Foxtrot

¿Dónde empieza la mecánica causa-consecuencia? Por Paula López Montero

¿Alguien se ha fijado en lo parecidos que son Lior Ashkenazi y Steve Carell? No puedo remediar empezar por este comentario nimio al parentesco de ambos actores que, sin embargo, me sirve para hablar a su vez de las dos últimas películas que han realizado: Foxtrot (Samuel Maoz, 2017) y La última bandera (Richard Linklater, 2017). Estas dos películas vienen a hablar de dos posiciones, seguramente vinculadas a sus geografías, sobre la pérdida de un hijo miembro del servicio militar de su país: Israel y Estados Unidos respectivamente. Dos potencias que pueden parecer muy diferentes, tienen discursos amigables sobre la creciente militarización de sus fronteras. Aunque ni Maoz ni Linklater creo que estén al servicio político-ideológico sino que nos ponen encima de la mesa un relato que, por parecer, nos parece hasta cotidiano y que, en ello, ya ha de decirnos muchas cosas.

No puedo tampoco evitar mencionar que de nada ha servido, ni ha despertado ningún sentimiento de recelo sobre la industria armamentística, la pasada masacre en un colegio de Estados Unidos y las otras barbaridades avenidas en los últimos años, que ya hacen una larga lista. Ni qué decir de las guerras fraccionalmente televisadas que se disputan en el medio oriente. Parece sorprendente, pero nos hemos acostumbrado a este tipo de discursos.

foxtrot

Foxtrot, en estos sentidos mencionados, creo que tiene cosas importantes que decir. Foxtrot -queda aludido en todo el film- es un baile, un baile en el que se dibuja con los pasos un cuadrado que tiene por eje un eterno retorno, es decir, un baile en que se empieza en el mismo sitio donde se acaba. No sólo el título sino todo el último largometraje de Samuel Maoz versa sobre ello. De hecho, todo el filme se articula en torno a la idea vorágine de causa-consecuencia, por la que una serie de errores de los más torpes acaba por desenlazar justo en aquello que no deseábamos y que intentábamos remediar –acaso sea eso la Historia-. La última película de Maoz, estructurada en tres actos, arranca con la fatídica noticia de la muerte del hijo en acto de servicio de una familia judía de clase medio-alta y prolongará durante media hora la desorientación y angustia que sufre el padre, quien fue también capitán del ejército. No obstante Maoz no juega con la visceralidad sino que la propuesta, teñida de una marcada estética equilibrada y neovintage, con un cuadro que llama la atención en alusión a esa perspectiva de mise en abyme que mencionábamos con el eterno retorno del baile; a veces conversa con lo irónico: el ejército judío predominantemente joven trata de calmar el dolor de la familia con la repetición de los recursos y estereotipos más típicos en este tipo de situaciones.

En su más sentido irónico entra entonces el segundo acto, donde lo que parecía en la primera media hora del film un hecho, Maoz nos ofrece la otra perspectiva donde hablará sobre la torpeza de la juventud, sobre la indecisión, y la dilatación absurda del tiempo para una pandilla de jóvenes que guardan una frontera en medio de la nada, viendo pasar a los camellos –en su sentido literal-, y donde también los errores más humanos basados en el cliché y la desconfianza acabarán por marcar los acontecimientos. No obstante, es esta segunda media hora del filme -por cierto muy Wes Anderson- también tiene metáforas analizables como el hundimiento del tanque donde viven, el icono pin up retratado en la furgoneta, o los pasos libres de baile que marca el protagonista. Todo ello con una terrible conciencia estética que marca todo el filme y que nos acerca a un imaginario más propio de Occidente que de Oriente.

Foxtrot 2017

La tercera y última media hora, sólo servirá para aumentar más el desconcierto. Una familia poco usual, la superación temprana del dolor, la confrontación con la realidad, donde se nos desvela además un final que debe tener una lectura marcada por los acontecimientos, es decir, en esta mecánica causa-consecuencia. Se nos adelanta una historia animada, que es tremendamente refrescante y que da agilidad al discurso decadente sobre “la marca”, una marca que en la tradición judía es indispensable para su construcción del imaginario cultural (pensemos en la circuncisión como ya adelantaba Derrida). Pero esta vez una marca, de vergüenza, señalada por la propia alteración de lo esperado por la tradición que, sin embargo, se deja llevar por la seducción occidental. El padre rubricado por la vergüenza de no poder seguir el legado cultural y haber transgredido la herencia judía, influirá además en la herencia cultural de su hijo, quien ya nada entiende de Torah sino más bien de pornografía americana. En este sentido, la marca, una marca que en la tradición judía siempre vuelve así, como un círculo, como el anillo de la circuncisión, ahora cambiará de perspectiva hacia un foxtrot desorientado que sigue el eje absurdo de causa-consecuencia.

Para terminar, me es imposible no comparar las dos últimas películas que por coincidencia he visto: El insulto (L’insulte, 2017) y Foxtrot. Ambas aluden a la misma problemática del medio oriente desde perspectivas muy diferentes. Mientras en Tel Aviv se puede jugar con la ironía y con la estética marcadamente occidental –como es el caso de Foxtrot que juega con recursos a los Birdman o a lo Wes Anderson-, en Líbano aún se está marcado por una tradición diferente donde la pesadumbre y el castigo tienen aún su máximo sentido. Es curioso además comparar los dos escenarios, discursos y propuestas narrativas. Precisamente en El insulto la idea de juicio y de condena sigue teniendo su mayor interés (como viene además a pasar en mucho del imaginario cinematográfico del medio oriente, pensemos en Asghar Farhadi o en Abbas Kiarostami). Sin embargo, en Foxtrot es el humor de lo fortuito lo que marca los acontecimientos. Es un terreno muy pantanoso, desde luego, y es una problemática muy difícil de comprender. Israel, Líbano, Palestina, Irán, Pakistán… una pugna de territorios basada en el conflicto religioso. Por cierto Samuel Maoz ya rodó una película donde lo militar marcaba el curso de la narración en Lebanon (2009) que versa sobre la primera guerra del Líbano de 1982, película que merece la pena ser recordada.

TRAILER:

 

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] que pueden tratar más o menos sobre la militarización y el conflicto Israel-Palestina como son Foxtrot (Samuel Maoz, 2017) y El insulto. En Foxtrot reseñé el juego irónico que se permite en un Israel […]

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