El regalo

Errores que el pasado no olvida Por Fernando Solla

"Sometimes you need to do something bad
to stop from doing something worse."Mia Wasikowska en Stoker (Park Chan-wook, 2013)

Hay en El regalo ciertas reminiscencias del thriller psicológico prototípico de finales de los ochenta y principios de los noventa del siglo pasado. El ajuste de cuentas o afán de venganza ha dado pie a infinidad de títulos que alejándose del cine de autor o arte y ensayo han funcionado como engranaje perfecto para productos cinematográficos con fórmula todo lo efectista que se quiera, pero infalible. Tras un par de cortos, el actor Joel Edgerton debuta en la dirección de largometrajes con este título que mira cara a cara, a pesar de cambiar roles y situaciones, a La mano que mece la cuna (The Hand That Rocks the Cradle, Curtis Hanson, 1992).

¿Por qué este título y no otro? Pues porque si cambiamos los motivos que promueven la confrontación y la edad y sexo de los personajes tipo, podemos adivinar el desarrollo de un filme si seguimos el anterior. En el caso que nos ocupa, nos encontramos con Simon (Jason Bateman), un ejecutivo especialista en ventas de una empresa de seguridad informática que se muda a Los Angeles con su esposa Robyn (Rebecca Hall), diseñadora y decoradora de interiores. Por casualidad, toparán con Gordon (interpretado por Edgerton), un antiguo compañero de instituto de Simon que enseguida se entrometerá en la vida de la pareja destapando algunos aspectos del pasado del primero que darán pie a la historia de intriga y misterio.

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El mayor acierto de El regalo resulta precisamente la gestión de nuestras expectativas como espectadores, independientemente de nuestra asiduidad al género.

Edgerton no renunciará al giro argumental, pero tampoco convertirá las premisas más o menos delimitadas en el desarrollo argumental en una farsa o engaño, como sucede en algunas ocasiones. Del mismo modo, no tomará partido por ninguno de los tres personajes, mostrando los claroscuros de todos ellos. No reducir el misterio a un desfile de héroes, víctimas y villanos prefabricados consigue que nuestro interés vaya en aumento para, finalmente, situarnos en un escenario reflexivo en el que nunca sabremos cuál los personajes es un sociópata más peligroso y si esta condición prescribe con el tiempo o no.

Tampoco es nada novedoso comprobar la efectividad cinematográfica que supone revisitar los traumas acarreados desde la época del instituto. Sólo con recordar Carrie (Brian de Palma, 1976) nos acercaremos a un contexto donde el abuso escolar se ha abordado más desde el punto de vista terrorífico que dramático, cuando no ambos. En el caso de El regalo resulta muy interesante comprobar progresivamente cómo ambos personajes masculinos siguen siendo la misma persona que fueron dos décadas atrás, incidiendo en la entidad psicológica del filme. La estructuración mental de la víctima y su necesidad de serlo para superar un pasado del que no quiere escapar ofrece un interesante contrapunto dramático que por momentos nos hace olvidar que desde un principio conocemos cómo terminará todo.

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La fotografía de Eduard Grau destaca en la captación de los espacios interiores. La opción de no cerrar los planos, como es habitual en este tipo de propuestas, sino de abrir la profundidad de campo y mantener cierta geometría horizontal que coincide con las líneas arquitectónicas del hogar de la pareja supone un hallazgo visual que sin llegar a ser innovador sí que nos hace asimilar el punto de vista de los protagonistas. Este detalle, combinado con la elección de las artes y oficios de los tres implicados en la trama indaga en las motivaciones y miedos de los personajes, al mismo tiempo que ironiza con la moraleja final.

Hay que destacar la labor de Edgerton como director de intérpretes. Tanto él, como Bateman y Hall, nos muestran el desarrollo de sus personajes como si nos encontráramos en un drama existencial. Del contraste con el maniqueísmo genérico que le suponemos al filme resulta una combinación que invita más a la reflexión que al sufrimiento de los distintos golpes de efecto. La plasmación en pantalla de los diversos formatos de reproducción en vídeo para mostrar la crueldad de los actos vengativos puede llegar a crispar los nervios de más de uno, aunque si recordamos Hard Candy (David Slade, 2005) no llegaremos ni mucho menos a esos niveles de intensidad y perturbación.

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Finalmente, y aunque El regalo no resulta todo lo impactante que pueda parecer a simple vista, nos encontramos ante un largometraje estimable por varios motivos. En primer lugar, porque supone el debut como realizador de un actor que demuestra tener un pulso narrativo también como guionista firme y arrollador. Además, y aunque queda en segundo plano, la película funciona y se enriquece de los múltiples contrastes y detalles que se muestran en paralelo a la trama (la profesión de los protagonistas y su relación con su situación personal, las figuras retóricas para mostrar los miedos de todos ellos, la estética ochentera del look de Edgerton para plasmar cómo su personaje vive anclado en el pasado, etc.).

Por último, destacamos esos momentos en los que el guión abandona su premisa repleta de fórmulas y se detiene en un subtexto que se revela novedoso dentro de este género. Y es, precisamente, esa crítica implacable sobre la sumisión de jóvenes y adultos a una cultura corporativa amoral en la que el fin justifica los medios, donde la mentira y el engaño resultan la materia prima para nuestro trabajo del que, finalmente, medimos el éxito con el termómetro de la intimidación y la crueldad. En este aspecto es donde el filme da verdadero miedo. En la plasmación de sus argumentos intrínsecos no explicitados.

 

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