First Man (El primer hombre)

El fracaso Por Paula López Montero

Atreverse con un relato sobre el espacio no es, coloquialmente hablando, moco de pavo. Solo los grandes directores han osado ponerse al mando de este tipo de relatos. En las últimas dos décadas venimos asistiendo al crecimiento exponencial por el interés sobre las narrativas de viajes a ninguna parte, a la conquista de nuevos puntos de vista sobre lo que somos, y es que en definitiva no hemos dejado de hablar de nosotros cuando tratamos de hablar de lo exterior –pienso en aquellas magnánimas producciones como 2001: Una odisea hacia el espacio (Stanley Kubrick, 1968), Solaris (Andrei Tarkovski, 1979), el remake de Solaris (Steven Soderbergh, 2002), Apolo 13 (Ron Howard, 1995), Gravity (Alfonso Cuarón, 2013), Interstellar (Christopher Nolan, 2014), Marte (The martian, Ridley Scott, 2015) o la reciente High Life (Claire Denis, 2018), que también hemos visto en el SSIFF-. Y en cierta medida encararse a ello puede suponer o la consagración total de un director, la pura indiferencia o la sepultura más absoluta. First Man (Damien Chazelle, 2018) a priori se encuentra, desgraciadamente, en ese término medio, y así es porque, dado lo esperado de una narrativa sobre el universo exterior, Damien Chazzelle, hurga más en el fracaso aletargado, en la vida de un inexpresivo Neil Armstrong (interpretado por la pasividad de Ryan Gosling) que en el interés humano y político detrás de ello y lo que supuso, en realidad, llegar a la luna en la era Kennedy: la colonización blanca-occidental de la narrativa sobre el espacio exterior. No obstante, First Man va ganando importancia sobre este terreno cuando te das cuenta de que, solo un hombre que no tiene nada que perder, que no mira al horizonte con ninguna pretensión más que conciliarse con su memoria, es capaz de soportar la vorágine centrifugadora capitalista por excelencia que fue aquel derroche masivo de dólares para la conquista del relato sobre la primacía de Estados Unidos sobre el resto del mundo. De hecho hay varias alegorías que hacen ver que Chazelle abandona el patriotismo político –no aparece ninguna bandera en la luna- y que First Man versa más sobre la templanza y frialdad humana que se ha de tener para soportar este gran tragadero. El espacio exterior no eclipsa con su importancia las vidas humanas si aún no hemos conseguido dar respuesta al sufrimiento y la muerte.

 First Man

A decir verdad, creo que todos nos esperábamos un relato al final más o menos optimista en la línea de La La Land (Damien Chazelle, 2016) o Whiplash (Damien Chazelle, 2014) donde claramente Chazelle, embaucado por ese montaje y ritmo que le caracteriza, hurgara más en el sacrificio, en la renuncia al amor, en las consecuencias físicas y psicológicas de esa prueba y error constante al que están sometidos sus personajes para llegar a la excelencia -sobre todo en Whiplash-, o que se adentrara más en la importancia audiovisual y mediática que Estados Unidos impuso sobre el mundo, como hiciera con aquellos decorados de Hollywood que dejaban ver los mecanismos de la propia artificiosidad de la ficción y el espectáculo en La La Land. Pero no, en First Man Chazelle apuesta por la más pura verosimilitud, y el despliegue de tecnología aeronáutica es despampanante, recreado con una autenticidad casi imposible tratándose del cine. Ciertamente First Man se compone de una imbricación de recuerdos que forman la mirada y el fustigamiento tras la pérdida de su hija pequeña de Neil Armstrong por llegar a la luna, por centrarse en algo que le hiciera olvidar su dolor, con lo que el personaje va construyendo un muro inerte con el que es hasta incluso difícil empatizar. Ante la frialdad de su marido sobresale sin duda el personaje de Janet Armstrong interpretado por una humana y poderosa Claire Foy que tiene momentos espectaculares que hacen tambalear la inexpresividad de su marido y a la que Chazelle le otorga una importancia claramente sustancial para el mensaje final del filme.

First Man SSIFF

Como decía antes, las narrativas sobre las conquistas del espacio hasta la fecha hablan y dicen más de nosotros que de lo que encontramos fuera. Son viajes que el ser humano hace hacia el exterior para encontrar su posición en el mundo, y al contrario de lo esperado, Neil Armstrong en First Man consigue reconciliarse consigo mismo, encuentra de nuevo su lugar en la tierra tras alunizar y tapar su dolor con su éxito. No obstante, más allá de lo poco que tiene que decir el filme acerca del dolor de un padre al que se le ha muerto una hija, First Man acierta en su despliegue estético, y en las decisiones de cámara, en esa agitación constante en la que mete a sus personajes y al público en la que parece que todo, de un momento a otro, va a estallar. Pero el filme no rompe su cascarón en ningún momento, se queda en una buena propuesta estética. De hecho el alunizaje, la ironía con la que Neil Armstrong pronuncia la archiconocida frase “un pequeño paso para el hombre pero un gran paso para la humanidad” o la desaparición de la cámara en la visera espectral y dorada del casco de Armstrong, donde el horizonte lunático y panorámico se hace frío y desolado es lo más prominente en una película que no consigue encontrar su lugar ni a medio camino entre el drama y la espectacularidad del relato de aventuras de un viaje espacial con una banda sonora hecha en muchas ocasiones para hacer vibrar al espectador en una narrativa que toca poco la fibra.

 

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