El artista y la modelo

Cuando uno empieza a entender las cosas, es hora de marcharse Por Fernando Solla

“La misión del arte no es copiar la naturaleza, sino expresarla”Honoré de Balzac en La obra maestra desconocida (Le chef-d’oeuvre inconnu, 1831)

Grata sorpresa la que nos ha provocado Fernando Trueba con su nuevo largometraje. A nosotros y al jurado de la 60ª edición del Festival de San Sebastián, que ha coronado al artífice principal de El artista y la modelo otorgándole la Concha de Plata a la mejor dirección, galardón que el realizador ha recogido con la misma humildad y falta de exhibicionismo erudito con que ha desarrollado su última película. Una caricia cinematográfica de una gran envergadura sensible y para nada narcisista, ya que aquél que situó al cine español en lo más alto del panorama internacional con Belle Époque (1992) ha escogido un tema tan recurrente, como es la dificultad de plasmar algo de verdad a través de la creación de una obra de arte, desarrollándolo con una habilidosa sensación de certidumbre incierta (que no incertidumbre), despojándolo de cualquier voluntad de sentar cátedra y alejándose de ese afán de trascendentalismo y espiritualismo folletinesco que encontramos tan a menudo en el cine (y la literatura) actual.

Parece que hoy en día hemos involucionado en esa búsqueda del desarrollo del talento inherente y esencial a cada uno de nosotros, el que nos hace especiales y nos permite destacar entre nuestros semejantes. Ahora lo que se lleva es el grupo, ese grupo en el que se escudan los mediocres, los que no se comprometen más que con su bolsillo. Y Trueba, generoso tocayo de un servidor, hace ya años que muestra su compromiso con el desarrollo y divulgación de nuestro cine. Desde el estreno de su Ópera prima (1980) el madrileño ha aportado algunos títulos referenciales como El año de las luces (1986), El sueño del mono loco (1988) y la ya citada Belle Époque (Oscar a la Mejor Película de Habla no Inglesa). Después de probar suerte en Hollywood con Too Much (1995), ha demostrado que la superproducción española (de calidad) es posible y en algunos casos, taquillera, como demuestra la cantidad de salas (y su espectacular aforo) que copó el estreno de la que quizá no sea su mejor película pero, sin duda, la que recordaremos con mayor ilusión y emoción, ese espectáculo protagonizado por Blas Fontiveros (Antonio Resines) y su particular troupe llamado La niña de tus ojos (1998), donde brilló con luz propia Penélope Cruz, la que por siempre después sería la niña (hasta que vino Pedro Almodóvar y la transformó en mujer, y qué mujer esa maravillosa Raimunda que la consolidó como actriz de repercusión internacional gracias a Volver, en 2006).

Trueba siguió investigando las posibilidades que el cine le ofrecía y empezó a buscar una voz más personal, a buscarse (que no encontrarse) a sí mismo. De este modo, llegarían la a momentos hipnótica pero algo ensimismada El embrujo de Shanghai (2002), primera colaboración con su modelo particular, Aida Folch y la interesante e introspectiva El baile de la Victoria (2009). A medida que nuestro realizador profundizaba en el Trueba director en busca de autor, descubrimos y compartimos su pasión por la música, en concreto por el jazz latino. Con Calle 54 (2000) ya apuntaba maneras, pero con la maravillosa y perfecta Chico y Rita (2010) asistimos a la consolidación de una personalidad a tener en cuenta dentro de nuestra particular miscelánea cinematográfica.

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¿Qué viene a continuación? Pues El artista y la modelo (sobre todo el artista). Ni más ni menos que la consumación de tan esperado encuentro. Más allá del simple autorretrato, Trueba consigue plasmar su esencia artística, mostrándose ante nuestros ojos cómo el Fernando que él ve que es, entregándose a través de su película, expresándose a sí mismo y venciendo la urgencia vital que en ocasiones sentimos  todos los que participamos (activa o pasivamente) del arte, esa ansiedad que nos provoca el creernos poca cosa o, simplemente, incapaces de compartir y transmitir nuestras inquietudes ante un ser querido, o demostrarle lo importante que es para nosotros. ¿Qué hacemos entonces? Pues encontrar una manifestación artística afín al gusto de ambos y compartirla con esa persona, intentando que sus ojos vean lo que nuestro corazón siente, dándonos completamente y abandonando cualquier atisbo de pudor. Igual que cuando un enamorado confiere su amor ante el fruto del mismo, Trueba quiere a su público. Nos mima mucho y desde hace mucho.

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Comentaba nuestro compañero Manu Argüelles, al desenvolver este regalo en su estreno en San Sebastián que el cine de Trueba no ha crecido a su mismo ritmo. Es muy posible. Ni al suyo, ni al de un servidor que, en cambio, no puede disimular su felicidad ante esta nueva convergencia anímica que supone el encuentro de un nexo de unión entre la experiencia como realizador del artista y la experiencia, que a su propio ritmo ha ido adquiriendo el que aquí escribe, como espectador. Ni más ni menos que veinte años de asiduidad recíproca y cinematográfica que, en ambos casos, han dado para mucho. Se dice rápido, pero se experimente intensamente y se cocina a fuego lento. Mucho ha llovido desde el visionado de la oscarizada y engoyadísima Belle Époque en el olvidado y maravilloso (como tantísimos otros) cine Astoria de Barcelona, un cine que nos abrió muchas y muy variadas ventanas cinéfilas, quizá las que más han perdurado sean Seven (Se7en, David Fincher, 1995), Algo pasa con Mary (There’s Something About Mary, Bobby y Peter Farrelly, 1998) y sobretodo la de Trueba. No desvariemos más y volvamos a El artista y la modelo.

El realizador suele moverse entre guerras, situando a sus personajes en situaciones (externas) extremas, que provocan siempre una reacción que decantará hacia un lado u otro las batallas internas que se libran en cada una de sus películas. En este caso nos trasladamos a la Francia ocupada de 1943, en un pueblo cercano a la frontera española. Allí conviven Marc Cros (un magnífico Jean Rochefort) y su esposa Léa (personaje que en manos de otra actriz habría pasado casi desapercibido y al que Claudia Cardinale consigue insuflarle vida y emoción hasta convertirse en uno de los puntales definitivos y definitorios de la esencia de la historia). Él, escultor ya octogenario, poca cosa o más bien nada espera ya de la vida. Hasta que un día su esposa recoge a Mercè (adecuada, aunque demasiado confiada Aida Folch, que arropada por el papel escrito por Trueba y Jean-Claude Carrière recibe más del personaje que interpreta que lo que ella le ofrece al mismo).

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Esta sería una posible trama, más o menos académica, de lo que vemos en pantalla. Pero, ¿con qué se queda un servidor? Con una matizadísima y extraordinaria interpretación de Rochefort (¡qué mirada líquida más exquisita tiene el caballero!); con la felicidad que nos provoca ver a Claudia Cardinale en pantalla grande y la calidad humana de su interpretación (esa mujer que se sabe la desposeída personificación de la belleza y la olvidada fuente de inspiración para su marido, y que lejos de lamentarse por el tiempo que pasó, decide regalar al esposo una última oportunidad de encontrarle algún sentido a la absurda vida que ya se agota; la inesperada coincidencia cinematográfica de la italiana con nuestra Chus Lampreave y su telúrica María; ese devastador y brevísimo instante en que una bandada de pájaros alza el vuelo (realzado por la estupenda fotografía en blanco y negro de Daniel Vilar); y, por último, nos quedamos con ese apoteósico detalle que no queremos que pase inadvertido para los espectadores, ese sutilísimo y fugaz gesto, que es un canto a la tolerancia como pocas veces hemos visto en la historia del cine. Esa despedida de Werner (Götz Otto), soldado alemán y lector clandestino de novela francesa y el artista: un saludo fascista, variante del original ave romano, que se transforma con un levísimo movimiento en el más cariñoso y afectuoso gesto de despedida. Quizá no asistimos a una muestra de delicadeza similar desde Charles Chaplin y El gran dictador (The Great Dictator, 1940). Pura (y única) magia.

Se ha comparado mucho al presente proyecto de Trueba con la descorazonadora y autodestructiva La bella mentirosa (La Belle Noiseuse, Jacques Rivette, 1991), aunque a un servidor le parece que El artista y la modelo es pariente mucho más cercana de la estupenda, reveladora, incluso visionaria, El sol del membrillo (Víctor Erice, 1992).

La de Erice mostraba el proceso creativo de un cuadro, matizando tanto los aspectos más técnicos como las conversaciones que el pintor Antonio López García mantiene con aquellas personas que visitan su estudio durante todo el proceso de plasmación sobre el lienzo de la esencia de un membrillero, ahora que inicia el inevitable proceso de maduración, años después que el autor de la obra pictórica lo plantara en su jardín. Increíble e insólita obra de arte la que nos ofreció Erice, que mostró como pocos la dolorosa verdad del lienzo, arma usada por el artista para expresar su deseo de remplazar el mundo exterior, y su imparable y progresivo proceso de descomposición y degradación de las formas originales, por un doble idealizado y perenne.

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Rivette, en cambio, se inspiró en el escrito La obra de arte desconocida de Balzac para reflexionar sobre el horizonte que delimita el arte y al artista, y nos acercaba de una manera igualmente dolorosa, a la obra de arte como elemento canalizador del mundo interior de los implicados en ese suspiro de realidad que se intenta plasmar, tanto del sujeto como del objeto artísticos. Fascinante el talento del francés para dignificar y elevar a categoría de arte las complejas relaciones de Eduard (Michel Piccoli) y su esposa Liz (Jane Birkin), que en el pasado le sirvió de inspiración para un proyecto abandonado a causa de los graves problemas que provocó en el matrimonio; que retomarán matices adúlteros con la aparición de Marianne (Emmanuelle Béart), su nueva modelo y el marido de ella, el joven y también pintor Nicolas (David Bursztein). La pintura como cruel instrumento artístico para reflejar la verdad del mundo, interno y externo, por el que deambulamos la mayoría de mortales, ansiosos de encontrar respuesta a preguntas que todavía no sabemos ni formular.

Nos emocionó Rivette, nos entusiasmó Erice, y ahora nos enorgullece Trueba. Orgullo, sí señor, es lo que sentimos cuando visionamos sus películas, y más con la última. Algunas ya las hemos citado con mayor o menor detalle. Reiteraremos nuestro aplauso más sincero ante Chico y Rita y celebramos el camino que ha tomado el corpus cinematográfico del realizador con El artista y la modelo. Y que nadie se equivoque, que a diferencia del maravilloso Marc Cros interpretado por Jean Rochefort, nuestro realizador no ha culminado todavía su carrera. Ahora que se ha encontrado a sí mismo, esperamos, más expectantes que ansiosos, que siga investigando, redescubriendo y compartiendo con nosotros, ese por fin revelado mundo interior, indisociable de sus inquietudes artísticas. Felicidades, Trueba. Encantados estamos de conocer, por fin, a Fernando.

TRAILER:



 

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] de los mejores (y con una taquilla mucho más modesta de lo que merecía) títulos del año pasado, El artista y la modelo (2012). ¿Por qué esta enumeración para constatar la relación del guionista con la […]

  2. […] enredados de la ficción literaria a través de En la casa, la música en Roquero y la escultura en El artista y la modelo. Además en las tres últimas se dirime una reflexión del creador en su senectud. De su […]

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