La odisea de Alice

Las lágrimas son agua y van al mar Por Mireia Mullor

''Históricamente, el discurso de la ausencia está en manos de la mujer: es sedentaria, mientras que el hombre es cazador, viajero. La mujer es fiel (espera), el hombre es voluble (se embarca)".Roland Barthes, Fragmentos de un discurso amoroso

En la comedia romántica Y de repente tú (Trainwreck, Judd Apatow, 2015), los estereotipos de hombre y mujer en las relaciones de pareja se invierten para mostrar a un personaje protagonista (interpretado por Amy Schumer, que es además guionista) que disfruta de su sexualidad y su trabajo sin complejos ni restricciones de género, y mucho menos sin compromisos. Lástima que esta visión de la mujer moderna acabe sucumbiendo a las convenciones propias del romance hollywoodiense y ejerciendo contra la protagonista una penitencia por una mala forma de vida que debe corregir de inmediato bajo el ejemplo, finalmente triunfal, de su hermana mayor, madre y esposa.

En el film de Apatow es la misma protagonista la que, consciente de que solo una vida ordenada y pura la llevará a la verdadera felicidad como la de su hermana (nótese la ironía de la afirmación), decide cambiar sus maneras y apostar por el ‘amor’. En cambio, en la ópera prima de Lucie Borleteau, la cosa ocurre de forma muy diferente: la realidad cae por su propio peso.

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La odisea de Alice, huelga decirlo, guarda numerosas diferencias con Y de repente tú, pero comparten desde puntos de vista diferentes una misma imagen: la de la incapacidad de la mujer de tener una vida sexual libre de prejuicios y ser, al mismo tiempo, una persona respetable. Una carga social de la que parece que cuesta bastante liberarse. Este film francés parece haber pasado desapercibido en la cartelera española tras su estreno el pasado mes de diciembre, pero vale la pena recuperarlo en este espacio, pues su naturalidad y su honestidad le convierten en una ópera prima imprescindible.

La primera escena del film está teñida de azul. Del mar. De su interior emerge un cuerpo desnudo. Es de una mujer, que nada hasta la orilla y se coloca junto a su amado, que garabatea en su libreta mientras disfruta del poco tiempo que puede estar con ella, ya que pronto zarpará a mar abierto otra temporada más. Al ver esta imagen, no cuesta imaginarse a una Penélope tejiendo en el hogar mientras su marido Ulises viaja por mar y vive arriesgadas aventuras.

Y es que la referencia más clara del título La odisea de Alice nos lleva a la inmortal obra de Homero.

Esta película no es una adaptación de ‘La odisea’ (¡ni mucho menos!), pero ayuda a la directora a establecer la primera inversión de género: la mujer que trabaja y vive experiencias, el hombre que espera.

La segunda referencia que encontramos también está en su título, pero no en el que se ha traducido en nuestro país. Así, su título original es Fidelio, l’odyssée d’Alice, remitiéndonos, en primera instancia, al barco en el que viaja la protagonista, cuyo nombre que ocupa la popa (¿o era la proa?) es Fidelio, como la única ópera que escribió Ludwig van Beethoven en toda su carrera. Fidelio, que habla de una mujer que se viste de hombre para salvar a su marido de la cárcel. Ese Fidelio, nombre ficticio que adopta esa mujer travestida, que transmite los valores de lealtad y fidelidad, de amor y compromiso, de la mujer al hombre. Este paralelismo que se establece sin mucha dificultad entre La odisea de Alice y Fidelio nos dice muchas cosas de su trama. Y es una comparación que, lejos de ajustarse a la pseudo-adaptación como podría ser previsible, es una paradoja con la propia protagonista del film. Y es que Alice, ese personaje del que tanto hablamos desde hace unos párrafos, es un alma libre, que no entiende el amor como una restricción sino como algo que suma. Sus decisiones, acertadas o equivocadas, no están sujetas a convencionalismos o patrones culturales, ni tampoco a los conceptos de ‘fidelidad’ y ‘compromiso’.

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Situémonos. Alice trabaja en la marina mercante, un mundo profesional plagado en su amplia mayoría por hombres. De hecho, ella entra al navío en sustitución de un hombre muerto, el tercero en discordia en esta historia. En su antiguo camarote, la protagonista encuentra un diario a través del que descubre la vida interior secreta de un hombre con mucha necesidad de explicar de alguna manera los pensamientos y disquisiciones mentales que le atormentaban en sus largos viajes por mar. Actuando como una segunda línea argumental totalmente secundaria que flota de vez en cuando entre las escenas, Alice irá conociendo poco a poco a ese personaje desconocido sin una dirección clara y desde luego con una trascendencia mínima. Quizás sea, en su tramo final, la visión de la mujer del difunto y su infinito dolor por no saber con exactitud lo que le ocurrió a su esposo lo único de su historia que remueve algo en Alice: la imagen del sufrimiento por amor.

Siguiendo con su vida profesional, el trabajo la obliga a pasar temporadas lejos de casa, en un navío donde la única compañía son, como decíamos, un grupo homogéneamente masculino. Aún así, sorprende que durante la primera parte del film no haya distinción de género. Hay colegueo, hay respeto, hay compañerismo y buenas intenciones. Es el momento en el que aparece un antiguo amor de Alice y tiene experiencias sexuales con algún miembro del barco cuando dejan de verla como un compañero (sí, en masculino) y pasa a ser una mujer lasciva, débil, vulnerable. Y en consecuencia, una atracción de feria para el falocéntrico mundo de las embarcaciones mercantiles.

Afirmábamos antes que en el film de Borleteau la realidad cae por su propio peso. Y así es: Alice no decide dejar de disfrutar de su cuerpo y su juventud. Son los demás, sus compañeros, los que deciden que una puta (con perdón) como ella no merece respeto, ni aún siendo la jefa.

Al final, lo que La odisea de Alice explora con maestría es el concepto de “propiedad”, tanto en las relaciones de pareja como en cualquier otra, y de qué hablamos cuando hablamos de amor.

Con una puesta en escena austera pero basada en una relación intimista entre la protagonista y la inmensidad del océano, la cineasta francesa ha sabido construir un debate moral bajo las estructuras de un sutil culebrón romántico. Un debate que recoge también en ciertos momentos Love 3D (Love, Gaspar Noé, 2015), también de este año pasado, y que pone sobre la mesa las carencias de la cultura romántica establecida (e impuesta) que poco a poco parece resquebrajarse. Y que la posición estratégica de los géneros en una u otra acción, actividad, actitud o sentimiento es ya algo necesariamente reprobable y caduco.

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