La mujer de negro

Hammer y el terror gótico en el Siglo XXI Por Manu Argüelles

Es difícil cultivar una cultura cinematográfica ordenada bajo los designios de la distribución y exhibición españolas. Como ya ha pasado con Steve McQueen o Béla Tarr, nos llega antes el segundo trabajo de James Watkins. Su primer film, Eden Lake (2008), es un survival horror que recodifica y actualiza los parámetros del subgénero del que forma parte. Para ello, ofrece una lectura directa de aquellos films que en su confluencia en una misma época, los años 70, provocaron en el seno del new horror norteamericano una nueva línea de películas con ciertos rasgos temáticos y formales comunes. Se presentó en el Festival de Sitges del 2008 y salió con el Premio del Jurado bajo el brazo. Hoy podemos decir que de nada le sirvió, porque sigue inédita por estos lares.

No obstante, ahora nos llega La mujer de negro. Cambia de tercio y practica con sumo oficio, todo hay que decirlo, los parámetros del cine de terror gótico.

Pero me temo que la razón de que ésta sí se estrene, y además con puntualidad, corresponde a otro nombre propio: Daniel Radcliffe, uno de los pivotes sobre los que su distribuidora española, Aurum, ha centrado su estrategia de marketing y promoción.

La mujer de negro

Bajo esta línea, presenta dos ganchos para su explotación. Por un lado, nos presenta la flamante reaparición del actor, tras quitarse definitivamente el manto del mago que le ha hecho famoso, un anzuelo para movilizar al fenómeno fan de la saga de Harry Potter. Y por otro lado, La mujer de negro, supone el renacimiento, con todas las de la ley, de la mítica productora británica, Hammer Films, la house of horror responsable del resurgimiento del cine de terror gótico en los años 50 y 60. De nuevo en funcionamiento desde el 2007 y artífice, por ejemplo, del remake de la película sueca Déjame entrar (Låt den rätte komma in, Tomas Alfredson, 2008), no ha sido hasta ahora que decide llamar la atención sobre sí misma, volviendo al terreno por la que fue famosa. Esto, sin duda, es un atractivo para los aficionados de cierta edad. En definitiva, con los nombres de Daniel Radcliffe y Hammer se apela a dos segmentos diferentes de público, determinados por la diferencia de edad.

¿Consigue este film ser un terreno para la concordia de dos tipos de audiencia muy distanciadas, en cuanto ambas resultarán satisfechas? No puedo establecer sentencias tajantes al respecto, pero en mi caso particular, no. Porque, como suele pasar en no pocas producciones norteamericanas, fluctúan en el film varias fuerzas motrices, no estrictamente antitéticas, pero que encuentran una confrontación directa que llevan a descompensar al film. El efecto resultante es que te deja un cierto regusto de insatisfacción parcial, ya que dispone de elementos insidiosos que malogran el acabado final.

La mujer de negro 3

El film no se basa en una novela clásica dentro del género literario, sino en una publicada en 1984 por Susan Hill y que tuvo una previa adaptación cinematográfica directamente para televisión, dirigida por Herbert Wise en 1989. A finales del siglo XIX, el abogado Arthur Kipps (un casi omnipresente Daniel Radcliffe) trata de sobreponerse tras la muerte de su mujer. En esas, con tal de no perder su puesto de trabajo, acepta ir al remoto pueblo de Crythin Gifford, para ocuparse de la liquidación de documentos de la mansión Eel Marsh, para así poder ponerla a la venta tras la muerte de su dueña. No obstante, la casa no está tan deshabitada como según parece. Además, sin que sea su voluntad, el intruso en la villa acaba siendo el que reavive la desdicha de una población condenada, en cuanto vuelve a despertar la maldición que pesa sobre el pueblo, abocándolo a su extinción. Y es que los aldeanos sufren impertérritos las trágicas muertes de sus hijos, sin que puedan evitarlo.

El protagonista, al sentirse responsable, acaba actuando como el héroe que libera a la comunidad oprimida, a través de la parábola de lo fantástico y del acceso a lo desconocido. Entra en juego el terreno de la melancolía y lo siniestro, porque la realidad se ve teñida de lo íntimo del personaje: un pasado marcado por el dolor de la muerte, un presente donde se magnifica y se amplían dichas rémoras, y un futuro visto con clara extrañeza, en cuanto lo sobrenatural distorsiona la percepción. Así, el tiempo de Arthur Kipps se emborrona. Su experiencia y su magnético contacto con lo sobrenatural condicionan su incierto porvenir, abocado a clausurar aquello que le ha dejado enquistado.

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El acicate para ello es un ser maléfico, perturbador y lleno de odio y visceralidad, que como no podía ser de otra forma, es femenino y entronca directamente con los kaidan de finales de los 90, films nipones que resucitaron el interés por los relatos de fantasmas de corte clásico, a raíz del éxito de The ring (Ringu, Hideo Nakata, 1998). La Hammer decide traer al presente su propia tradición cinematográfica, pero no sin antes recurrir a la occidentalización lijada, domada y efectista que los remakes norteamericanos realizaron de los kaidan adaptados para consumo occidental. Algo en lo que reincidiría un film como El orfanato (Juan Antonio Bayona, 2007), con la que guarda muchos puntos de conexión.

Desgraciadamente, La mujer de negro tiene más que ver con el film de Bayona que con los films de Terence Fisher. Por ello, aunque Watkins siga las lecciones de Fisher, en cuanto a la importancia de la escenografía y de los objetos como elementos de inquietud, abusa del susto fácil y del impacto sensorial. Cierto que Watkins, como ya hacía Fisher, tiene en cuenta la profundidad de campo como vector dinámico para elaborar la acción. También es verdad que, a través de un catálogo memorable de planos subjetivos, sombras y una planificación expresionista, saca el máximo provecho de las zonas ciegas del decorado, donde se consigue perfilar trazos certeros de tensión. Algo que está especialmente concentrado en la mitad del metraje, cuando el anodino Radcliffe decide quedarse una noche en la casa con el fantasma. Por supuesto, cuenta con una elaborada y cuidada atmósfera, gracias a un diseño de producción especialmente destacable.

La mujer de negro

Pero tanto esfuerzo y tanto ingenio en la puesta en escena, encuadres y movimientos de cámara acaban arruinándose al optar por el estímulo directo, sobre explotado y utilizado como un martilleo constante. Es triste comprobar cómo dicho abuso destroza una sensación enfermiza y angustiante que podría haber sido más efectiva por su profunda penetración psicológica.

Porque, por su tempo y por sus maneras, podría haber sido una digna sucesora de las películas de los 50. Pero la Hammer, para empezar, borra la flema británica de aquellos films de Peter Cushing y Christopher Lee. Y después, para no resultar excesivamente agresiva, limita su diseño barroco casi a las líneas de escaparate superficial que ya contaba el film de Bayona. Así que es engañoso, y casi diría que falso, el concepto de que La mujer de negro es un ejercicio de recreación nostálgica. El público que al final parece interesar es aquel que busca algo de consumo rápido que le permita asustarse y pegar botes en la butaca sin mayores complicaciones. El otro tendrá que esperar nuevas aportaciones si desea recuperar experiencias similares a las proporcionadas por los films de Terence Fisher, Mario Bava o Roger Corman.

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