Horns

Potter se da a la mala vida (y a las malas películas) Por Enrique Campos

George Reeves, el primer Superman de carne y hueso, se las prometía tan felices cuando su popularidad despegó en dirección a Krypton y más allá, cuando cada americanito de entre 5 y 15 años se cuidaba muy mucho de tener los deberes listos antes de que el héroe de DC apareciera en las pantallas de sus televisores, que, contagiado del chute de poder de su alter ego quiso dejar atrás las capas y los leggins azules. Iba a ser un actor “serio”. Como trampolín, la aventura televisiva había estado bien, pero ahora necesitaba codearse con Monty, con Marlon, con Jimmy y con el resto de los chicos de las colinas. Ese era su lugar y, en un principio, los productores de Tinseltown no pusieron reparos. Es el amigo de los niños, los niños serán algún día adolescentes, hombres. ¿Qué va a fallar? Probémosle en De aquí a la eternidad (From Here To Eternity, Fred Zinnemann, 1953). Y le probaron en un par de escenas. Y bastó un pase privado con una docena de espectadores escogidos al azar para que tanto Reeves como los señores de los puros entendieran el significado de la palabra encasillamiento. Gente señalando a la pantalla, en pleno ataque de risa, gritando: “¡Es Superman, es Superman!”. En el dramón de la temporada. No, gracias. George, vuelve a tus capas y a tus leggins azules. Y George prefirió volarse los sesos antes que vivir en una jaula de oro encarcelado por un personaje que había aprendido a odiar.

Si la historia les interesa, busquen bibliografía. Si la historia les interesa y son perezosos, busquen Hollywoodland (Allen Coulter, 2006), un biopic bastante digno. Porque no es de Reeves de quien vamos a hablar aquí, pese al engañoso preámbulo, sino de Daniel Radcliffe. De Harry Potter, por si no les suena lo de Radcliffe. La suya y la de Reeves pueden ser vidas paralelas, aunque con cien matices. El aún joven Daniel podría retirarse mañana mismo del mundanal ruido y vivir de las rentas –él y cuarenta de sus descendientes- per secula seculorum. No tendrá que hacer nada que no quiera hacer, pero si lo que quiere hacer es forjarse una filmografía que trascienda al alumno estrella de Hogwarts, puede llegar a tropezar con el mismo pedrusco que tumbó a Superman.

Su amiga Emma Watson, más camaleónica, más fotogénica, más actriz, ya ha puesto a Hermione Granger en el espejo retrovisor. El escudero pelirrojo quizá se instale a este o al otro lado del Atlántico como un característico del que siempre se puede aprovechar algo. Pero, ¿qué hacemos con Daniel? Demasiado bajito para continuar en el gremio de los héroes, demasiado anodino para protagonistas con empaque, demasiado parecido al renacuajo que siempre ganaba al Quidditch.

Horns es la primera intentona con algo de peso para desandar el camino de baldosas amarillas que le coronó como la estrella infantil más rentable de la historia.

Una rareza retorcida comandada por un Alexandre Aja que, aunque nunca se sabe si viene o si va, tiene la virtud de navegar al margen de la indiferencia. Ya es algo. Su tarea en Horns era doble y todo gira en torno a la suspensión de incredulidad. Si entramos o no al capote de este thriller que unas veces es romance lacrimógeno y otras un destilado de lo peor de la mística barata, del maniqueo concepto de bien versus mal de The Lovely Bones (Peter Jackson, 2009), y, por encima de todo, si logra que no señalemos a la pantalla, entre carcajadas, gritando: “¡Es Harry Potter, es Harry Potter!”. Contra todo pronóstico, Aja hace más méritos por lo segundo que por lo primero. Nos presenta a un Radcliffe desaseado, conato de barba de tres días, fumador, bebedor y con una lengua tan sucia que le pondría de punta a Lord Voldemort los pelos que no tiene. Hasta fornica el muchacho. Dos veces. Pero Potter cerca de unos pechos desnudos, o con un par de cuernos de macho cabrío cuyo significado queda en el aire, como tantas otras cuestiones, sigue siendo Potter. Potter dándose a la mala vida. Potter esforzándose por convencernos de que no es Potter. Y no cuela. No del todo. Precisamente por el notorio empeño en convertirse en cualquier cosa que hubiera desaprobado su conciencia de mago bienhechor.

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Pero no es Radcliffe quien se interpone entre Horns y el aprobado. Radcliffe cumple. Si de algo entiende este hombre es de almas atormentadas en busca de respuestas a sus enojos. Rastrear a un señor de la oscuridad, arrastrando incluso entre los propios aliados la sombra de la sospecha, no es muy distinto de desentramar el asesinato del amor de tu vida mientras todo el mundo te cree culpable y hasta tu madre te pide que, por favor, te limites a mandarle una postal de vez en cuando. Aceptamos a Harry, perdón, a Daniel en ese rol. Es el espíritu iconoclasta, de enfant terrible, de Aja el que se empeña en complicar las cosas. Tiene entre manos un canónico relato de falso culpable y lo ramifica hasta que uno desea con todas sus fuerzas que llegue Dumbledore a poner orden. O Gandalf. O la Bruja del Este. Quien sea. En la intriga, la trampa es capital, pero al manosearla en exceso te explota en la cara, como al amigo Aja.

Pese a todo, dentro de Horns, hay una tercera vía que atraviesa con transversalidad ese romance más grande que la vida y el crimen del epicentro; el personaje de Radcliffe, pregúntenle al cielo por qué, tiene la habilidad de levantar a su paso formidables huracanes de sinceridad. Ahí, Aja nos deja entrever cómo sería un mundo donde todos se dijeran (y se hicieran) lo que de verdad se quieren decir y hacer. Un mundo donde sería difícil vivir, pero de gran solaz para el observador neutral. Sólo unos destellos surrealistas y aparentemente arbitrarios, imperfectos, inconexos, y sin embargo lo único verdaderamente digno de mención de la película en que Harry Potter casi dejó de ser Harry Potter. Ambos, el director y el hijo putativo de J.K. Rowling, van a necesitar algo más para sacar la cabeza en un territorio muchísimo más hostil que ese pueblucho azuzado por la ira, el recelo y la venganza.

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