In Fabric

La mujer maniquí o la vampirización del mercado Por Paula López Montero

*Contiene spoilers

Puede que In Fabric (Peter Strickland, 2018) sea una de las películas que más dan para hablar del SSIFF por su carácter inclasificable –una fina línea separa el sadismo tétrico y macabro de una ironía muy lúcida, como de la levedad de su tratamiento y de la profundidad de su fondo- y por los temas a los que apela, a pesar de que a la hora de valorar la innovación de recursos, la puesta en escena, la trama, la estética o el diálogo, In Fabric no aporte más que su predecesora o, mejor dicho, completa esa sucesión de películas que el director británico nos venía proponiendo con Katalin Varga (Peter Strickland, 2009), Berberian Sound Studio (Peter Strickland, 2012) o The Duke of Burgundy (Peter Strickland, 2014) y que ya daban cuenta de su imaginario a medio camino entre las tenebrosidades macabras y estridentes y la congelación de la sonrisilla irónica que puede desprenderse de sus relatos. Lo que significa que Peter Strickland ha dado con su fórmula y con su estilo, y ya desde los títulos de crédito es fácil reconocer su sello. Además, como nos viene acostumbrando, dentro del gran tema de su filmografía, los fetiches de la clase blanca altoburguesa, se suma al coleccionismo o al sadomasoquismo, una reflexión fundamental sobre el mundo de la moda un tanto bufonesca que trae a colación otras propuestas para su comparación como puede ser la también reciente El hilo invisible (The Phantom Thread, Paul Thomas Anderson, 2017).

In Fabric

El título de la película, In Fabric, -literalmente “en la tela”- anuncia no sólo el tema a propósito del mundo del tejido del que está tan obsesionado –aparecen constantemente en sus obras el fetichismo por las medias y por las pelucas-, sino que apela también a su estructura y al propio marco de tratamiento, y hace un guiño a aquel hilo fantástico que se encontraba en la propuesta de Paul Thomas Anderson y que también aparece en el film de Strickland, pero retorciendo su relato hasta llegar a una ironía que no llega a proponer el director norteamericano. Y es que Strickland sabe como darle contenido a una composición haciendo alusión constante tanto al fondo como al gran edificio que lo contiene. In Fabric nos presenta la vida de tres personajes a través del nexo común de un vestido rojo maldito, para al final hablarnos de esa gran estructura o fantasmagoría que es el mundo de la moda y que se repetirá ad infinitum.

In fabric, como decía, versa sobre la maldición de un vestido que se topa con las vidas de Sheila (Marianne Jean-Baptiste), una madre divorciada encargada de un banco que vive con su hijo pseudo-artista adolescente y a ratos con la maleducada novia de este, Reg, un reparador de lavadoras que celebra su despedida de soltero (Leo Bill) y Babs la futura mujer de Reg, (Hayley Squires) a los que les suceden una serie de catastróficas desdichas tras encarnar y lucir aquel vestido. Toda la primera parte del filme, adelantada con unos títulos de crédito que recuerdan a la propuesta de los mismos en The Duke of Burgundy  y que nos van enseñando casi como si de un caleidoscopio se tratara, siempre con un halo espectral, el vestido rojo, las manos con uñas largas del mismo color, los maniquís y algunos anuncios televisivos, se centra en la vida de Sheila que, a propósito de una cita a ciegas que va a mantener, recorre los grandes almacenes Dentley & Soper en pleno periodo de rebajas para encontrar algo adecuado. Encandilada por la dependienta cuya estética recuerda directamente a la de un vampiro –tez pálida, vestido de época, peluca negra y cardada- interpretada por Fatma Mohamed, compra aquel vestido rojo de talla 36 –una talla que ella no viste- presionada por la dependienta y que al final sí consigue encajar y lucir en su cita. Tras toparse con un hombre al que poco le importa la mujer que tenga enfrente y al volver a casa tras la cita, Sheila se da cuenta de que le ha salido un sarpullido en el pecho y decide lavarlo en la lavadora, pero el vestido maldito, que excede hasta la centrifugación higiénica y capitalista, consigue romper en pedazos la maquinaria y es cuando Sheila decide devolver el vestido a la dependienta y esta última le cuenta que la anterior modelo que lo lució murió asesinada –tal y como le pasará a la protagonista-. Entre este acto y el siguiente se nos introduce en el más allá de la trastienda, por el montacargas de los grandes almacenes que nos dejan ver el inframundo de maniquís, pelucas, y la perversión que existe alrededor del mundo de la moda: estas dependientas vampirizadas se quitan la peluca dejando ver su calvicie como si quisieran ser esos maniquís, y tocan sexualmente a los maniquís –reducto del ideal de mujer- mientras su anciano jefe se masturba. Un poso de reflexión que nos lleva a la prolongación histórica y no superación de aquellos imaginarios románticos del siglo XIX que aún perviven en la conciencia cultural occidental. O lo que es lo mismo, la introducción de la era industrial, y su consecuente desembocadura en el capitalismo, no son más que el acompañamiento de aquellas narrativas espectrales de la modernidad como la lectura que lleva inmersa la vampirización o abducción del mercado. Por cierto, la imagen es acomopañada por parecida banda sonora que se nos proponía en Berberian Sound Studio, un filme que interpelaba el giallo italiano de una forma brillante, guiños a un subgénero que tampoco abandona a propósito de In fabric, sobre todo a raíz de su segunda parte en donde el espectador acostumbrado a Sheila, de repente ve quebrar su narrativa donde parecía contener un mensaje social a propósito del modelo de mujer que debe vestir aquella prenda –de tez blanca y talla 36- para pasar a la congelación irónica del reparador insulso de lavadoras, Reg y su vida con Babs.

 In fabric SSIFF

Por otra parte, Strickland vuelve a jugar, como ya hiciera con The Duke of Burgundy con la imprecisión temporal, si bien los imaginarios de la publicidad televisiva apelan a los 90, también encontramos ecos de estética setentera. No obstante el marcado carácter intempestivo, apela a esa misma Modernidad en la que ya no importa la década en la que nos encontremos, sino que nos estamos bajo ese mismo yugo que es el ciclo capitalista-moderno. Además Strickland sigue jugando con muchos de los recursos que ya nos anunciaba en sus anteriores filmes, dado que siempre hay una dialéctica de sumisión-poder entre sus personajes. Por ejemplo Sheila o Reg encaran a ese tipo de personajes que no son agentes de la acción sino pasivos de la misma y que nos habla de toda una ética de las relaciones de dominación como ya apelara brillantemente en The Duke of Burgundy. También encontramos esa mirada al detalle, casi clínica, de anticuario como sucedía en esa misma película y un tanto fisgona. Es habitual encontrar el voyeurismo de los personajes que ven a través de las mirillas, espejos, prismáticos, etc. Quizá todo en su cine sea una reflexión sobre el mirar, sobre la escopofilia, sobre todo a propósito de aquel gran objeto de deseo que es la mujer. Pero cuidado, una mujer patrón-maniquí, de peluca y media, imaginario educado por los anuncios publicitarios y escaparates.

La última secuencia del filme es de una alegoría muy sutil: bajando la trastienda de aquellos grandes almacenes por el montacargas que hace a la vez como de marco del fotograma se nos deja ver, en una sucesión hacia los bajos fondos o infiernos, primeramente al personal de la tienda confeccionar aquel vestido rojo con una máquina de coser, después a los personajes principales –Sheila, Reg y Babs- ahora vampirizados tras su muerte, y luego se nos presenta esa misma máquina de coser sola, en un continuo tejer, fabricar al servicio de la gran fantasmagoría que es el mundo de la moda. Como si de las hilanderas de Velázquez se tratara. No hay salida a la moda, al consumismo, el propio vestido acabará incluso con la ciclicidad vorágine del capitalismo, autogenerándose y se impondrá sobre todas las cosas.

En otro orden de cosas, es curioso observar como mucha de la ficción británica –de frialdad irónica- sigue un cauce parecido y en algunas de las últimas propuestas, recogiendo el testigo quizá de aquellas narrativas de un Henry James y llevando sus fantasmas hasta la parodia, el humor tétrico o la sordidez, sin abandonar cierta mirada detectivesca a lo Arthur Conan Doyle o Agatha Christie, a propósito de los sustratos morales que contienen los diques de esta cultura occidental, se nos presentan series de una ironía fría y a la vez visceral hasta el sadomasoquismo, como se nos proponen en The League of Gentlemen (Steve Bendelack, 1999-2002), Utopia (Denis Kelly, 2013-2014), Black Mirror (Charlie Brooker, 2011- ) o Inside No. 9 (Reece Shearsmith y Steve Pemberton, 2014- ). Es interesante reflexionar sobre el imaginario de Strickland a propósito de los hilos narrativos tan particulares que se presentan en Inglaterra.

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