Kalo Pothi, un pueblo de Nepal

Dos niños, una gallina y la guerra Por Samuel Lagunas

Retratar la condición de la infancia en situaciones de guerra no es algo nuevo o inusual en la industria cinematográfica; pero eso no impide que sea una tarea siempre urgente y necesaria. Porque la realidad se empecina constantemente en mostrarnos su cara más brutal y amarga; ante ello, lo menos que se puede hacer es visibilizar los dramas, las tragedias y las pequeñas resistencias que se forjan en el de por sí atribulado mundo infantil. La variedad de cintas es abrumadora: las hay melodramáticas como aquel esquivo juego que el personaje de Guido entabla con su hijo al interior de un campo de concentración nazi en La vida es bella (La vita è bella, Roberto Benigni, 1997), patéticas y efectistas como aquella historia de una amistad imposible entre un niño judío y otro alemán que dirigió Mark Herman a partir de la homónima novela de John Boyne en El niño con el pijama de rayas (The boy in the striped pyjamas, 2008), o realmente desgarradoras como la fatídica huida de un par de hermanitos en el anime La tumba de las luciérnagas (火垂るの墓 Hotaru no Haka, Isao Takahata, 1988). Pero no sólo la Segunda Guerra Mundial ha provocado una estela de visiones sobre los periplos de la infancia en tan inviables condiciones. Las intensas guerras civiles africanas y la ominosa experiencia de los niños soldados ha quedado registrada en Beasts of no nation (Cary Joji Fukunaga, 2015), lo mismo que la imposibilidad de crecer en medio del conflicto bosnio quedó evidenciada originalmente en No one’s child (Vuk Ršumović, 2014). Incluso el documental de Gianfranco Rosi Fuego en el mar (Fuocoammare, 2016) adopta decididamente el punto de vista de un niño de doce años para darnos una perspectiva poco oída del fenómeno migratorio.

Kalo Pothi, un pueblo de Nepal

En Kalo Pothi, un pueblo de Nepal (Kalo Pothi, Min Bahadur Bahm, 2015), primera película nepalí en formar parte del Festival de Venecia, estamos en medio de la guerra civil que vivió el país durante una década (1996-2006) donde un grupo de insurgentes maoístas buscaba poner fin a una endeble monarquía que había asumido el control del gobierno en 1962 tras un breve periodo democrático. Durante un tiempo de tregua, un megáfono anuncia la visita del rey a la aldea donde viven Kiran (Sukraj Rokaya) y Prakash (Khadka Raj Nepali), dos niños que comparten la escuela, pero no la casta: uno es nieto del jefe de la aldea y otro, el hijo de uno de los sirvientes. Además de la visita real, el megáfono pide que todos los habitantes lleven sus gallinas al jefe de la aldea para preparar el banquete con que se recibirá al rey. No obstante, quienes llegan primero a la aldea son los maoístas y con ellos parte, intempestivamente, la hermana mayor de Prakash.

La cada vez más honda soledad de Prakash, obligado a vivir un año de luto vistiendo la misma ropa, es llenada por su incondicional amigo Kiran y por una gallina blanca a la que trata infructuosamente de mantener en secreto. Cuando ésta se escapa de la habitación, el anciano Tenzing la tomará y pedirá a cambio a los niños una cuantiosa suma de dinero. Tanto Kiran como Prakash harán lo necesario para conseguir algunas monedas, pero acabarán por recuperar la gallina a la fuerza tratándola de ocultarla ahora embadurnando su plumaje con tinta negra.

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Kalo Pothi, un pueblo de Nepal desarrolla su trama linealmente y, gracias a su detallada y descriptiva fotografía, logra introducirnos en el paisaje montañoso y periférico de la aldea, a sus pausados ritmos de vida, a sus vestimentas tradicionales e incluso a sus costumbres alimentarias. Este estilo bastante convencional se ve gratamente interrumpido en dos secuencias oníricas en donde el punto de vista se desplaza al subconsciente de Prakash: en ellas la cinta logra desplegar una identidad propia además de revelarnos, de modo casi místico, la compleja y fascinante diversidad tanto religiosa como social del mundo nepalí.

Argumentativamente, la película adquiere profundidad e interés cuando reaparece en la aldea la hermana de Prakash en medio de una incursión maoísta para secuestrar al prometido de la hermana de Kiran. Esto, aunado a la nueva desaparición de la gallina, pondrá a prueba la amistad entre ambos y los llevará a emprender una búsqueda fuera de su aldea y a exponerse a la faceta más violenta de la guerra: los cuerpos colgados, asesinados a tiros y llenos de sangre. No importa el resultado de la empresa de Kiran y Prakash, ya que ese pequeño viaje le permite al director lanzar su reflexión final: mientras que los diez años de guerra provocaron en todo Nepal la deserción escolar de 8 mil niños por su adhesión a las células maoístas y 140 mil desplazamientos a la India, un par de niños sobrevivientes aprendió a través de su relación con una gallina el dolor de la orfandad y la necesidad de mantener a toda costa una sociedad unida y solidaria.

A pesar de que Kalo Pothi, un pueblo de Nepal evita sabiamente el patetismo y el sensacionalismo, se mantiene bastante tibia en su posicionamiento ideológico sobre el conflicto armado: tales demandas no le interesan; en cambio, apuesta por una postura inmediatamente antibelicista que reprueba cualquier forma y fuente de violencia por la sencilla razón de que son los niños, en su desnudez física e ideológica, quienes ven destruidas sus familias, rotas sus amistades, traicionadas sus lealtades: en fin, ellos también son testigos de cómo todo un mundo se desmorona y la monolítica violencia permanece. Ésa siempre será una terrible noticia y que el cine, desde todas las latitudes, nos la recuerde constantemente es algo que hay que valorar y, por qué no, agradecer.

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