La belle saison (Un amor de verano)

Mirada y emancipación femenina Por Paula López Montero

“El problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres” Simone de Beauvoir

Es curioso plantearse, al igual que lo hace este largometraje, la representación de la sexualidad de la mujer. A lo largo de la historia del arte, podríamos asumir que representación era por un lado ideal y por otro patrón y canon, y que además tenía como objeto por excelencia voyeurístico, fruto de la belleza, el júbilo y el despertar sexual, a la mujer. Pasa lo mismo con la historia del cine, el primer beso filmado es obra de E. Muybridge en sus primeras tomas en 1887 –Animal Locomotion Plate 444- y sin ir más lejos, fue entre dos mujeres desnudas de formas voluptuosas. Fascinante es también pensar que algunos de los primeros aparatos fílmicos tenían forma de arma –el fusil fotográfico inventado por Jules Marey y utilizado por el mismo Muybridge en sus tomas- y que, cómo no, eran usados y vistos desde el ojo masculino. Parecen apuntes baladís, pero teniendo en cuenta que el modelo de representación corta el modelo de identidad ¿qué podríamos pensar de una sociedad que parte de una clara visión masculina y por otra parte tan alusivamente tendiente a la violencia?

Ahí es donde arranca La belle saison (Un amor de verano), en plena revolución intelectual de 1970, post Mayo del 68, con las revueltas feministas que consiguen sacar del yugo patriarcal y de las cadenas represivas la identidad y sexualidad de la mujer. En un contexto muy fértil, y tremendamente aburguesado -no dejemos de pensar que todas estas revueltas fueron pensadas por burgueses- laten algunas figuras como las de Sartre y Simone de Beauvoir –que por cierto es Sartre quien subyace a La vida de Adèle (La vie d’Adèle – Chapitre 1 & 2, Abdellatif Kechiche, 2015) y bien podría haberlo sido Beauvoir- pero en ningún momento tienen protagonismo, sino que Corsini renuncia a la importancia individualista para centrarse en una atmósfera colectiva y polifónica en la que muchas mujeres conquistaron el espacio que hoy generaciones mucho más posteriores tenemos. Pero recojo una frase de Beauvoir que bien podría subyacer a todo el texto: “El feminismo es una forma de vivir individualmente pero de luchar colectivamente”.

La belle saison (Un amor de verano)

La belle saison (Un amor de verano) narra la historia de amor entre Carole –interpretada por Cecile de France- una activista y feminista parisina aburguesada y Delphine –Izïa Higelin- una labriega del sur de Francia que nunca ha pisado la ciudad. El guión perfectamente documentado en las etapas de las revueltas feministas, cuya escena dentro de la asamblea en la Sorbona pone la primera mirada a las mujeres como propulsoras de la revolución, cuenta con dos personajes muy bien definidos y que gracias a los diferentes giros del guión y los contrapuntos acabarán formando el desarrollo y la identidad de ambas y encontrando finalmente su propia libertad. Quizá el mayor eje dramático por el que discurre la historia sea la contraposición y la mirada puesta en las diferentes circunstancias que forman la identidad de las dos protagonistas y la pertenencia a dos mundos y tradiciones completamente diferentes.

Delphine, consciente de su homosexualidad y de sentir la necesidad de liberarse del marco patriarcal que define la vida en la granja, se muda a París a trabajar en una fábrica. Allí conoce a Carole que mantiene una relación heterosexual con Manuel y quien le descubre a Delphine el mundo universitario y activista. Así mismo, en su atracción mutua, será Delphine quien le haga descubrir su bisexualidad y por otra parte otro mundo más allá de la ciudad y su fervor y aparente libertad: la vida en el campo. El primer giro del guión viene cuando el padre de Delphine sufre un infarto y queda incapacitado para asumir su responsabilidad como patrón y patriarca de la granja. Delphine en un cúmulo entre responsabilidad y culpa tiene que hacerse cargo de la granja y ayudar a la madre, pero Carole la sigue locamente. Es entonces cuando aparecen los mejores planos donde reina la luz, la amplitud, la impudicia, la plenitud y la obscenidad- entendiendo ésta como lo que se muestra por primera vez y que no ha sido representado hasta el momento en ninguna escena- fusionando ambos cuerpos desnudos con la naturaleza que hacen de perfecta metáfora, o si queremos, referente de representación de amor lésbico donde por vez primera no reinan los claroscuros, las sombras, la timidez, el pudor y en definitiva la represión. Pensemos de nuevo en la historia del arte y la historia del cine, la representación de la sexualidad y la homosexualidad claro está después de Grecia y la entrada del cristianismo en Europa, no se representó o si lo hizo fue entre velos (considero referente necesario y previo el cine de Todd Haynes quien refleja la etapa de los años 50 en estos planos aberrantes y claroscuros con Carol y Lejos del cielo). La entrada de la representación del mundo reprimido de los sentimientos y sexualidad podríamos decir que tiene su fruto en Caravaggio donde el claroscuro hace perfectamente de metáfora y es en el umbral, en la sombra donde se representan estas identidades siempre subliminales. Ni que decir tiene la entrada posteriormente en la literatura de esta sombra como por ejemplo en Baudelaire y su libro Las flores del mal –que por cierto, casi nadie sabe en un primer momento iba a ser llamado Las lesbianas- y del descubrimiento del plano subconsciente para Freud que no sería otra cosa que poner atención a esas sombras y claroscuros del subconsciente. Por cierto, apunto mi distancia con Freud y con las teorías acerca de la sexualidad tanto femenina como masculina, no dejemos de pensar en el universo mítico en el que se apoya y que como apunta G. Steiner, Freud no hacía más que literatura.

La belle saison (Un amor de verano) 2015

Por otra parte es muy interesante el personaje de la madre, representado siempre en segundo plano, reina de la cocina y sin apenas voz, metáforas perfectas para representar a muchas generaciones que no tuvieron nunca ni voz ni voto nunca mejor dicho. Es Carole quien, en alguna que otra escena entrañable, consigue romperle el escudo y la seriedad a la mujer, por ejemplo consiguiendo que baile. Y también es alusivo el momento en el que Carole, tras haber trabajado todo el día en la recolecta del pasto, le dice “¿no estás orgullosa de que hayamos podido sacar el trabajo adelante?” Y la madre le contesta, “las mujeres siempre lo hacemos y nunca nos llevamos ese mérito”. Pero lo que parecía un personaje entrañable, vuelve a su claroscuro cuando se entera de la relación que mantienen Carole y Delphine, e imposibilita su amor ya que rompe el molde, la tradición, por el como siempre, qué dirán y el ser diferente. Delphine ante esta presión y responsabilidad -y como apunta la directora en sus barreras y límites que no la permiten entregarse del todo- se ve encerrada de nuevo en ese yugo que no la hace poder salir, pero que sin embargo será a raíz del trabajo y de la conquista de su propia granja, donde consigue su emancipación. El final abierto y tremendamente melancólico en ese arrepentimiento y en esa alusión de que no fue el momento y que ojalá se volviesen a encontrar, abre la veda a la pregunta ¿qué papel y qué peso tienen nuestras circunstancias y nuestra tradición en las decisiones que tomamos, en las barreras que nos ponemos, en el futuro que buscamos?

Para terminar, y como he intentado hacer mención, creo importante atisbar las diferencias entre un film dirigido y producido por dos mujeres lesbianas –Catherine Corsini y Elisabeth Pérez- y un film sobre este mismo tema pero dirigido a través de una mirada masculina como por ejemplo La vida de Adèle. Aunque creo que la película de Abdellatif Kechiche es la antesala, en cierta medida, a esta emancipación: en todo el largometraje subyace un voyeurismo masculino pero que sin embargo envidia el placer femenino, que no sería otra cosa que lo que nos viene a contar La vida de Adèle, que más allá de ser un film sobre la experiencia amoroso-sexual de dos chicas viene a ser la inexperiencia y la imposibilidad de sentir lo que ellas sienten y la envidia del hombre por ello, y en esto me apoyo en las referencias tanto literarias como artísticas que se suscitan a lo largo del largometraje y del discurso que el galerista y comisario artístico de Emma le dice: “creo que el placer del hombre es más simple. El hombre es incapaz de sentir el mismo placer que la mujer”. La historia del arte no habría sido otra cosa que esa envidia. Sin embargo es con películas como La belle saison (Un amor de verano) donde los corsés de la representación femenina sin la mirada masculina se empiezan a romper y se da la posibilidad de volver a plantear la experiencia puramente femenina que, por otra parte, aún queda mucho por definir.

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