Electrick Children

La Virgen María se hace indie Por Enrique Campos

Los cachorros de Gus Van Sant progresan adecuadamente. Son legión, nunca dejan de reproducirse y la fe en el credo de sus mayores es inquebrantable. Cuidadosamente descuidados, intensos; este es el cine de la mirada de los mil metros. El que sigue haciendo las delicias de Sundance, aun a riesgo de acabar tan acartonado como el rostro del mecenas supremo del festival indie por antonomasia. “Lo poco gusta, lo mucho cansa”, solían decir nuestros abuelos. Y las verdades de los abuelos son tan universales como la Biblia (o quizá más).

Si hablamos de biblias, Rebecca Thomas sabe una o dos cosas. Su ascendencia mormona la ha pertrechado para ofrecer el testimonio de esta Rachel Angela McKnight, una Virgen María del siglo XXI pero más cerril que la madre del nazareno, porque ha pasado toda la vida en una comunidad religiosa oculta en las llanuras de Utah, rodeada de individuos más papistas que el Papa, de esos que echarían a pedradas a Jesús por desobediente y librepensador.

Thomas, no obstante, no quiere hablar en Electrick Children de religión. Quiere hablar de inocencia.

O del doble rasero de la secta, que erosiona el imaginario de los críos apelando a su fantasía aunque no tragará con una concepción inmaculada si uno de ellos, una de ellas, aparece luciendo bombo y apunta al Altísimo como fecundador. Que la fe no se meta en las braguitas de mi niña, exclamaría el buen pastor. Sin embargo, lo que subyace es precisamente una sucesión de simbolismos, de metáforas místicas, un evangelio apócrifo y femenino. Ese buen pastor es un padre putativo y su señora recibió la semilla divina de un mustang rojo. De un hermoso corcel alado, imaginan los niños; muerta de pasión en el asiento trasero del coche americano por excelencia, explica Thomas con certeros flashbacks. Aunque sea tarde para advertir a José el carpintero, quizá debió hacerle un fact check a aquella historia del ángel y la anunciación.

Electrick Children 1

Volvemos a la inocencia, a la mirada azul cristalino de Julia Garner, capaz en su candor de hacernos creer. Creer, con mayúsculas. Garner, eclipsada en la secta de Martha Marcy May Marlene (Sean Durkin, 2011) por la pequeña de las Olsen, aquí reclama su trono. Thomas no buscaba una fanática, no buscaba un autómata. Thomas buscaba la pureza y Garner le da exactamente eso. El dios de Rachel es real, sus designios son reales, y más allá de eso no hay nada. Su fe no es como la de los que se la inculcaron. Ella no duda. Ella no sabe que algunas de las cosas que el predicador lanza al aire desde el púlpito son mera palabrería. Ella no ha visto el mundo; pero la debutante Thomas está dispuesta a enseñárselo. Va a llevarla a Las Vegas y a abandonarla a su suerte en la Sodoma yanqui.

Necesitaba Thomas esa mirada aguamarina, casi de extraterrestre que aterriza en un planeta donde todas las normas parecen haberse subvertido, y que, a pesar de todo, no es prejuiciosa. Necesitaba a la Garner para que el juego de contrastes fuera asumible por el espectador. Esto no es Carrie (Brian De Palma, 1976) ni Rústicos en Dinerolandia (The Beverly Hillbillies, Penelope Spheeris, 1993); el alambre que Electrick Children transita es el de la credulidad. ¿Consigue Julia que creamos su historia y su generosa perplejidad ante las escenas de la ciudad del pecado? De largo. Julia consigue que queramos adoptarla, abrazarla y cortarle la cabeza a cualquiera que pretenda darle una bofetada de realidad. A partir de ahí, todo viene rodado; hasta los clichés en forma de adolescentes marginados que tantas erecciones provocarían en el padrino de todo esto, el ya mencionado señor Van Sant. En esas lides, Electrick Children no se aparta un milímetro de la estampa clásica: skaters de día, rockeros de noche, toxicómanos cuando se puede. Los apóstoles de Rachel son figuras troqueladas del manual del cineasta que llama a las puertas de Hollywood con una maleta cargada de ideas antiguas pero efectivas. Sólo el extremismo separa al indie de éxito del paseo por la alfombra roja, y Thomas no tiene hechuras de extremista. Esta chica llegará donde Larry Clark, Korine o Bruce LaBruce no podrán llegar jamás.

Electrick Children 2

Y así, embebido de candidez postraumática, uno empieza a fantasear. Si todo es posible, ojalá que en algún lugar, en algún tiempo, la Rachel McKnight de Juliar Garner y la Juno de Ellen Page crucen sus caminos y compartan experiencias pasadas y futuras. Ya hay zombies entre el orgullo y el prejuicio, ¿por qué no una Juno de vacaciones en el parque temático mormón del polígamo Paul (Billy Zane)? Oremos.

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