El último verano de la Boyita

Abandonando el cascarón Por Jose Cabello

La Boyita es una casa rodante anfibia que anida en el patio de la casa de Jorgelina. Medio derruida y albergando enseres de los retazos finales del estadio infante que precede a la adolescencia, la Boyita comparte el último verano con Jorgelina, y de tal evento origina título para el último trabajo de Julia Solomonoff. La realizadora aborda la encrucijada a mitad de trayecto entre la primera adolescencia y la tardía infancia, extrañas etapas ambas que vagan en el limbo entre la necesidad de abandonar la niñez y el desconcierto de un mundo adulto todavía complejo de desglosar. La directora argentina, que ya debutó con Hermanas (2005) evidenciando sobrada aptitud para la recreación de conflictos familiares despojando capas de cebolla hasta llegar a la esencia con una delicadeza característica, escoge un punto de vista narrativo enmarcado bajo la mirada de Jorgelina, anclando la cámara a sus hombros y descubriendo el terreno a través de sus ojos para sumergir a la niña en otro universo central de pequeñas protagonistas femeninas, y hermanándose entre ellas: la tierna Lucía en De jueves a domingo (Dominga Sotomayor Castillo, 2012), la audaz Hushpuppy en Bestias del sur salvaje (Beasts of the Southern Wild, Benh Zeitlin, 2012) o la dulce Elise en Mamá está en la peluquería (Maman est chez le coiffeur, Léa Pool, 2008). Todas ellas, identificadas a Jorgelina por su edad, curiosidad o carisma, configuran una misma visión del precoz despertar y el intento por penetrar en ese aura ininteligible de la madurez.

El último verano de la Boyita

El último verano de la Boyita camina en una estrecha senda dirigiendo una expedición que corona en la cita ineludible con la primera sexualidad, la fase de exploración de los propios genitales y los posteriores cambios acaecidos en el cuerpo.

Los créditos iniciales y la banda sonora aluden a los libros de texto de colegio de primaria que, escenas más tarde, cogerá la propia niña y donde la explicación de los órganos sexuales se dibujan con una transparencia exquisita, guiando al espectador con migas de pan para preparar el terreno de lo que vendrá cuando, comenzada la época estival, una familia como otra cualquiera decida disfrutar las vacaciones en el campo. Antes, un recital en forma de prólogo, aporta las pinceladas necesarias para la construcción de la personalidad de la chica: Jorgelina no advierte ninguna incomodidad a la hora de compartir baño mientras su hermana mayor, por creer que su organismo se deforma adulando a su primera menstruación, cierra puertas como el que guarda más un secreto que una vergüenza. Actitudes diferentes que consagran el rol de cada una. La relación entre ambas se halla, además,  en pleno proceso de cambio: la cama de la mayor pasa a otra habitación con el fin de atesorar un grado considerable de privacidad, algo que la protagonista no logra entender ¿Para qué tanta intimidad?

La llegada al campo contrapone la vida en la ciudad con la vida rural. Aquí aparece Mario, hijo de los sirvientes de la casa familiar, un chico que se gana la vida ayudando a sus padres en las labores agrarias. Dos niños. Edades similares y crecimientos en entornos muy dispares que diagnostican la eludible tragedia de la crónica. Mario también monta a caballo y quiere ganar la carrera que tendrá lugar en el pueblo. La competición simboliza la coartada perfecta para ganar su hombría y el respeto de la familia y los vecinos, pretexto únicamente alargado por el padre que necesita la virilidad de Mario para sosegar su dilema interno y presentar en sociedad a su pequeño hombre, una especie de puesta de largo campestre.

Chica y chico entablan un apego entrañable pero los enigmas se multiplican a medida que la asiduidad de los encuentros aumenta: Mario nunca se desnuda, tiene una venda que rodea su tórax y el pantalón le sangra con frecuencia. Un entramado rompecabezas que Solomonoff urde con ingeniosa elegancia rehusando lugares comunes o tonos triviales que ensucien una propuesta exhaustivamente calculada con roles trazados a medida para escenificar todas las variedades de reacción ante el destape de la evidencia enterrada. El padre de Mario, su madre, el padre de Jorgelina y su madre, encarnan un amplio catálogo de respuestas, desde el rechazo a la aceptación, la normalización o la frivolización, quedando todas lejos de la no sentencia emitida por la niña.

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El libro sobre la sexología que tomó prestado Jorgelina en las primeras secuencias reaparece para delinear un tabú intrínseco al que han sometido a Mario, pero él mismo permanece atónito concluyendo que “no es normal”, mientras su amiga replica, para justificar las anormalidades caseras, que a su abuela le sale bigote. Ambos deambulan intentando discernir las luces y sombras de esta problemática con la ayuda unilateral del padre de Jorgelina, médico de profesión, que presenta las cartas boca arriba, sin tapujos. Tras el derrumbe informativo del secreto, los actos venideros marcarán la adolescencia del púber, arrojándolo al chisme de pueblo y encontrando la espalda de un padre que venderá el caballo para paliar su integridad, aparentemente violada, y mitigar así su dolor contra un joven cuya única fechoría lleva el nombre de ignorancia ajena. Ignorancia compartida por una familia pobre de recursos, no solo económicos, que deciden obviar cuestiones sobre la salud sexual de su hijo encorsetándolo en una perversa mentira imposible de evaporar de la mente del afectado.

Bañada en parajes de la Argentina profunda, El último verano de la Boyita llega a su fin cerrando el círculo por dónde lo originó: la conversación entre Jorgelina y su hermana. Pero en esta ocasión el tono es bien distinto, los roles parecen intercambiarse. Mientras su madre, tumbada en la arena de la playa, habla con una amiga sobre lo sucedido en el campo con una superficialidad cargante, la hermana mayor se acerca al columpio e intenta sonsacar algún remanente sensacionalista de la historia. Pero la protagonista se niega a tomar partido en ningún escarnio público; ahora esta parcela queda supeditada al terreno de la estricta privacidad. La Boyita, entretanto, a causa de un árbol caído, se ha convertido en un escombro inservible.

TRAILER:

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Comentarios sobre este artículo

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