El skylab

La gran familia Por Manu Argüelles

Poco a poco, a cuenta gotas, cuando está a punto de arrancar una nueva edición del Festival de San Sebastián, nos va llegando a la cartelera española largometrajes presentes en la anterior edición. El skylab, concretamente, se llevó el Premio Especial de Jurado.

Junto con Kiseki, de Hirokazu Kore-eda, la última película de Julie Delpy fue una de las películas más frescas y vitalistas de la Sección Oficial. Teníamos nuestras reservas con la realizadora tras el estrepitoso fiasco de su última producción, La condesa (The Countess, 2009). Pero podemos respirar aliviados porque aquí demuestra el brío y el pulso narrativo que aquella carecía. Le Skylab  es una ágil comedia costumbrista en torno a una gran reunión familiar, con motivo del cumpleaños de la gran matriarca del clan, la abuela, que congrega a un alud de padres, madres, tíos, cuñados, primos y nietos, desde la perspectiva de la pequeña Albertine, que actúa como centro gravitacional desde el que parte el gran retrato doméstico. Ambientada en el año 1979, localizada en la Bretaña campestre, certifica que la cinematografía francesa, para hablar de mosaicos familiares, sigue siendo en la actualidad la que mejor saber realizar estampas fílmicas asentadas en estructuras parentales. Sin que sea algo exclusivo de la cinematografía vecina, la familia sí que constituye un centro simbólico recurrente a tenor de la insistencia con la que es convocada por el novísimo y más interesante cine francés. Desde Desplechin (Un cuento de Navidad, 2008) pasando por Assayas (Las horas del verano, 2008), sin olvidarnos de Mia Hansen-Løve (El padre de mis hijos, 2009) o Rémi Bezançon (El primer día del resto de tu vida, 2008). No obstante, si en los ejemplos mencionados la muerte aparece como centro neurálgico que las determina y atraviesa todas las interrelaciones de los personajes, Julie Delpy prescinde completamente del “invitado oculto” y lo transfigura con un sano sentido del humor, mediante la amenaza paranoica de la caída de la estación espacial. De hecho, su cine puede estar más próximo a los mosaicos del cine de Robert Altman, en cuanto no hay ningún acontecimiento dramático hegemónico, que a la relación de filmes que hemos comentado.

Por otra parte, quizás para no pecar de anacrónica o que se le pueda acusar de excesiva indulgencia, el retrato de la gran familia tradicional descrito en El skylab pasa necesariamente por el filtro del pasado, legitimado además por los recuerdos de infancia y la evocación, para así blindarse frente a posibles objeciones de aquellos que consideren que Delpy está siendo excesivamente atonal con la célula social por antonomasia de la sociedad patriarcal clásica y conservadora.

De hecho, es cierto que está cuestionada desde dentro, a través del papel que se reserva Delpy, inspirado en su propia madre para encarnar a la de la niña Albertine, pero no llega al análisis ácrata de Desplechin. No obstante, a través del prólogo y su resolución dilatada en el epílogo, la anécdota de la imposibilidad de Albertine adulta de sentarse junto con su familia en un vagón de tren, casi parece que Delpy, aunque ha procurado guardarse su claro posicionamiento a lo largo del film, parece deslizarse en defensa de los valores que se derivan de la cohesión del grupo familiar clásico como construcción de la felicidad. Hay, por tanto, un poso nostálgico, por algo que en apariencia ya está periclitado.

No obstante, esta ambivalencia no erosiona el resultado final porque Delpy prefiere situarse en la liviandad gaseosa para deslizar reflexiones ingrávidas sobre asuntos ceremoniosos. Porque a través de este gran núcleo se traza una hábil radiografía de las actitudes y costumbres de la población francesa a finales de los años 70. De la misma manera, también es una estupenda crónica de un tiempo pretérito, donde no faltan las posiciones políticas enconadas y radicalmente enfrentadas: el intelectualismo de izquierdas progre de las profesiones liberales, frente al conservadurismo recalcitrante y fascistoide, representado por el ejército y la alta burguesía. Puede parecer un detalle tonto, o quizás resulta que vivo en un entorno demasiado politizado, pero estas discusiones cotidianas con encendidos debates políticos es algo que, por ejemplo, echo en falta en el cine costumbrista español contemporáneo. Quizás se deba a que no lo frecuento con exceso, pero uno siente la ausencia de este tipo de debates entre personajes del cine español. Nunca los vemos hablar de política, ni del PP ni del PSOE, como si fuese un tema tabú en la cinematografía española sino echamos mano de la posguerra. Que yo recuerde, ahora mismo, podemos encontrarlo en la película de Trueba, también ambientada en un pasado reciente, Madrid, 1987 (2011), pero no me vienen a la memoria más largometrajes. Resulta como mínimo curioso que uno pueda sentirse más cercano a situaciones que se reflejan en el país vecino, donde los personajes la integran en sus temas de conversación como algo orgánico, como por ejemplo también ocurre en la divertidísima Los nombres del amor (Le nom des gens, 2010).

Detalles así hace que uno sienta El skylab como un dibujo apegado a la tierra, sin una edulcorada revisión melancólica, aunque ésta, sin extremarse, flota en el aire.

Quizás por ello, se obvie la acritud del ajuste de cuentas, para que el film esté totalmente abrigado bajo un naturalismo arrebatador que insufla de autenticidad a los seres sobre los que aposenta su mirada. Asimismo resulta muy gratificante la lectura irónica que Delpy realiza del cine de los 70 y la forma de codificarlo dentro de su película. Así, uno de los personajes, el soldado desequilibrado, el “héroe” castrado en un marco familiar que le inmoviliza cuando él necesita actividad bélica, resulta una caricatura simpática de uno de los temas estrella del cine norteamericano de los 70, una vez que se atrevieron a reflejar la problemática de los norteamericanos que volvían de Vietnam, con películas como El cazador (The Deer hunter, 1978) o El regreso (Coming Home, 1978). O desde la misma histeria con el skylab traza su sarcasmo frente al cine de catástrofes, tan habitual de la época. Punto y aparte merece la inclusión de Emmanuelle Riva. Que la actriz, con permiso de Jeanne Moreau, que encarnó el gran papel femenino de la modernidad en Hiroshima, mon amour (Alain Resnais, 1959), sea ahora una viejecita entrañable con una cierta sordera, ¿se acepta como lectura de lo que piensa Delpy respecto al cine de la Nouvelle Vague? Puede ser una hipótesis excesiva pero que encaja en la línea irónica de canalizar los materiales de la cultura popular dentro de su film. Otro tanto se puede decir con la música. Porque no me dirán si no hay cierta maldad en que sea la música punk el pretexto para que Albertine, una niña, se inicie dentro del cortejo sentimental. De la misma manera que se constata el fracaso de Mayo del 68 o de la lucha feminista a finales de los 70, también se deja constancia del lugar en el que ha quedado en la actualidad temas solemnes como el de Vietnam o la fuerza contestataria de una música como el punk.

Recordando esa frase hecha de “aquel que se mueva no sale en la foto”, Julie Delpy la niega con creces. Porque maneja con eficaz maestría esta concurrencia de generaciones y personajes, dándoles la consistencia necesaria para que no queden reducidos a un mero bosquejo. Esta especie de sainete, donde entran y salen sin parar de escena, en igualdad de importancia, niños y adultos, aparte de resultar divertidísimo y pletórico por esa luz radiante que respira el film (atención al adolescente), presupone el caos organizativo que debió suponer la preparación del film. Frente a tanta superproducción rimbombante que después acaba resultando frustrante, El skylab puede funcionar como el idóneo antídoto ante tanta superchería que no nos lleva a ningún sitio.

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