Chappie

Inmortalidad: la evolución de la conciencia Por Arantxa Acosta

"For 130,000 years, our capacity to reason has remained unchanged. The combined intellect of the neuroscientists, mathematicians and... hackers... in this auditoirum pales in comparison to the most basic A.I. Once online, a sentient machine will quickly overcome the limits of biology. And in a short time, its analytic power will become greater than the collective intelligence of every person born in the history of the world. So imagine such an entity with a full range of human emotion. Even self-awareness. Some scientists refer to this as 'the Singularity'. I call it 'Transcendence'."Transcendence (Wally Pfister, 2014)

No es casualidad que Chappie se presente en su trailer y promociones varias como “del director de District 9. Todo lo que aquella tenía de fresca y original -entendiéndose el término como la fusión del género político y social con el de la ciencia ficción- lo echamos en falta en una Elysium (2013) que, aunque también intentaba mantener esa aproximación al cine con conciencia (el director quería que reflexionásemos sobre la inmigración ilegal), se perdía en sus ansias de entretenimiento sin sentido.

Así que con Chappie Neill Blomkamp no solo quiere repetir aquel éxito de antaño, sino que sigue exactamente la misma fórmula. La pregunta a responder es si funciona o no.

Sensación de realismo para ensalzar rápidamente la empatía con la historia que se nos explica. Sensación limitada ahora exclusivamente para abrir -y cerrar- el conocer las aventuras del protagonista con unos informativos que nos vuelven a mostrar las caóticas imágenes de una Johannesburgo dominada por el crimen. Las noticias nos sitúan rápidamente en ese futuro concernista que da por hecho la factibilidad de que los androides estén plenamente integrados en la sociedad para ayudar en las tareas más comunes, en este caso en forma de agentes del servicio de policía (algo que, por citar un ejemplo reciente, ya veíamos en In Time -Andrew Niccolm 2011-, una de las referencias que ya utilizó el director en Elysium). De este modo, y sin olvidar las referencias más comunes de la ciencia ficción, Blomkamp desarrolla la historia de este particular personaje como una mezcla E.T. El extraterrestre (E.T. the Extra-Terrestrial, Steven Spielberg, 1982) y Cortocircuito (Short Circuit, John Badham, 1983): Scout 22, el robot programado para seguir las órdenes programadas y establecer el orden en la ciudad, pierde en un accidente esa “conciencia” para, con la ayuda del ingeniero creador de un software de inteligencia artificial, convertirse en Chappie, un androide que desarrollará su “mente” para acabar siendo fiel a los principios enseñados, no sin antes demostrarnos que, en función de las influencias del entorno en el que crecemos, esos principios pueden ser completamente antagónicos.  

Y ya ha salido la palabra clave que define Chappie: conciencia.

¿Qué es el conocimiento, la conciencia humana… una codificación de experiencias y sentimientos que nos permiten saber cómo actuar discerniendo entre el bien y el mal? ¿Acaso no podría llamarse alma?

Y, siguiendo este razonamiento, y sabiendo de lo que el hombre está siendo capaz… ¿Podríamos, con la tecnología clave, traducirla al lenguaje de ceros y unos? 

¿Podríamos dotar a una máquina de alma?

Chappie 3

Pero ya no es sólo eso. La delicada cuestión nos lleva más allá: podríamos convertirnos en inmortales. La reencarnación del alma, del yo, en su estado más puro, al traspasar la conciencia de unos recipientes a otros, recipientes preparados tecnológicamente, recipientes de cables y aleaciones metálicas. 

De hombre a robot… ¿y por qué no también de robot a hombre? Cualquier teoría sobre la evolución de la máquina en hombre o del hombre en máquina quedaría resuelta: la fusión es tan inminente como inevitable. Sin evolución, sin transformación. Sólo haciendo un trasvase. 

Dos películas clave se nos vienen a la mente: La reciente y malograda Transcendence (Wally Pfister, 2014), en la que un hombre transfería su mente a una gran red, y Engendro mecánico (Demon Seed, Donald Cammell, 1977), en la que una computadora cobraba conciencia y se gestaba a sí misma en el vientre de una mujer. Dos caras de una misma moneda que nos permiten esclarecer las preocupaciones de un ser humano com inquietudes cada vez más “tecnico-filosóficas”, empujadas por el desarrollo de la humanidad, y de sus máquinas.

Esta es la idea base, y más potente, que Blomkamp nos presenta en Chappie. El hombre, el dios capaz de crear inteligencia artificial. El hombre, el dios capaz de perpetuarse sin necesidad de hacer evolucionar la especie humana, sino simplemente replicándose a sí mismo una vez el “receptáculo” se deteriore o, idea más superficial, deje de gustarle. El hombre, un mismo hombre, eterno. El advenimiento del fin de la especie humana tal y como la comprendemos en nuestros días. Genial.

Pero parece que Blomkamp no sea del todo consiente de la fuerza de su propuesta. De hecho, la deja pasar como simple solución al problema de Chappie y sus acompañantes, como colofón a la historia familiar. 

Así que peca en Chappie de lo mismo que en sus anteriores films: tiene una muy buena idea que no sabe desarrollar.

Y no sabe hacerlo porque intenta introducir demasiadas ideas adicionales en una película que, además, quiere que sea para todos los públicos. Lo segundo no es un error, por supuesto, pero lo primero, y más cuando hay ya tanto film que explota las mismas ideas, se convierte en “ruido”. Sobre todo cuando tenemos tan claro cuál debería ser el centro del argumento.

Porque sí, Chappie nos habla de lo difícil de la integración social cuando somos diferentes. Incluso de la adopción y de lo importante de las figuras de los padres. Como decíamos al inicio, también de cómo el desarrollo de la mente de un niño, lo que luego le definirá, puede verse afectado por el entorno en el que éste crece.

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Aquí el director acierta en mostrarnos esa imagen de un robot macarrilla que nos saca una sonrisa, pero sobre todo en la única novedad al respecto que introduce en su film (si obviamos los minutos finales de Autómata -Gabe Ibáñez, 2014-, que de forma tangencial trataría el mismo concepto): la presentación de la inteligencia artificial desde su nacimiento. Una inteligencia que debe aprender, como la de un niño. Porque hasta ahora el tema se ha tratado siempre desde el momento que la máquina ya dispone de todo el conocimiento (androides y humanoide es lo que más se ha tratado en el cine), incluso en A.I. Inteligencia Artificial (Artificial Intelligence: AI, Steven Spielberg, 2001) el niño.robot estaba ya programado para quedarse siempre con la mente de un niño. De esta forma, el guiño a E.T. el extraterrestre es más que evidente, con la diferencia de que Chappie siempre querrá volver al hogar de sus padres porque por mucho que le hayan maltratado (en la película el padre adoptivo, el biológico sería el ingeniero) son su referente. Y claro, hablando del padre biológico, Blomkamp también introduce la idea trillada acerca de la obsesión del hombre por crear algo nuevo, por sentirse Dios.“I’m your maker”, le repite constantemente el ingeniero a Chappie para que le haga caso….

En definitiva, múltiples ideas, de nuevo enmascaradas por un director que prefiere, erróneamente, incluir todos estos mensajes sin llegar a profundizar en ninguno de ellos utilizando, además, el clásico guión -y convirtiéndolo por tanto en uno de escasa calidad- en el que se dibujan personajes extremos: buenos y malos, bondad y maldad, encarnada esta última por un Hugh Jackman que no comprendemos muy bien qué hace aquí cuando su personaje es completamente plano (igual que el de Sigourney Weaver, dicho sea de paso). Así que aunque las escenas de acción son buenas, y más cuando vienen acompañadas de una banda sonora espectacular (firmada por Hans Zimmer, y que acabamos pensando le va grande, también, al film), el resultado final no convence. Blomkamp no se centra, y, lo que es peor, no consigue repetir District 9 (2009) por mucho que lo intente. Y es que insistir en una fórmula basada en ingenuidad de guión y refrito de otros films para representar un concepto de por sí original no es siempre el camino. Eso sí: quedémonos por favor con los minutos finales, y hagámonos las preguntas que planteábamos al inicio: tecnología y conciencia, igual a inmortalidad. ¿Cuándo nos llegará el turno?

TRAILER:

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