Dos días, una noche

Bienvenidos al planeta crisis Por Enrique Campos

Los hermanos Dardenne no quieren saber nada del cine como instrumento para el escapismo. Futuros distópicos, aventuras en reinos de fantasía, ex combatientes del Vietnam que pierden el oremus o incluso parejitas bien avenidas del Upper East Side, todo eso les es tan ajeno como las mil maneras que tiene un esquimal de llamar al hielo. Hay que abrazar el cinéma vérité como religión y la temática social como cruzada. Al mundo se viene a sufrir. A las películas de la factoría Dardenne, también. La antorcha que en otros tiempos portaran el primerizo Pasolini, o su paisano Rossellini, la recogen Jean-Pierre y Luc de manos de Ken Loach. Es el referente más socorrido, el más obvio si se quiere; es, a fin de cuentas, el que entronca formalmente con la rabia de clase obrera de Rosetta (1999), El niño (L’enfant, 2005), o esta Dos días, una noche. El Loach que no se permite ni una sonrisa, aunque sea por no llorar. El Loach que no habla de política ni de tiempos pasados. En ese sentido, los Dardenne ponen unas vallas a su campo mucho más sólidas que las del autor de Mi nombre es Joe (My Name is Joe, Ken Loach, 1998). Es su terreno de juego y ahí manejan el cuero con maestría. ¿Para qué extralimitarse?

Pero tanta rabia, tantos sueños frustrados, son un manantial que tarde o temprano termina por afluir en la depresión. Y arranca este nuevo via crucis. Marion Cotillard, otra licenciada cum laude en el arte de penar, duerme nada plácidamente. Duerme porque toma pastillas de esas para no soñar. Es un animal herido, muy asustado y, sin embargo, lo peor está aún por venir. La hoja de ruta es previsible: una madre de familia está a punto de irse al paro. Sus compañeros han elegido una paga extra a cambio de que uno de ellos vaya a la calle. Cae el eslabón más débil, claro. La ausente. La que tal vez no rinda como antes por culpa de sus problemas mentales.

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Hasta aquí, parece la instantánea habitual de los hijos del subsidio que venimos contemplando, con más o menos variaciones, desde El hijo (Le fils, 2002). Hay truco. La votación para ver quién se queda con la pajita más corta –votación de la que nunca llegamos a ser testigos- es una llave maestra que abre una caja con incontables compartimentos estancos. Del desequilibrio psicológico al concepto de solidaridad (o de egoísmo), del pánico como gasolina que prende la llama de la discordia entre seres humanos que, en condiciones normales, se dirían honestos, generosos, amigos de sus amigos. Los Dardenne quieren ser ecuánimes. Sin la interfecta presente, casi todos firman su exclusión. Cuando esta Sandra tira de su alma, que le pesa una tonelada, y decide encararse, uno a uno, con sus compañeros, la mitad de ellos son incapaces de mirarla a los ojos y arrancarle lo único que le queda. Aunque de la paga extra dependa el colegio de los niños. Hay cosas que ningún estómago soporta.

Este experimento antropológico que se desarrolla en la pantalla es el gran triunfo de Dos días, una noche.

Decía José Luis Cuerda que las buenas películas son aquellas que te preparan mejor para la vida. Si la historia de Sandra, y su marido, y sus dos hijos, y sus amigos, y también los compañeros que la quieren mal, nos prepara para la vida puede ser objeto de debate. Hace que nos formulemos la gran pregunta: ¿qué haría yo en su lugar? Y todo aprendizaje comienza con una pregunta.

Cotillard amerita la segunda medalla de oro de una cinta que no se entendería sin una encarnación tan precisa de la ansiedad y los cambios de humor que acompañan a los estados carenciales de endorfinas. Es el suyo un personaje que vive en el alambre. Una brisa casi indetectable para el resto puede bastar para derribarla o servirle de acicate. Lo vemos en su mirada, unas veces perdida en el más allá, otras derrotada por la tristeza, a veces firme y espoleada por la injusticia. Busquen la definición de inestabilidad; ahí debe aparecer la estampa de la mujer que tuvo los arrestos de meterse en la piel de Edith Piaf. Bravo, maestra.

La tercera medalla, con permiso del equipo artístico, nos la colgaremos los espectadores. La agudeza de los Dardenne, el desgaste emocional al que se somete Marion, se perderían por el sumidero de no ser por el estoicismo de un público que tiene que estar prevenido para la que se le viene encima. ¿Por qué querría ver algo que me cuentan a diario los noticieros? Buena pregunta. Y quizá a nosotros, coetáneos de Sandra, casi compatriotas, nos duelan prendas a la hora de meternos semejante chute de puro drama, pero pongamos las cosas en perspectiva. ¿Qué valor tendrá Dos días, una noche dentro de treinta años? Esto es sencillo de responder: tanto como el mejor libro de historia. Cuando los nietos salten con un “Abuelo, ¿qué era aquello de la crisis?”, desempolven la videoteca. O el pendrive.

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] al componer su personaje de Gloria, por el que se merece todos los premios del mundo (junto a la Cotillard de los Dardenne) de este […]

  2. […] al componer su personaje de Gloria, por el que se merece todos los premios del mundo (junto a la Cotillard de los Dardenne) de este año. Extracto de la […]

  3. […] Los hermanos Dardenne no quieren saber nada del cine como instrumento para el escapismo. Futuros distópicos, aventuras en reinos de fantasía, ex combatientes del Vietnam que pierden el oremus o incluso parejitas bien avenidas del Upper East Side, todo eso les es tan ajeno como las mil maneras que tiene un esquimal de llamar al hielo. Hay que abrazar el cinéma vérité como religión y la temática social como cruzada. Al mundo se viene a sufrir. A las películas de la factoría Dardenne, también. La antorcha que en otros tiempos portaran el primerizo Pasolini, o su paisano Rossellini, la recogen Jean-Pierre y Luc de manos de Ken Loach. Es el referente más socorrido, el más obvio si se quiere; es, a fin de cuentas, el que entronca formalmente con la rabia de clase obrera de Rosetta (1999),El niño (L’enfant, 2005), o esta Dos días, una noche. El Loach que no se permite ni una sonrisa, aunque sea por no llorar. El Loach que… (seguir leyendo) […]

  4. […] en un lenguaje que imita, o directamente plagia, el cine de los hermanos Dardenne [Rosetta (1999) ; Dos días, una noche (2014)], en lo que supone el lugar común formal por antonomasia de este género. El mayor problema […]

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