Incendies de Denis Villeneuve

Incendies, una nueva perspectiva, la misma conclusión Por Manuel Quaranta

Incendies (2010) es la última película del director canadiense Denis Villeneuve estrenada en Argentina. Los hechos narrados transcurren durante la guerra civil libanesa, en la cual facciones musulmanas y cristianas emprendieron sangrientos combates. El conflicto duró quince años y se cobró más de 200.000 muertos. La guerra devastó el Líbano, cuyo proceso de reconstrucción comenzó hacia principio de la década del 90.  Por supuesto, EE.UU, Israel y Siria participaron activamente en los enfrentamientos, por este motivo se la denomina “la guerra de otros países en suelo libanés”.

Incendies_1

La tensión de Incendies, desde el comienzo, recae sobre nosotros, inocentes espectadores de una batalla-pantalla de la que creemos estar exentos. El primer plano de una mirada basta para alterar el orden (y se clava en donde más duele): si los horrores suceden es porque somos, necesariamente, responsables.

“…pero como estamos, como diría Sófocles, en la triste situación de no saber a quién llorar primero, no quisiera que, horrorizándose por nuestra barbarie, algún lector europeo se complazca en su propia civilización”.

Juan José Saer

Las tragedias se anuncian desde el principio, por lo que no existe un final trágico sino que uno adivina (¿con previo fervor?) el desenlace inevitable: la suerte está, ¡oh dioses!, echada.

Jeanne y Simon escuchan con cuidado y sopresa la lectura del testamento de su madre, Nawal. El escribano les entrega dos sobres, el primero destinado a un padre que consideraban muerto, y el otro para un hermano cuya existencia desconocían. Jeanne emprende, entonces, un viaje a Oriente que sospecha le permitirá encontrar la respuesta final para entender el silencio materno.

Denis Villeneuve

Algo del orden de lo intuitivo e inexpresable me ocurrió cuando la tragedia comenzaba a anunciarse: “Observa bien a tu madre, tendrás que reconocerla”. Nawal había quedado embarazada, su novio había sido asesinado por no profesar la religión verdadera, el niño sería una ofensa para toda la familia: debía ser expulsado. Es por eso que una mujer sin rostro, una comadrona, recibe al recién nacido, se coloca un velo negro sobre la cabeza (es la nítida imagen de la muerte o, quizás con mayor precisión, la del horror que acompañará a cada uno de los protagonistas) y sale de la casa hacia rumbo desconocido. La vemos atravesar un camino con el bebé a cuestas: debe cumplir con una tarea. Es exactamente en ese momento en el que una intuición me atraviesa: Edipo rey. Una sensación, una imagen, ninguna palabra proferida.

Resulta inevitable mencionar que antes de entregar al bebé, la abuela de Nawal (ella fue la que advirtió: “Observa bien a tu madre, tendrás que reconocerla”) lo había marcado. Tres puntitos en el tendón de Aquiles servirían para, alguna vez, reconocerlo; tuve otra imagen: Ulises, La Odisea. Sobre todo cuando Jeanne, quebrados los límites temporales, emprende su viaje-búsqueda. Me atrajo la idea de que fuera una mujer, en principio, la que saliera a buscar su Ítaca, hija-madre, en un pasado-presente que se diluye: en esta versión las mujeres buscan a los hombres, como si Penélope hubiese renunciado a tejer para tomar las riendas.

Denis Villeneuve Incendies

Mientras Incendies avanza (¿o retrocede?), nos enteramos de que Nawal fue una traidora. Luchó para el enemigo, asesinó para el enemigo; pero la pregunta no se posterga: ¿quién era el enemigo? A pesar del interrogante es juzgada como traidora, elemento infaltable en una tragedia. Personaje bifronte, con una cara imposible de observar, ni aun por aquellos más íntimos; por eso es deliberado que el escribano, jefe de Nawal durante dieciocho largos años, admitiera que, en verdad, no la conocía en absoluto.

Jeanne mantiene las fuerzas para cumplir el deseo de su madre. En uno de los viajes por lugares desconocidos e inhóspitos se encuentra con un portero de escuela que tenía alguna información importante sobre su búsqueda, sin embargo le advierte:

“sabe, quizás a veces es mejor no saber todo”.

En este instante lo intuitivo se mezcla con lo conocido: Edipo, en medio de la desesperación, proclama:

aquel de vosotros que sepa por obra de quién murió Layo, el hijo de Lábdaco, le ordeno que me lo revele todo”.

En esa conversación Jeanne se entera de que su madre fue encarcelada por quince años y violada reiteradas veces. Ante la escalofriante noticia decide llamar a su hermano, quien no parece comprometido con la última voluntad materna, pero que debido al amor que siente por su hermana resuelve viajar para reunirse y concluir la búsqueda. Ella cree que su ignorado hermano, producto de las violaciones, fue dado a luz en la prisión, sin saber lo que el espectador vislumbra: son ellos, los mellizos, los que nacieron en cautiverio.

Denis Villeneuve Incendies 2

Más adelante (¿o más atrás?), en otro de los saltos temporales, confirmamos que Nawal fue violada, y el producto de esa violencia son los mellizos; a su vez, esos mismos niños fueron salvados por la mujer que la asistió en el parto.

Luego de enterarse de que fueron el fruto de las reiteradas violaciones, una escena nebulosa y equívoca los encuentra en una pileta; la tensión va en aumento, se miran, ¿se desean?; dos hermanos que se miran así, luego de una terrible noticia, sólo esperan el peor desenlace; sin embargo, con una ambigüedad desmesurada, en lugar de consumar el incesto anunciado, simplemente se abrazan, se contienen, la búsqueda debe seguir. La consumación del incesto, creo, hubiese impedido el desarrollo de la trama, se hubiera estancado, pues no habría habido espacio para el deseo, la falta.

Ahora es el hermano quien toma las riendas. Después de idas y vueltas logra reunirse con un viejo guerrillero (le hacen poner un antifaz que le cubre los ojos “por seguridad”, instantes después alguien se acerca y le indica que se lo quite) y recaba la información que lo conduce a un espantoso descubrimiento.

Es oscuramente refinado el modo en que Simon revela la verdad a su hermana: “Uno más uno es igual a dos, uno más uno es igual a dos, no puede ser uno, no…. ¿Uno más uno puede ser uno?” Se subvierte una lógica implacable. Jeanne, por unos instantes, parece no querer comprender, pero ya es tarde para la renegación: escribir sobre su grito (mientras se tapa lo ojos) “desgarrador” ni siquiera rozaría las sensaciones que produce, el horror que transmite, un grito que es aspiración, inexplicable, y que provoca sensaciones jamás experimentadas por mí en una pantalla de cine (muy distante queda Al Pacino en el final de El Padrino IIIFrancis Ford Coppola, 1990).

Denis Villeneuve Incendies 3

En el final volvemos al principio: Nawal en una pileta, apacible, nadando, reconoce a su hijo por los tres puntitos, la parte por el todo, como Euriclea reconociendo a Ulises; emocionada, sale del agua, la tensión crece, y cuando logra mirarlo a la cara descubre que el mismo hombre que tuvo en sus entrañas nueves meses es el verdugo que la violó, la tragedia se resuelve. El círculo (¿o el triángulo?) se cierra. Con el descubrimiento algo se quiebra: Edipo necesita arrancarse los ojos,  Nawal pierde la voz: “todos enmudecen ante la verdad”.

Por último, el rito debe cumplirse, las cartas son entregadas, una al violador-esposo-padre y otra al hermano-hijo, un hombre, múltiples, idéntico a sí mismo y diferente, la lógica tambalea: qué habrán hecho de nosotros, me pregunto, para que semejante tragedia tuviera lugar. Sófocles podría responder: tiempos terribles estos en que los hijos violan a las madres.

TRAILER:

Share on FacebookTweet about this on TwitterGoogle+Email to someone

Comenta este artículo

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>