Gorrión rojo

Emociones en pie de guerra Por Diego Salgado

I.

Cuando Gorrión rojo abre el telón, es para brindarnos en paralelo dos representaciones generales de subrayado talante escénico, que sirven al objeto de que sus protagonistas descubran las representaciones particulares que vivían sin tener conciencia de ello. La primera arranca cuando Dominika (Jennifer Lawrence) sale del apartamento que comparte en Moscú con su madre enferma —cedido por las autoridades gracias a los servicios que presta la joven como bailarina— y se dirige al teatro Bolshói para interpretar El pájaro de fuego de Ígor Stravinski. La segunda, cuando el agente de la CIA Nate Nash (Joel Edgerton) se encamina hacia la reunión clandestina que pretende mantener en uno de los principales enclaves para el esparcimiento de los moscovitas, el Parque Gorki, con un topo, un alto cargo de la inteligencia rusa que pasa información confidencial al gobierno estadounidense.

Pero ambas puestas en escena, la que culmina en un escenario deslumbrante ante cientos de espectadores, la que se desarrolla en el marco de las convenciones propias del mundo del espionaje, se revelan meros trampantojos que esconden dramas auténticos, mucho más descarnados, en los que Dominika y Nate no tienen ningún poder agencial, son meros peones. Dominika es víctima en plena actuación de un accidente que no es un accidente, lo que le revela un drama turbio, pasional, fraguado en las duchas del Bolshói, en el que solo jugaba un papel de secundaria molesta. Por su parte, Nate confunde las intenciones de los paseantes y los policías que rondan el Parque Gorki y desbarata, aun a riesgo de ser capturado él mismo, su cita con el topo, hacia quien siente una empatía que le impide desentenderse de él como si fuese carne de cañón; ello le acarreará ser amonestado por sus superiores.

Gorrión rojo

El compromiso de Nate con el agente doble, el de Dominika con su madre, hacen de ellos personas débiles. Su supervivencia a partir del momento en que se ven expulsados del paraíso del autoengaño y abocados sin guión al infierno de lo real, constituye el núcleo de Gorrión rojo. Los últimos planos de la película, su cierre de telón —una melodía evocadora transmitida por teléfono, un abandono de la platea del Bolshói celebrado figuradamente con aplausos— rubrican la odisea amarga de uno y otra, sobre todo la segunda, por afirmar su presencia entre bastidores, por participar del orden secreto del mundo. Un viaje iniciático de semejanzas curiosas con el que emprendía Jennifer Lawrence, también bajo la égida del director Francis Lawrence, en Los juegos del hambre: Sinsajo – Parte I (The Hunger Games: Mockingjay – Part 1, 2014), la obra maestra del cine distópico contemporáneo basado en sagas literarias para adolescentes.

II.

En aquel filme, la guerrillera Katniss Everdeen (Lawrence) devenía la personificación de un ave imaginaria, el sinsajo, cuyo gorjeo simbolizaba la rebeldía contra el tiránico presidente Snow (Donald Sutherland); sin embargo, el canto liberador de Katniss era instrumentalizado entre bambalinas por el propagandista Plutarch Heavensbee (Philip Seymour Hoffman) y la líder política de la revolución, Alma Coin (Julianne Moore), hasta el punto de hacerle comprender a la joven que levantar el vuelo suponía capitular al dictado de intereses espurios. Del mismo modo, Dominika experimenta como bailarina una sintonía plena con el pájaro de fuego que, a los acordes de Stravinski, arrastra al inmortal mago Koschei —antagonista masculino por antonomasia del folclore eslavo— y sus acólitos a una danza que les extenúa y permite la liberación de trece princesas sometidas a su hechizo. Pero, tras abandonar por causas mayores el ballet, la chica será chantajeada por las autoridades rusas: si quiere mantener sus privilegios materiales y los de su madre, incluso sus vidas, habrá de mudar sus plumas en las de otra ave más sumisa y gregaria, el gorrión.

En efecto, Dominika entra a formar parte de un programa ultrasecreto de la KGB, Gorrión Rojo, que prepara con métodos de lo más expeditivo a hombres y mujeres para que sean capaces de encandilar a enemigos del estado poseedores de información útil. Lo más sugestivo de la película es precisamente la naturaleza de ese programa, cuyas directrices proporciona a los cadetes y el espectador La Matrona (sic) que encarna una Charlotte Rampling menos hierática de lo habitual. Un gorrión rojo no ha de abjurar de las emociones, actuar con enorme frialdad, simular empatía hasta que roce su objetivo con las manos, estrategias que la cultura popular ha ligado tradicionalmente a la práctica exitosa del espionaje. Por el contrario, el sacrificio que se le exige es el de donar a la causa sus sentimientos, la utilización más productiva posible de los mismos, sin límites en lo referido a al abandono afectivo o sexual. “Nos hallamos en puertas de la Tercera Guerra Mundial”, pronostica La Matrona, “y en ella jugarán un papel decisivo las emociones”.

Gorrión rojo 2018

Esta lucidez es una carga de profundidad contra nuestra contemporaneidad, en la que el ejercicio crítico de la razón ha perdido crédito frente a la manipulación rentable de lo afectivo. La amenaza que se cierne sobre Dominika como futura espía no es su posible deshumanización, sino el convertirse en una gestora intachable de sí misma; que el horizonte último de sus pasiones pase a ser su explotación. Sus vivencias límite en el centro de adiestramiento y, una vez concluida su instrucción, la encomienda de seducir a Nate para que revele el nombre del topo, adquieren así un cariz perturbador, en especial para la condición mujer. La mirada frontal que arrojan el guionista Justin Haythe —responsable de otro libreto nada complaciente para con las derivas de nuestra época, el de La cura del bienestar (A Cure for Wellness, Gore Verbinski, 2016)— y Francis Lawrence sobre las manifestaciones de lo sensible, lo sexual y lo violento en la coyuntura descrita, no es nada habitual en el remilgado panorama del cine actual, y resulta doblemente meritoria dado lo vulgar del best-seller obra de Jason Matthews en que se basa la película.

III.

En la impresión que causan estos argumentos desempeña un rol fundamental Jennifer Lawrence. Todavía no ha cumplido treinta años, y parece por tanto inmune a lo que puedan pensar de ella prensa, academia, hombres y mujeres; a las recriminaciones que pueda echarle en cara su propio reflejo cincelado verano a verano en el azogue por la mojigatería y el conformismo. La entrega en cuerpo y alma de que hizo gala en Serena (Susanne Bier, 2014), Joy (David O. Russell, 2015), Passengers (Morten Tyldum, 2016) y Madre! (Darren Aronofsky, 2017) se reitera en Gorrión rojo, y contribuye a lo memorable de varios momentos: Dmitri (Kristof Konrad) penetra a Dominika, pero lo que llueve sobre ella no es semen sino sangre, el empresario es estrangulado con un alambre mientras trataba de forzarla. Más tarde, la chica evita otra violación —esta vez en público, como parte de su formación bajo la tutela de La Matrona— al apelar con inteligencia a las programaciones de cada género y sus percepciones respectivas del poder. En la ambigüedad, el pragmatismo emocional que se demanda de los gorriones rojos, radica la efectividad de fondo de una escena brutal, el desollamiento de Nate y la sangría con armas blancas, que retrotrae al cinéfilo al asesinato de Gromek (Wolfgang Kieling) en el clásico de la Guerra Fría Cortina rasgada (Torn Curtain, Alfred Hitchcock, 1966).

Gorrión rojo Jennifer Lawrence

Han resurgido en los últimos tiempos las intrigas de espionaje ambientadas o influidas por las cuatro décadas de pulso ideológico que mantuvieron la Unión Soviética y Estados Unidos por la hegemonía mundial. En primera instancia, porque Rusia es un mercado muy saludable para el cine de Hollywood. También, porque las imprudentes relaciones actuales del gobierno norteamericano con el ruso o el norcoreano han resucitado ciertos fantasmas. La serie The Americans (Joseph Weisberg, 2013-), El puente de los espías (Bridge of Spies, Steven Spielberg, 2015), Operación U.N.C.L.E. (The Man from U.N.C.L.E., 2015), Atómica (Atomic Blonde, David Leitch, 2017), La forma del agua (The Shape of Water, Guillermo del Toro, 2017)… Gorrión rojo se posiciona en esta tendencia de manera confusa. Su diseño de producción y su atención excesiva a lo que cuenta hacen pensar en un presente alternativo al nuestro, en el que la Guerra Fría hubiese permanecido vigente y aún mereciese la pena plantear vericuetos narrativos y dilemas morales como los leídos en las novelas de John le Carré o Len Deighton.

Por otra parte, Francis Lawrence no renuncia a cierto grado de abstracción; a proponer un ejercicio de estilo que intenta aglutinar su concepción panorámica de los espacios, el efecto de realidad aumentada aplicado por El puente de los espías a los tropos y motivos del cine de espías, y la celebración escénica del género orquestada por Misión: Imposible – Nación secreta (Mission: Impossible – Rogue Nation, Christopher McQuarrie, 2015). La sinergia de estas ambiciones expresivas con las necesidades que la película se autoimpone como relato deja algo insatisfecho. Se echa en falta un plus de creatividad, de carácter, en las imágenes. De locura, si se quiere. Como Un ciudadano ejemplar (Law Abiden Citizen, F. Gary Gray, 2009) o Salt (Phillip Noyce, 2010), ejemplos supremos de ello, Gorrión rojo es, en esencia, una historia absolutamente demencial, marcada por la depravación pulp y una clarividencia lunática, que pierde un tanto debido a la inversión en ella de un gran presupuesto y la obligación de amortizarlo en las taquillas de todo el mundo con una fachada digna. En cualquier caso, una película recomendable.

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