En tercera persona

Paul Haggis en tercera persona Por Paula López Montero

Contiene spoilers

“El sentido del tacto. En cualquier ciudad verdadera uno camina y se roza con otros. En Los Ángeles nadie se toca. Siempre estamos detrás de vidrio y de metal. Creo que extrañamos tanto ese tacto que chocamos unos con otros sólo para poder sentir algo”. Decía Don Cheadle, en Crash (Paul Haggis, 2004). Y la verdad que la apoteósica obra de Paul Haggis supuso un choque, impactó con todo, y nos dejó hirviendo en sensaciones pero no solamente en los vaivenes de los personajes, si no con la fragmentación del discurso, de las estructuras, del relato y las historias como propio reflejo de la posmodernidad. Y le valió el Óscar al director, que hoy con mención especial deberíamos agradecerle aquellas historias en cruce que bebían de una estructura apostada ya en Short Cuts (Robert Altman, 1993), Magnolia (Paul Thomas Anderson, 1999) Babel (Alejandro González Iñárritu, 2006) y Amores Perros (Alejandro González Iñárritu, 2000).

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Si menciono esa importancia del chocarse unos con otros en Crash como forma de sentir la vida que se esconde en la superficialidad, es porque en cierta manera encuentro En tercera persona el final de ese ciclo, donde las historias colisionan sí, pero ésta vez en el fondo del artista, en su solipsismo y nos propone una reflexión postestruturalista sobre el genio creador y artista. Parece como si Haggis se hubiese salido de sí mismo, madurado esa idea del chocarse con la vida, contra los delirios y sensaciones del presente para darse cuenta de que en realidad el gran muro contra el que nos chocamos constantemente es el de nosotros mismos. Puede que Michael (Liam Neeson) sea su alter ego, pero desde luego la gran reflexión independiente del montaje de las historias del que más tarde hablaremos, es el haber conseguido rescatar de esa marea de mentiras en la que se encuentra el personaje principal una gran verdad: y es que todos, y en especial los artistas, somos pequeñas pinceladas de otras historias, acaso de nuestros padres, de gente que pasaba por medio del camino y se cruzó o se quedó, y en esa mezcla de cosas en las que se construye la personalidad, y en éste caso toda una historia, nos damos cuenta de que en realidad la fachada, la máscara, esa tercera persona a la que se refiere Haggis y que somos nosotros mismos, es una excusa, una gran mentira, y que sólo en el choque de lo que no somos (de la ficción si queremos) podemos encontrar alguna migaja de la esencia del yo.

Por no parecer que me voy del camino en lo que Haggis no está diciendo, voy a mencionar aquí pero brevemente alguna referencia que me parece que se acerca a esa tercera persona y que espero sea acertada en cierta medida. Sigmund Freud allá por los albores del final del Siglo XX ya anunciaba tres estratos de la construcción de la identidad de cada uno: el ello, el yo y el superyó. Puede parecer baladí, pero el artista, y concretamente es el caso del escritor Michael, está en constante tensión entre las tres estructuras de su personalidad. Y En tercera persona no es más que el punto álgido de una reflexión que viene de la mano de las ciudades y modelos sociales desenfrenados, donde necesitamos del superyó, donde entre las cuatro paredes de una habitación encontramos el yo, y acaso en una pesadilla, en un delirio, o en un recuerdo atisbamos los bajos fondos del “ello” Pero ¿quién es esa tercera persona en la obra de Haggis? ¿acaso su yo, super-yo, el yo del artista, o el super-yo de cada individuo?

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Y esa pregunta se responde con las historias. Una narrativa que no me parece demasiado original, ya que algunos otros (y escritores como él) ya se adelantaron a eso del no saber distinguir la realidad de la ficción, de construir personajes a imagen y semejanza, musas que les llevan de la mano hasta lo más profundo del yo. Es el caso, se me ocurre de la obra de Paul Auster, La vida interior de Martin Frost (2007), Elegy (Isabel Coixet, 2008), Ruby Sparks (Jonathan Dayton, Valerie Faris, 2012) o Midnight in Paris (Woody Allen, 2011).

La forma o fórmula es de nuevo la multihistoria. Con una estancia en un hotel penumbroso y con un “watch me” como susurro, arranca la historia. Michael es el primer personaje al que vemos sentado en frente de la pantalla del ordenador. Y como presagio o no, es el agua lo que conecta las diferentes historias, y hasta el final quizá como espectadores advertidos y listillos esperamos el por qué de esa conexión que al final se nos es dada.

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Un elenco de actores y actrices han optado por aventurarse y son el motor de esta historia que se divide a su vez en cuatro. Adrien Brody y la gitana (Katy Louise Saunders), James Franco y Mila Kunis, Kim Basinger y Liam Neeson, o Olivia Wilde. Y lejos de querer desmenuzar éstas pequeñas historias que se conectan ésta vez en la mente del autor, voy a proponer una reflexión sobre los grandes temas que abogan y que forman parte del ello de Michael, quizá el de Haggis: la responsabilidad sobre los hijos, y el fantasma del pasado y de los padres, la casualidad, el dinero como justicia, el amor y la infidelidad. Una serie de cuestiones que ponen el punto de mira sobre la ética del siglo XXI, sobre las identidades líquidas, las fragmentaciones de la personalidad y la imposibilidad de transmitir esos valores a nuestros hijos.

Volviendo a Freud, y casi impensable no hacerlo cuando hablamos del presente, Paul Haggis propone una concepción del amor muy cercana al freudianismo: el amor es la proyección del yo en el ser amado. En la escena final, fruto de sus fantasías, las mujeres de esas historias se convierten en sólo una, la mujer que Michael persigue.

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Y por último tres ciudades de telón de fondo: París, Roma y Nueva York. Y no a lo Woody Allen, aunque la cartelería pareciese que prometía un turismo visual, Haggis opta por esa interconexión de ciudades no se sabe muy bien por qué, ya que no explota sus mayores recursos. Quizá para no perderse en la estética y apostar por un guión construido con rizomas propios de la posmodernidad que nos atrapan en un juego, que aunque lento, sigue funcionando en la medida en que hoy como espectadores y ciudadanos accedemos al mundo de la misma manera (un poco de aquí, un poco de allá) sin llegar a construir una identidad fija, unos valores fijos, sino siempre bebiendo de ésa casualidad, de las historias de otros para poder poner sentido a la nuestra. Haggis con su nuevo ejercicio posmoderno, desde su tercera persona nos hace conscientes del ser otro muchas veces para poder vivir en sociedad, y de telón ¿quiénes somos? ¿es el artista un genio innato o simplemente una capacidad de comunicación?

 TRAILER:

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Comentarios sobre este artículo

  1. Carlos Alberto dice:

    Al contrario, la película me encantó (en mi caso, la historia me enganchó y no sentí si fuera larga o corta) y la crítica es muy atinada.

  2. nelson dice:

    exageradamente larga la película y la crítica.

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