La profesora de parvulario

La poesía ha muerto Por Mireia Mullor

“Toda poesía es hostil al capitalismo”Juan Gelman

¿Para qué sirve la poesía? ¿O el arte, en general? Es una pregunta verdaderamente difícil de contestar. Y es que el mundo en el que vivimos hoy, bajo el yugo del capitalismo, el consumismo y la búsqueda del mayor beneficio, hay poca cabida para una serie de prácticas cuyo objetivo principal no reside en las ganancias materiales, sino en encontrar la belleza de las palabras, de la imagen o la realidad misma. Expresar de formas excéntricas y originales lo que somos, lo que amamos y odiamos, lo que queremos alcanzar. Hablar de arte es hablar de emociones y sutilezas, pero también de rebelión y crudezas, tal es su versatilidad. Cuando esta sensibilidad por el entorno – interno o externo – se sustituye por el peso de la cartera o el tamaño del iPhone, la sociedad se aleja un poco más de lo que significa, y ha significado, el arte para el ser humano.

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Decía Voltaire que el gran mérito de la poesía, y que pocas personas negarán, es que “dice más y en menos palabras que la prosa”. No sólo es una frase aplicable a la poesía, sino que se ajusta a la perfección a lo que el director Nadav Lapid ha hecho con La profesora de parvulario, una de las películas más exquisitamente provocadoras estrenadas este año y que encuentra en la delicadeza de su mensaje la fuerza para inundar la pantalla y provocar una necesaria reflexión.

En el primer flashback que ofrece el film, un niño llamado Yoav (Avi Shnaidman), de apenas 5 años, comienza a andar de un lado a otro, como siguiendo una línea pintada en el suelo. Camina, con la cabeza agachada, y de su boca comienzan a salir versos que conforman un poema salido del mismísimo interior y que nada tiene que ver con la vida o circunstancias del muchacho. Es el talento, que brota a borbotones de una mente, algo traumatizada, pero igualmente infantil y pura. Él, allí en medio de tanta mezquindad que más adelante veremos, representa los brotes de humanismo, esos que nos da la poesía incluso en un entorno hostil.

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En la escena principal en la que se enmarca este recuerdo, que es a su vez la escena que abre el film de Lapid, escuchamos una tertulia televisiva, de esas habituales en las sobremesas de las grandes cadenas. Y en cualquier horario, vaya. En ella, los comentaristas hablan entre carcajadas sobre el descubrimiento de una fotografía en que se puede ver a Adolf Hitler en pantalón corto. Uno de ellos comenta: “Si la hubieran publicado a tiempo, la Segunda Guerra Mundial nunca habría sucedido”. Es curioso cómo dos momentos tan sumamente diferentes – el del niño poeta y el de los deslenguados tertulianos- se complementan y se rechazan a la vez.

De la pureza de un momento creativo a los soeces e innecesarios comentarios de los que reinan las pantallas de nuestro día a día y que son capaces de banalizar cualquier tema con tal de subir las audiencias. Es esto, en definitiva, lo que representa La profesora de parvulario.

En la película, Nira (Sarit Larry) es una maestra con aspiraciones literarias pero una aparente falta de aptitudes para destacar. En el parvulario donde trabaja se percata de la presencia de Yoav, el niño poeta del que hablábamos antes, que tiene una vida desestructurada, con una madre a la fuga y un padre demasiado metido en su trabajo como para prestarle atención. Así que sus días se mueven entre el colegio y los ratos con su niñera, otra aspirante, esta vez a actriz, que tampoco parece preocuparse mucho por el pequeño. Bajo este planteamiento, el film de Lapid emprende un relato en el que profesora y alumno entablan una extraña y por momentos incomprensible relación en la que ella busca presionar el alma del artista que se esconde en Yoav e incluso conseguir que la gente le escuche y le alabe, sin darse cuenta de que el niño sólo parece querer estar tranquilo con sus espasmos de creatividad ocasionales.

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Dada la incapacidad de Nira para que brote de su interior una poesía tan pura como la de Yoav, no es de extrañar esa frustración por sentir que se está desaprovechando el talento de un niño prodigio al que nadie quiere escuchar. Pero esa es la tónica del mundo. Esa es la cruz con la que hoy cargan los artistas. “Ser poeta en nuestro tiempo es oponerse a la misma naturaleza del mundo”, dice ella misma en uno de los momentos del film. La misión que adopta Nira es casi de superheroína: conservar intacta la pureza del arte en el corazón de un joven poeta que no es consciente de su talento. La contaminación de la que la maestra le quiere proteger se observa claramente en escenas como el cántico racista y violento que Yoav repite palabra por palabra, con unos gritos desgarrados, por influencia de su amigo del parvulario. Y ni siquiera rima. La influencia de la agresividad que empaña lo bello.

Pero no sólo es su fantástico planteamiento lo que más llama la atención en La profesora de parvulario. La puesta en escena juega en favor de su concepto global y, por ello, utiliza la cámara como un personaje más del espacio. Hay momentos en que la miran directamente a los ojos o incluso la golpean. Es decir, que la propia película, la propia maquinaria que la hace funcionar, también vive en ese mundo donde la creación artística es una paria profesional. Se integra en ese ambiguo terreno ético que constantemente está pisando la protagonista del film para reivindicar una necesidad: la de ser artista.

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Nira está sentada junto a Yoav en el patio del parvulario. “Observemos el patio, donde jugamos cada día nos guste o no”, dice ella. Él calla, como de costumbre. El momento es tan elocuente y habla tanto por sí mismo que, como pasa con un buen poema, no necesita añadir más palabras.

 

TRAILER:

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] realizador israelí que ya en 2014 se alzó con el máximo premio de este certamen gracias a su La profesora de parvulario (Haganenet, 2014). En este caso, el director presenta dos obras, el largometraje Emile’s […]

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