El porvenir de Mia Hansen-Løve

¿El tiempo establece la verdad? Por Fernando Solla

I need a progressive woman
I need an awfully liberal woman
I need a social conscious woman
To ease my revolutionary mind


My Revolutionary Mind (Woody Guthrie y Yim Yames)

El último trabajo de Mia Hansen-Løve sigue insistiendo en reflejar la casi imperceptible frontera que existe entre la ingravidez que nos produce sentirnos la encarnación de la imagen que tenemos sobre nosotros mismos y el choque brutal contra el que estalla ese espejismo tras la constatación de la oposición a la realidad. Si en Eden (2014) lo veíamos a través de un joven DJ, aquí lo viviremos a la vez que Nathalie, una profesora de filosofía descubre sus repentinos sesenta años.

El porvenir es una película que se puede explicar narrativamente a través de distintos canales o códigos que, si bien funcionan individualmente, resultan en su combinación un todo muy compacto. Sin querer pormenorizar en detalles que deben descubrirse durante el visionado, podemos resumir la tesis de la película en la deconstrucción de una idea: la intelectualización o conceptualización de los sentimientos no sirve para siempre y en todas las situaciones. Si el tiempo establece la verdad pero la verdad es mutable, ¿de qué sirve el tiempo? Si el tiempo no sirve, ¿hacia dónde encaminamos nuestro devenir vital? ¿Es suficiente la vida intelectual y objetivable para substituir la personal y, por tanto, subjetiva?

El porvenir Mia Hansen-Løve

Hay una importancia capital del contexto sociocultural sobre el que la protagonista ha cimentado sus ideas y su manera de entender el mundo, así como las relaciones con sus semejantes. Este detalle parece convertirse en una obsesión para la realizadora, que lo trabajará con una minuciosidad que hará del subtexto el estandarte que sustituirá a cualquier porqué que nos podamos plantear.

La interacción entre Nathalie y cada uno del resto de los personajes consigue situarla en el centro de cualquier foco de análisis sobre el largometraje. Sin embargo, la sensación periférica de los demás no hace más que sumar enteros al dominio narrativo de la autora, siempre alejando cualquier matiz moralista. De este modo, la mujer establecerá un tipo de relación distinta con cada uno de ellos. Cada vínculo coincidirá con un estrato emocional, con cada una de las teclas impresionables que se puedan tocar. Y Huppert y Hansen-Løve conseguirán tocarlas todas. Independientemente de su tiempo de aparición en pantalla, cada ligamen mostrará un desarrollo.

El más evidente es el de la maestra y su discípulo favorito Fabien (Roman Kolinka). También el más sereno, algo que teniendo en cuenta la amargura y desconcierto de la situación generada se contempla como un halago, ya que el espectador es tratado siempre como un ser inteligente y capaz de seguir la narración. Resulta muy interesante también cómo la realizadora muestra la relación de Nathalie y su hija Chloé (Sarah Le Picard). La comprensión de la joven para con su padre en un momento crucial del filme en contraposición a la exaltación en el último tramo del mismo para con el personaje interpretado por Huppert es no por silenciada menos evidente. Incluso habrá espacio para la fábula y la asimilación con la gata, herencia de la anciana madre, con la que parecerá retomar la relación que nunca tuvieron.

El salto generacional y la actual crisis de las ideas quedarán patentes en la secuencia en la que la profesora se enfrentará a los alumnos que no quieren aprender y obstruyen el paso a las aulas. Donde unos ven libertad de expresión y la democracia de la mayoría, la otra constatará que el acceso al conocimiento y sabiduría sólo es perseguido por una minoría.

El contraste entre el desarrollo emocional de la protagonista y la categorización y posicionamiento de los secundarios a través de diálogos muy concisos, así como el excelente uso de la elipsis, consiguen en manos de la autora grandes momentos cinematográficos.

El porvenir Mia Hansen-Løve 2016

La fotografía de Denis Lenoir contrasta en su planificación, entre la inmovilidad y la oscilación, para mostrar el ajetreo interno de la protagonista. La técnica empleada para este menester, especialmente, al construir el devenir del personaje de Yvette (Edith Scob), la madre de Nathalie, es de nuevo remarcable. Aquí, tanto Lenoir como Hansen-Løve parecen adoptar el mismo prisma que Florian Zeller aplica en su obra literaria, especialmente en la teatral, para mostrar la enfermedad de los mayores vista por ellos mismos y en enfrentamiento a los que los rodean. La mezcla de comedia negra y thriller asoma en El porvenir (no tanto en los diálogos y sí en el tratamiento de las imágenes) como en los más celebrados títulos del literato. Ya el primer plano nos postrará que la velocidad a la que circula el pequeño buque en el que viaja el matrimonio circula a una velocidad proporcionalmente inversa a la de la protagonista.

Al hablar de subtexto, es el momento adecuado para destacar la inmensa interpretación de Isabelle Huppert. Su mirada es capaz de verificar cada pensamiento de su personaje, evidenciando cada emoción implícita. Bajo un aparente estilo cerebral en el acercamiento a Nathalie, Huppert consigue habilitar nuestra capacidad cognitiva para asimilar como propias su confusión y su desorientación. De alguna manera, como actriz, transmite la misma enseñanza al espectador que la profesora de filosofía hacia sus alumnos: incentivar la aptitud de cada uno para pensar por sí mismo. Para pensar la propia confusión, la propia desorientación. Su contenida gestualidad desaparece cuando la actriz adecúa hasta su manera de caminar a los movimientos de cámara que ya hemos comentado. El uso del lagrimeo que no acaba de caer se convertirá en el gesto o rasgo característico con el que nos guiará sutilmente por cada estrato emocional. La actriz no da por hecho que su presencia es suficiente para su personaje y se crece con cada posibilidad de transmitir, consiguiendo que sea posible explicar todas las técnicas narrativas, así como el contenido y el argumento de la película, con su interpretación.

L'AVENIR Mia Hansen-Løve

Finalmente, la estructuración y desarrollo de la película en un gran nudo (desarrollo) entre una brevísima pero definitiva introducción y un no más extenso pero igualmente estricto epílogo, hace que el visionado se comprenda a partir de la modulación o desviación emocional que sufre la protagonista. Por ello y por la no menos sutil capacidad de mostrar la crisis del humanismo y las letras en general (el marketing en las escenas de la editorial), El porvenir se convierte en una radiografía indispensable del cómo el funcionamiento del mundo a nuestro alrededor (así como del núcleo familiar y confraterno) nos obliga a reformular imperativamente nuestro modo de enfrentarnos a él desde lo más profundo de nuestra foro interno.

El cómo Mia Hansen-Løve consigue transformar estas premisas en imágenes es símbolo indefectible de su poderío y dominio narrativo a partir de la duda y el cuestionamiento, auténtico emblema de su cinematografía.

TRAILER:

 

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