Jamón Jamón

El guarro y la jamona Por Fernando Solla

“¡Qué vicio tienes!”Las edades de Lulú (Bigas Luna, 1990)

No era Bigas Luna muy amigo de los homenajes, y mucho menos de los póstumos. Así pues, recordamos este título, que personalmente me hizo descubrir no sólo a un realizador más que interesante, sino todo un imaginario propio, creador de algunas imágenes fascinantes y a uno de los cineastas que paseó la cinematografía española por las alfombras de varios festivales internacionales. Un autor irregular en cuanto al resultado de sus largometrajes que, sin embargo, consiguió con este título, Jamón Jamón, uno de sus mayores éxitos, tanto a nivel artístico como comercial, coronándose con el León de Plata en el Festival de Venecia de 1992. Dos décadas después, y tras numerosos y esporádicos visionados, la película no ha perdido su capacidad de sorprender al respetable, ni mucho menos la de divertirnos con la historia de, como rezan sus títulos de crédito finales, la madre puta (Stefania Sandrelli), la puta madre (Anna Galiena), el padre (Juan Diego), la hija de puta (Penélope Cruz), el chorizo (Javier Bardem) y el niñato (Jordi Mollà).

Como si de los personajes de una tragedia lorquiana se tratase, pero con unos códigos genéricos y estéticos propios de la época en que vivíamos hace veinte años (si bien los estéticos se han ido transformando, los genéricos siguen intactos), asistimos a una historia más apasionada y sexual que romántica. Bigas Luna entendió a la perfección que lo que en época de Lorca sería una tragedia, en 1992 resultaba cómico por esperpéntico. No la situación en sí para los que la viven, pero sí para los que contemplamos que más de medio siglo después, la evolución de los seres humanos en terreno afectivo ha sido nula. Lejos de intelectualismos reflexivos, el realizador optó, sello marca de la casa, por la fisicidad más explícita e inmediata, tanto en el lenguaje cinematográfico como en el oral, conformando una particular alegoría de lo español, superponiendo lo antiguo y lo nuevo, y mostrando y contrastando emociones canalizadas a través del apetito, el sexual y el alimenticio, distinción prácticamente imperceptible para los protagonistas de esta historia.

Jamón Jamón

Rodada y ambienta en el desierto de los Monegros de Zaragoza, Bigas Luna contagió el carácter de sus personajes de la aridez del paisaje, individuos que parecen buscar una excusa para desaparecer entre las grietas que se abren bajo sus pies. No faltarán las luchas entre los dos clanes o familias del pueblo. Los ricos (la madre puta, el padre y el niñato) son los propietarios del negocio local, el que da de comer a la mayoría de lugareños: la marca de ropa interior masculina Sansón. Los pobres (la puta madre, la hija de puta y sus dos hermanas) sufren tanto la ausencia como las esporádicas visitas del padre, alcohólico y camionero, conductor de un camión que transporta gallinas. Las mujeres pobres se ganarán un sobresueldo cocinando tortillas para los empleados de la fábrica (entran en juego los huevos). El niñato se encaprichará de la hija de puta y la dejará embarazada. Llegará hasta a jurarle amor eterno y a pedirle matrimonio con una particular alianza (una anilla de lata de refresco, de las antiguas, las que salían tirando de ellas). La madre puta intentará evitar el compromiso y contratará al chorizo (aquí entran en juego los cojones), repartidor del almacén de jamones Los Conquistadores y, a la vez que se beneficia del muchacho, aspirante a torero que pone en práctica sus aptitudes taurinas de noche, desnudo, bajo y a la luz de la luna (o de día, erecto en toda su humanidad), lo engatusará y colmará de regalos para que seduzca a la hija de puta, que harta de cocinar para los demás, empezará a descubrir su apetito (sexual) y cómo satisfacerlo en su insaciable afán de conocimiento.

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Huevos, cojones, jamón, ajo, cebolla, pechos, bocas, lenguas, hombres, mujeres, guarros, jamonas, aceite, paella, cerdos… Aquí se come de todo y no se le hace ascos a nada. Con la comida como metáfora imperante, los protagonistas de esta suerte de retablo de la tierra, pero no por ello limitado por el folclore popular, describirán sus pasiones y saciarán sus instintos más primarios a través de la carne humana y el imaginario animal.

En Jamón Jamón impresionante la alegoría al lienzo “Duelo a garrotazos” de Goya, en la que los dos amantes se batirán en duelo con paletillas y huesos de jamón como única y mortífera arma.

Mujeres cuyo animal doméstico, de compañía, es el cerdo (el hombre), al que cuidan y miman durante el día pero que sacan a dormir fuera de la casa de noche, buscándose a otro que les caliente la cama. “¡Os he dicho mil veces que no quiero al cerdo en casa!”, riñe Anna Galiena (espectacular lo que consigue esta actriz con su voz, labios, lengua y un abanico) a sus hijas. Uno de los muchos y excelentes diálogos adicionales con los que Quim Monzó salpimentó el guión de Cuca Canals y Bigas Luna. Destacable la hermosa partitura compuesta por Nicola Piovani, evocadora y romántica pero, en ocasiones, apenas audible o silenciada por los bocinazos de los camiones y el tráfico de la carretera, que muchas veces usará como cortinilla para separar una secuencia de la siguiente.

Y qué decir de los intérpretes. La presencia italiana de Anna Galiena (repetimos, maravillosa) y Stefania Sandrelli (algo lastrada su interpretación por un doblaje molesto) supone un picante (todavía más, si cabe) ingrediente para la película. Breve y acertado Juan Diego. Descubrimiento para el gran público de Jordi Mollà, actor que aunque algo silencioso últimamente, fue y sigue siendo una de las miradas más inquietantes e hipnóticas del cine español. Y, finalmente, la parejita. Jamón Jamón fue el detonante que impulsó la carrera cinematográfica de ambos. Javier Bardem encarnó a la perfección al macho ibérico. Lejos de encasillarse en ese rol, el actor ha demostrado su talento en muchas ocasiones, aunque ese “en tu interior hay un Sansón” marcó, sin lugar a dudas, su carrera cinematográfica. Silvia (la hija de puta), Macarena (la niña de nuestros ojos), Raimunda (la de Almodóvar)… A día de hoy Penélope Cruz es una actriz de repercusión internacional. Pocos se alegrarán tanto como un servidor de sus éxitos (ni lamentarán más sus equivocaciones cinematográficas), pero sin duda, donde triunfa como pocas es encarnando a estas niñas (ahora ya mujeres) cuyos pechos tienen sabor a jamón y a tortilla de patatas. Espectaculares por su atrevimiento y desnudez (más física que emocional en algunos casos) todos.

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Para terminar, me gustaría aprovechar este escrito para compartir con los seguidores, tanto con los favorables como con los detractores (en ocasiones resulta difícil posicionarse en un bando u otro) la admiración por la figura de un realizador que parecía huir de esa presión que parece atribuírsele a los cineastas de cierto renombre de fabricar obras maestras como churros (en su caso serían churras) y decidió vivir su pasión por el cine, plasmada a través del cuerpo femenino y la gastronomía popular, con naturalidad y sin afán de crear polémica. En definitiva, de una manera tan saludable y desenfadada como supone visionar (y en ocasiones como la presente, disfrutar) de su filmografía. Todo ello bajo la atenta mirada del entonces icónico en nuestras carreteras toro de Osborne, un toro, eso sí, castrado, cuyos huevos servirán al personaje de Penélope Cruz para resguardarse de la lluvia. “¡Eres un guarro!” chillaba ella. “Y tú, una jamona”.

TRAILER:

 

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