El reino

Los excesos Por Paula López Montero

Ciertamente El reino, última película de Rodrigo Sorogoyen, era una de las películas más esperadas en el SSIFF  y supongo que lo será para la cartelera española, además ¿cómo no serlo? Es una película que, dada la situación política que vivimos, apela e interroga a todos la ciudadanía y trata de empatizar con su frustración y cabreo. Pero, por ello mismo, es una película altamente delicada y hasta peligrosa ¿Cómo ser fiel o justo con el relato de una verdad de la que tenemos solamente una sospecha, que nada por las alcantarillas, en despachos privados y de la que se conoce solo la cara pactada de los medios? Con esta altura de miras, Sorogoyen parece conocer la verdad. Considero por otra parte que es difícil cumplir con las expectativas y gustos de todos, no obstante, el director de Que Dios nos perdone (2016) o Stockholm (2013) opta por un punto de partida para que desde luego El reino no deje indiferente –siendo este uno de los pocos acercamientos cinematográficos directos a la cuestión de la corrupción política que nos acucia-: el ritmo. Un ritmo que es eje y estructura del relato, un ritmo acelerado, acorde al compás tecno que hace de espejismo de la vorágine capitalista y que pone la cadencia a un tiempo del exceso, del derroche. Y con él, el espectador -como en las demás cosas- entra como la seda en el discurso, a ciegas. Sin embargo, tengo la sensación, tras haberme embaucado en el relato, de haberme dejado llevar por esta sinestesia y, sinceramente, al final me siento incómoda con él, hasta el punto de parecerme efectista y complaciente. Y es que El reino no propone nada que no supiéramos ya, nada que no nos imagináramos, aporta poco, camufla la crítica necesaria con una reflexión final sobre si no somos en realidad todos los que en nuestros pequeños diarios nos beneficiamos de algún tipo de posición de poder. Y ahí es donde entra mi mayor cautela, en el tratar de generalizar una situación de la que en realidad, solo unos pocos salen airados. Pero, a decir verdad, y tras las últimas publicaciones de algunos políticos aplaudiendo el filme me huele a chamusquina.

El reino

El reino arranca con un plano secuencia –introduciéndonos lo que será la mecánica del filme- siguiendo a uno de los cabecillas de la corrupción, Manuel López Vidal, vicesecretario autonómico, (interpretado por Antonio de la Torre) al que no suelta hasta el final. Vemos ante sus ojos pasar bandejas repletas de carabineros, vacaciones en yates de lujo a cuenta del partido, mansiones en los mejores barrios, y el director nos hace partícipe de lo que parece ser esa “pequeña” y pasable corrupción, pero de la gorda nada: aparece como un fantasma al que persiguen durante todo el relato sin demasiado esfuerzo y sin entrar de lleno en lo importante. Al final como esa metáfora que busca en su conclusión de que en realidad no nos interesa conocer el contenido de esas cuentas y papeles. Tras aparecer en la prensa los primeros indicios de cobros irregulares, el partido decide utilizar como cabeza de turco a Manuel López Vidal. Éste cegado por la venganza y el ansia de poder decide arrastrar a todos sus compañeros al mismo lodazal donde se encuentra. Desde entonces el hambre y la sangre fría encara al personaje que, tras mucho pelear e intentar desvelar los trapos sucios del partido y aquellos “Papeles de Persika” donde se encuentran todos los nombres de los corruptos, se enfrenta a la prensa televisiva medio manipulada –encarnada bajo la figura de una ambiciosa periodista que interpreta Barbara Lennie- que quiere llevarse el mérito de la primicia para impulsar su carrera y que no le deja desvelar el contenido a la audiencia. Al final en un enzarzamiento final entre los dos con toda la audiencia atenta le propone lo que es la pregunta a la que se dirige y congrega el filme: ¿Por qué nos hemos reflexionado sobre lo que hacíamos antes? Reflexión: precisamente de lo que carece El reino.

El reino 2018

Sin ir más lejos en una trama que engancha porque está bien articulada, veo con recelo que sea más fácil la identificación con el personaje principal y que, sin embargo, el supuesto político que trata de limpiar el partido sea precisamente con el que menos se puede empatizar. En definitiva, me parecen muy potentes los planos secuencia donde está claro que se ha sabido sacar recurso a los personajes principales, -de hecho la secuencia de la persecución del coche sin luces me parece que congrega la única buena metáfora que contiene El reino sobre el problema de los excesos del capitalismo-, pero acaba por ser una especie de thriller pulcro y casto donde se ve más el lujo que la cloaca. Sinceramente, prefiero reír con Tiempo después (José Luis Cuerda, 2018) de esta tomadura de pelo que es la estructura en la que vivimos, que dejarme llevar por un relato complaciente.

Share on FacebookTweet about this on TwitterGoogle+Email to someone

Comenta este artículo

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>