Jackie, de Pablo Larraín

Cable a tierra Por Gonzalo GG

“Aunque el resplandor que
en otro tiempo fue tan brillante
hoy esté por siempre oculto a mis miradas.
Aunque mis ojos ya no
puedan ver ese puro destello
Que en mi juventud me deslumbraba
Aunque nada pueda hacer
volver la hora del esplendor en la hierba,
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos
porqué la belleza subsiste siempre en el recuerdo…”
William Wordsworth, Oda a la inmortalidad

Con guion de Noah Oppenheim, Pablo Larraín dirige esta película de la mano –y del rostro– de Natalie Portman , porque Jackie –incompleto pero posible resumen de la película– es también los primeros planos de su protagonista. Si ella se mueve, la cámara se mueve; si lleva velo, la cámara aprovecha el viento para contrapicar y subrayarla. En Jackie los demás escuchan y dan la réplica. “¿Qué me va decir ella? ¿Cómo hago para decirle lo que tengo que decirle?”, telegrafían mientras buscan la reacción acertada. Solo Bobby, el hermano de John F. Kennedy, a mil kilómetros de distancia, aparecerá en este drama con una entidad cierta, partícipe como es, a su modo, de la contemplación de ese velo que se rasga delante de nuestros ojos. De aquel dolor, de esta lucidez, habla la película.

Una idea rota, un ideal humanizado

Un primerísimo primer plano salpicado de sangre: otro posible resumen de la película. Si la sangre mancilla la perfección y la trae a tierra, todo lo que existe está en un mismo lado. Más allá de la tele, y del mundo al que transporta a los ciudadanos de a pie, no hay nada lo suficientemente bello o poderoso como para poder escapar al determinismo de los viejos adagios latinos. “Somos ridículos”, “el tiempo vuela”, dice Bobby, repitiendo frases que permean nuestras corazas de soldadito cuando la muerte reina. Desde la soledad, más patente en casas que se quedan grandes; y desde la futilidad que emerge con la pérdida de la identidad, Jackie reivindica, en todo caso, que una vez fuimos jóvenes y guapos. Hubo un tiempo en el que fuimos La La Land.

La muerte de Jack (John) pone las cosas en su sitio. Su desaparición sumerge a Jackie –y nosotros estamos tan cerca de esta Jackie– en el síndrome del estrés postraumático, al que llamamos síndrome pero que bien pudiera ser percibir la vida despojada de cuentos: la realidad tal cual es. Pero si aceptamos la existencia cierta de ambos planos de la realidad, el de antes de los disparos y el de después, no podrían estos serlo al mismo tiempo sino que se excluirían y, desde luego, no podríamos habitarlos desde una misma identidad. La Jackie de Larraín/Oppenheim añade a esta obligada reinvención por la constatación de la identidad caída el plano existencial en su expresión más tradicionalmente católico: el de las dudas sobre la resurrección propia y la de los seres queridos.

 Jackie, de Pablo Larraín

Una conversación con John Hurt: el cura

Lo de los velos descorridos por ese viento de la muerte no alude entonces solo a las batallas cotidianas, a esas formas ya inservibles de estar en el mundo, sino que también se refiere a la inmortalidad del alma. Nos acercamos a la tercera década del siglo XXI pero aún así esta película no nos priva -y nosotros tampoco- del diálogo sobre los vacíos y los miedos que lastran ciertas noches en las angustias de la impermanencia. Vacíos y miedos que no van a impedir –no nos pasemos– que con las luces del alba nos levantemos porque las ganas de tomar un café siempre regresan.

Pero los objetos permanecen y las maneras importan

Las almas migrarán o se desvanecerán, pero que los objetos duran más que la gente es algo que Jackie tiene bastante claro. “Representan ideas, ideas importantes”, defiende Jackie, transmisora, como es, de un legado. Un programa de televisión con la mujer del presidente de protagonista sirve para explicar una misión de alto nivel: mantener y transmitir las esencias, o sea, impregnar de Lincoln la Casa Blanca. Aquí nos paramos porque las mentes –esas mentes– vuelan a Melania, vuelan a Ivanka, vuelan a Trump, y por ahí ya no quiero ir. Dejémoslo en que entre aquél modo de ser consorte y modelo de mujer –cuando la gente apuntaba a Camelot con el dedo– y antes de llegar a convertirse en otra cosa –la inocencia, ¿dónde estará?–, hubo un tránsito de duelo en el que Jackie, con su dolor y sus maneras de estar, logró convertirse a su pesar en guía y madre de todos los estadounidenses. De los días en los que esto pasó también trata la película.

 Jackie, de Pablo Larraín 2016

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