags –a menudo originados en las cuentas corporativas de Marvel Studios y Walt Disney Pictures– que celebran el estreno, jóvenes afrodescendientes acuden con atuendos tradicionales africanos a las salas de cine en medio de una euforia que se desliza visiblemente hacia la pura y dura histeria. ¿Es realmente Black Panther un acontecimiento a la altura del entusiasmo febril que está provocando en redes sociales? ¿Se puede esperar que Disney, a través del calculado abordaje de inquietudes contemporáneas, sea capaz de propiciar un acontecimiento mínimamente subversivo?

El trabajo de Coogler y compañía se concreta en una narración fluida, dando incluso lugar a inspiradas soluciones formales que, eso sí, se topan con obstáculos ya habituales en las producciones de Disney-Marvel: la labor de montaje propia de una casquería y un trabajo mecánico –y no exento de torpezas– por parte de la segunda unidad en las set-pieces de acción. Resulta sin duda meritoria la mixtura de utopía pulp afrofuturista –pese a la ausencia de auténtico sense of wonder en su plasmación audiovisual– y trama palaciega, de influjo shakespeariano, en torno a responsabilidades monárquicas, herencias sombrías y un pretérito fraguado en la traición. Ambos registros, atravesados por influjos varios que van desde las películas de James Bond hasta los rabiosos graffitis fílmicos de Spike Lee, se condensan en una relectura contemporánea del superhéroe africano, quien ahora ha de afrontar los retos de un nuevo panorama económico y político –la globalización– y una conciencia popular creciente a propósito de la racialización de la pobreza.

El T’Challa que encarna con entusiasmo Boseman ha de decidir si abrir las fronteras de la imaginaria Wakanda, y por tanto arriesgarse a entregar su mundo a la homogeneización estructural, o seguir ocultando el poder de la nación que gobierna con tal de salvaguardar la robustez de sus instituciones y bases sociales. Sin embargo, la solvente enunciación de dicha problemática, así como de cuestiones postcoloniales y de clase diversas, da pie a un desarrollo discursivo decepcionante. Un talante inmaduro que termina dañando la pretendida universalidad arquetípica del héroe, haciendo de él menos un trasunto de Martin Luther King que un retoño cultural de Barack Obama; y en consecuencia, menos un personaje orgánico que una ilusión mediática especialmente apta para el meme “empoderante” o las consignas tuiteables. De hecho, el pulso entre el superhéroe y su resentido primo, Erik Killmonger (un Michael B. Jordan abrumador, como de costumbre) no es tanto un reflejo del debate político y ético entre King y Malcolm X –como lo ha sido, en cómics y en pantalla, la relación del profesor Xavier con Magneto–, como de la pugna entre el progresismo conciliador y populista propio de la era post Obama, y los héroes del cine de Spike Lee, ligados a un cuestionamiento provocativo de las lecturas más amables asociadas al multiculturalismo y la convicencia interracial. De hecho, la propia apariencia física de Killmonger, y detalles como la decoración de su cuarto –con un flamante poster del mítico grupo de rap Public Enemy–, hacen de él una suerte de remix hipster del Mookie (Spike Lee) de Haz lo que debas (Do the Right Thing, 1989), el Jesus Shuttlesworth (Ray Allen) de Una mala jugada (He Got Game, 1998) e incluso el Malcolm X (Denzel Washington) de Malcolm X (ídem, 1992).

 Black Panther 2018 Marvel

III. #BlackIsBeautiful.

La resolución del conflicto central es sintomática del conservadurismo pusilánime que anima el espíritu de Black Panther. En una cultura que tiende a sentimentalizar la realidad buscando la identificación o repulsa emocional del consumidor, las meditaciones a propósito de las posturas enemigas de T’Challa y Killmonger están mezquinamente condicionadas por la escritura de este último personaje: un guerrero capaz de dejar morir a su pareja sin soltar una lágrima o de maltratar a una ciudadana de Wakanda que cuestiona su mandato. En los minutos finales, T’Challa decide matizar su posición aislacionista y honrar sus ideales ayudando a sus “hermanos negros” allá donde lo necesiten. Claro que sin propiciar ninguna clase de transformación sistémica: se limitará a la caridad privada, convirtiéndose así en una suerte de Iron Man africano. O, en palabras Slavoj Žižek, en uno de esos «comunistas liberales» que son «el enemigo de toda lucha progresista hoy en día» 1

Semejante progresismo falaz condiciona el rol agente de las mujeres –los minutos en pantalla de Lupita Nyong’o y Danai Gurira son equiparables a los de Chadwick Boseman–. Como acertadamente ha señalado Diego Salgado, «en una sociedad de claros tintes matriarcales, llena de mujeres inteligentes y guerreras, el monarca vigente, su antecesor, y todos los aspirantes a dirimir los rumbos de la nación, son hombres». Es más, Black Panther se abraza a una impostura ideológica, la de la mayor inclinación feminista de los hombres negros en posiciones de autoridad, puesta en solfa con fiereza por la activista afroamericana Gloria Jean Watkins (bell hooks): «Sus expresiones de rabia e ira [del hombre negro] no son tanto una crítica del orden social patriarcal blanco como una reacción contra el hecho de que ellos no han sido invitados a participar en el juego del poder […] En el pasado, estos hombres negros han sido más favorables a la subyugación de la mujer al hombre. Esperaban ganar el reconocimiento público de su hombría para demostrar que son la figura dominante en la familia negra. Marcus Garvey, Elijah Muhammed, Malcolm X, Martin Luther King […] y otros líderes negros han afirmado inequívocamente que es necesario relegar a la mujer negra a una posición subordinada tanto en la esfera política como en la doméstica» 2. Incluso la brillante hermana científica de T’Challa, Shuri (Laetita Wright), ocupa una posición de responsabilidad relativa, y el nuevo cargo que ha de asumir al final del metraje se debe a un gesto magnánimo del gran jefe, quien mantiene en pie las estructuras que la excluyen, como a las fieles guerreras Dora Milaje lideradas por Okoye (Danai Gurira), de ese juego del poder.

El feminismo de pose y gif, las medias tintas políticas y la trivialidad de los argumentos ideológicos nos llevan a coincidir con las duras palabras del crítico norteamericano Armond White, cuando señala como principal debilidad del MCU en general y de Black Panther en particular «la celebración de la ilusión de ‘progreso’. Cuando Hollywood lo fija todo en términos de raza o de género, gobierna a las masas y las mantiene dentro de una mentalidad de plantación, aplaudiendo irreflexivamente a Black Panther como parte de la nueva segregación». Un entusiasmo desorbitado que es la muestra más reciente de la “cultura del acontecimiento”: el fervor colectivo por formar parte de #revoluciones efímeras, más apreciadas cuanta mayor sea la oportunidad que brinden al consumidor de otorgarse protagonismo entre sus followers.

No obstante, sí hay una cuestión en la que Black Panther puede resultar una producción histórica, más allá de lo meramente coyuntural. En consonancia con cierto auge popular de la ficción reivindicativa de lo afro –de Girlhood (Bande des filles, Céline Sciamma, 2014) a Querida gente blanca (Dear White People, Justin Simien, 2014), pasando por el remake serial de Nola Darling (She’s Gotta Have It, Spike Lee, 2017-)–, las imágenes del largometraje de Coogler están fraguadas en una reivindicación de la negritud que tiene menos que ver con la presencia masiva de intérpretes negros que con un esmerado trabajo iconográfico. Sustentada en la labor de la diseñadora de vestuario Ruth E. Carter, Black Panther propone un canon de belleza que dinamita la idea de Ralph Waldo Emerson, aún muy vigente en el cine, del cuerpo blanco como la forma perfecta ideal, al explorar la profusión de rasgos estéticos –como el brillo de la piel de Lupita Nyong’o gracias a la fotografía de Rachel Morrison– de una agresividad representacional notable ante lo usual en el mainstream cinematográfico. Sobre todo en lo concerniente a la visualidad de las actrices, el rabioso africanismo pop de Black Panther rompe con un blanqueamiento del cuerpo de la mujer negra que hasta hace poco era condición indispensable, por “normalizadora”, en el área mediática y comercial. Sin duda, hablamos del aspecto más reseñable del conjunto, que quizás abra la veda a otras películas llamadas con el tiempo a subvertir percepciones. Aunque la encomiable entrega del equipo de Black Panther a este cometido no habría tenido lugar sin el don de la oportunidad de Disney. A partir de la iniciativa de importantes marcas de belleza –por ejemplo, Sephora con Fenty Beauty–, comienza a tomar forma un nuevo paradigma estético cimentado en la diversidad, que golpea con fuerza por primera vez en el blockbuster con Black Panther. Un viraje estratégico que no es sino la adecuación conveniente a nuevas sensibilidades que son, asimismo, nuevas orientaciones de consumo. Cuando Simone de Beauvoir decía que «mi idea no es quitarle el poder de las manos a los hombres, sino destruir esa noción de poder en su conjunto», en realidad no se hallaba muy distante de las palabras de James Baldwin que encabezan este texto.

TRAILER:

  1. Žižek, Slavoj (2009): Sobre la violencia: seis reflexiones marginales. Barcelona, Paidós Ibérica.
  2. Watkins, Gloria Jean (1981): Ain’t I a Woman. Boston, South End Press
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Comentarios sobre este artículo

  1. […] caballero oscuro (The Dark Knight, Christopher Nolan, 2008), Wonder Woman (Patty Jenkins, 2017) y Black Panther (Ryan Coogler, 2018) permiten hablar incluso de políticas de lo superheroico en el marco del cine […]

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