El ejercicio del poder

El poder del plasma Por Samuel Sebastian

El poder siempre ha ejercido una fascinación en el mundo del arte. De hecho, durante varios siglos, una gran parte de la producción artística se dedicó a reflejar el poder absoluto, desde los emperadores romanos hasta El triunfo de la voluntad (Triumph des Willens, 1935) de Leni Riefenstahl, la atracción visual hacia las imágenes del poder ha sido el foco de atención de los artistas, con el fin de complacer a la clase dirigente. Durante todo este tiempo, todos los modelos de poder siempre se han mostrado como un bloque sin fisuras, un ejemplo a seguir, carente de contradicciones y por encima del bien y el mal. Asimismo, el lider siempre ha sido un guía espiritual capaz de hipnotizar al pueblo y manejarlo a su voluntad. El clímax de esta desmesurada exaltación de la imagen del poder aparece reflejado en la novela 1984 (1949) de George Orwell en la que un líder sin nombre, el Gran Hermano, siempre sonriente y que no envejece nunca, aparece constantemente en todos y cada uno de los lugares de la ciudad e incluso las funcionarios que trabajan para él sienten que forman parte de él (el Gran Hermano te vigila…), como si fueran sus ojos, sus extremidades o su boca. Obviamente, el culto a la personalidad no solo no ha cesado, sino que se ha adaptado a las nuevas circunstancias. La combinación del culto al poder con la democracia parece contradictoria y sin embargo, todos los líderes se aferran al término democracia para disimular su autoritarismo, ya que para ellos la democracia significa esa complacencia del pueblo que tanto necesitan.

Últimamente, los entresijos del poder se han mostrado de diferentes maneras. Desde que es más que evidente que el poder político en muchos casos es solo un títere del poder económico, muchos creadores han apuntado hacia él como verdadero emblema del poder contemporáneo y por ello Wall Street (1987) de Oliver Stone es una interesante película fundacional. En ella, el ejercicio del poder se presenta como algo despiadado, verbalmente violento, ambicioso y contradictorio. Stone, además, nos mostró con habilidad que nos resulta más interesante sumergirse en la cloaca que quedarse sentado mirando la superficie. Algo parecido sucede con El ejercicio del poder  de Pierre Schoeller, que refleja en este caso la cara B  de un gobierno que ha sucumbido ante sus luchas internas pero pretende mantener un aire de solidez que evidentemente no posee. No obstante, dentro de este gobierno corrompido hay una persona, honesta y eficaz, aunque un tanto mediocre en el trato, que tratará de mantener la dignidad. Este es el punto de partida de la última película de Pierre Schoeller, coproducida además por los hermanos Dardenne.

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II. El ejercicio del poder: El poder del plasma

Mirar El ejercicio del poder es como fijarse en las grietas en lugar de ver el edificio completo. Por ello sorprende que el tratamiento que se hace del día a día de la actividad política sea tan directo, sin ambages. En la vida cotidiana del ministro de transportes Betrand Saint–Jean (un impresionante Olivier Gourmet) debe hacer frente tanto a los conflictos sociales cotidianos como a las luchas de poder que se establecen en su ministerio. Igualmente, la presión que sufre continuamente el protagonista se manifiesta en los extraños sueños que tiene cada noche y que no hacen sino aumentar la inquietud en sus momentos de vigilia. Bertrand Saint–Jean desea conjugar sus ambiciones personales con su idea de mejorar la sociedad y terminar con los conflictos sociales. ¿Realmente llega a conseguirlo? Aunque la pregunta nunca se formula de manera manifiesta durante la película, flota durante todo el metraje y en especial cuando visita la humilde casa de su chófer, a medio construir, pero que irradia una felicidad y una calidez que Bertrand Saint–Jean parece que hace tiempo que no disfruta. Por momentos, la película recuerda a un injustamente olvidado film de Warren Beatty, Bulworth (Bulworth, 1997), en el cual un político enloquecía (o, por el contrario, tenía un momento de exuberante lucidez) y decidía comenzar a decir todas las verdades que se había estado callando hasta ahora. No es el caso de Saint–Jean, que es demasiado inseguro para decir lo que piensa, demasiado temeroso para poder herir a alguien y, al mismo tiempo, demasiado débil como para enfrentarse de manera directa a los que detentan el poder porque a su alrededor todo el mundo parece tener más poder que él y sin embargo, a estos servidores públicos, ¿prestan atención a la sociedad? ¿De verdad les importa?

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A pesar de que Saint–Jean se esfuerza por atender personalmente a los ciudadanos, sus colegas se dedican a mirar la realidad a través de un televisor de plasma. Cuando hay algún conflicto social, le dan la espalda a la cámara, se cruzan de brazos y miran la pantalla. Pase lo que pase, todo será mesurable en cuestión de votos: una acción X tendrá con coste electoral que se puede equilibrar con otra acción Y, entonces, ¿para qué es necesario contar con la sociedad? En España tenemos un aterrador reflejo de esta manera de hacer política: no solo a los políticos les importa un bledo lo que le pase a la sociedad a la que valoran en términos de réditos electorales sino que, como el Gran Hermano de Orwell, a veces se manifiestan ante la sociedad exclusivamente mediante pantallas de televisión, haciendo que aumente así el abismo entre la clase dirigente y los ciudadanos, que sienten como cada vez más como los políticos no pertenecen a la realidad en la que ellos viven.

Por esta razón, el dilema del protagonista y que trata de resolver durante buena parte del filme es entre mantenerse en el poder o ver realizada su vocación de ayuda a la sociedad y él mismo se dará cuenta de que ambas cosas son imprescindibles entre sí, precisamente porque no es un político como los demás, sino una rara avis del gobierno.

III. El ejercicio del poder: Una vía de escape

Advertencia: este epígrafe contiene detalles esenciales sobre el desarrollo de la trama de la película

El camino que escoge Saint–Jean está condenado al fracaso. Desde el principio se intuye que alguna cosa pasará de manera inesperada que rompa la estresante vida del ministro, la pregunta es el qué. Su universo deviene tan alucinado como sus propias pesadillas. Por esa razón, cuando de forma inesperada tenga un violento accidente de tráfico, la sensación que el espectador tiene en primer lugar es la de sorpresa, en particular por la espectacularidad y el detalle con el que es mostrado el accidente, pero inmediatamente después aparece una sensación de alivio. Los sentimientos que explora a partir de ese momento Saint–Jean, son nuevos para él, al igual que le sucede con sus alucinadas pesadillas, pero esta vez de forma cruelmente real: la culpa, el vacío, la injusticia misma de la sociedad está contenida en ese accidente, que deviene en la piedra angular de la película.

Final del spoiler

El ejercicio del poder insinúa más de lo que muestra, sugiere más de lo que habla y, en muchas ocasiones, se convierte en un pesado aparato visual.

Casi ningún personaje genera una mínima empatía, el lenguaje que utilizan los protagonistas es técnico y frío y las subtramas no llegan a desarrollar el interés que requerirían. No obstante, el mayor valor de la película de Schoeller es extracinematográfico y deviene de su situación en el panorama actual: en el filme no hay una crítica panfletaria, ni tampoco una condescendencia con la clase política, es solamente el diario de un grupo de personas que viven en un lugar que cada vez se aleja más del nuestro.

El ejercicio del poder

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Comentarios sobre este artículo

  1. Excelente comentario. De una gran lucidez y con una gran capacidad para relacionar lo que cuenta la película con la actualidad. Muy interesante también la introducción y las referencias a otras películas.

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