El hombre perfecto

Plagios sangrientos en la Riviera Por Enrique Campos

Cuando uno se planta delante de El hombre perfecto y Pierre Niney, escritorcillo de medio pelo, halla un manuscrito perdido entre los enseres de un viejo occiso la primera reacción es de extrañeza: ¿un remake gabacho de El ladrón de palabras (The Words; Brian Klugman y Lee Sternthal, 2012)? ¿Qué sentido tiene eso? Pero no, no es un remake. La historia avanza dos pasos más y comienza a elevarse un tabique entre aquella cinta y esta. Entonces sobrevuela la duda del plagio indecente, aún más indecente que el de su protagonista, un plagio a la vista de todos, sin pudor. Hay que esperar media hora para entender que, aunque con premisas idénticas, los relatos y sobre todo la naturaleza del poso que cada relato pretende dejarnos es lo que marca la abismal diferencia.

El ladrón de palabras funcionaba a modo de cuento moral sobre la mala conciencia, la culpa y la madre del castigo. Jeremy Irons, el autor de los legajos de los que Bradley Cooper hace apropiación indebida en plena sequía creativa, acuciado por la presión del éxito precoz, ejercía de ángel exterminador. Cooper necesitaba una lección vital. Por las malas. Niney, sin embargo, es un personaje despiadado, un don nadie, un arribista. Escritor probablemente por las razones equivocadas. En cuanto su mentira triunfa no es la conciencia lo que le impulsa a una huída hacia adelante sino la preservación de su nuevo estatus. Cooper no estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para encubrir sus pasos, piel adentro incluso deseaba no haberlos dado; Niney sí está dispuesto a arramblar con lo que haga falta. El primero no servía para vivir en paz en la farsa, el segundo se sorprende a sí mismo: es tan eficaz arrojando esqueletos dentro del armario como mediocre para las artes literarias. Cooper desea redimirse, Niney sólo quiere salvarse; pero esto forma parte de la inevitable carga de profundidad. La necesidad de separar el bien y el mal, de definirlos. El que la hace la paga se convierte a menudo en un factor tan elemental como los tres actos. A no ser que te apellides Von Trier. Pero aquí no hay daneses misántropos a la vista.

Un hombre perfecto

Un hombre perfecto

Dos películas, casi hermanastras, dos caras de la misma moneda. Klugman y Sternthal permanecían fieles a los cánones del ultimísimo thriller americano, cuidado por dentro y por fuera, vibrante, empático con un personaje que de verdugo pasa a víctima. El buen ladrón. Más calvinista. Más bíblico, si se quiere. Lo de Yan Gozlan tiene otros padres; bebe de los malos deseos en la alta sociedad, de Chabrol, también de Polanski. la intriga disfrazada de otra cosa, u otra cosa disfrazada de intriga, la calma tensa y el desenlace hiperbólico.

No hay empatía para con nadie en El hombre perfecto.

El que engaña tiene motivos turbios, sí; pero los engañados tampoco se colocan en la diana de la piedad porque sus pretensiones nunca son puras. El joven escritor quiere escalar en la jerarquía de la manada de lobos, y entre lobos se juega los cuartos. No hay corderos. Ni siquiera la piedra angular de sus maquinaciones, la belleza gélida de Ana Girardot, es inocente. No se enamora de un chaval, se enamora de un nombre que esté a la altura de lo que ella vale o cree valer en monedas de oro.

La hija de Hyppolite Girardot representa la intención última de El hombre prefecto; los férreos códigos del clasismo, de la casta, que diría aquel. En las alturas nadie entra sin carta de nacimiento. Ni en las orgías secretas de Eyes Wide Shut (íd.; Stanley Kubrick, 1999) ni en las monumentales mansiones al pie de la Riviera. Los intrusos no son bienvenidos, en el fondo no tienen lo que hay que tener para ser uno de ellos, y la caída será durísima.

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