La puerta

La ilusión de poder cambiar el pasado, ¿quién no la ha tenido alguna vez? Por Arantxa Acosta

“Siempre se llega a alguna parte si se camina lo bastante”Alicia en el país de las maravillas (novela de Lewis Carroll, 1865)

Volver atrás. Deshacer un gesto, un acto. Desdecirse de una frase poco afortunada, o incluso no llegar a pronunciarla. Volver, y comportarse de forma distinta, ¿arreglaría las cosas, nuestra vida? ¿Encontraríamos la felicidad? ¿Nos perdonarían?

¿Nos perdonaríamos?

Quizá, pero nuestras acciones, nuestras vidas, son la consecuencia de un cúmulo de decisiones y, por tanto, borrarlas todas es, lo menos, imposible. Por mucho que nos gustase, por supuesto.

La puerta parte de esta misma idea: David es un artista egocéntrico, más preocupado por él mismo que por su familia. La accidental muerte de su hija, ahogada en la piscina mientras se suponía él la estaba vigilando (cuando en realidad estaba manteniendo relaciones sexuales con la vecina), destruye el mundo autocomplaciente que ha creado a su alrededor. Cinco años más tarde, su mujer está intentando rehacer su vida junto a otro hombre y él, alcohólico y dejado de lado, no se perdona el fatídico momento. Tras un fallido intento de suicidio, casualmente encuentra una puerta que le llevará a un espacio-tiempo paralelo, que conecta precisamente con el fatídico día de hace cinco años, permitiéndole enmendar su error y cambiando así el futuro de su familia. Pero esto, claro, tendrá otras consecuencias.

Dejando a un lado la creencia (o no) de que el destino está escrito, sea cual sea la forma de llegar a lo éste predice, la premisa de La puerta es interesante: para obtener la felicidad, debes convertirte en un monstruo, porque la transformación, la redención, nunca es gratuita.

¿Es eso lo que queremos? Mejorar nuestra vida a costa de perpetrar unos actos mucho peores que los que queremos evitar (en el caso de David, claro está, su liberación pasará por asesinar a su yo más joven para poder reemplazarle en esa su antigua vida).

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Envuelta en papel de ciencia ficción (de hecho, el único elemento fantástico será ese pasillo a un conocido más allá), por supuesto podemos quedarnos con que las “aventuras” de David son reales, pero, por otro lado, la puerta al pasado puede considerarse la puerta a su imaginación, a su conciencia (quizá por eso el verse a sí mismo no destruye el continuo espacio-tiempo, siguiendo la teoría del Dr. Brown en Regreso al Futuro - Back to the future, Robert Zemeckis, 1985). No en vano David aparece exactamente en el momento del accidente de su hija. Interesante es, a partir de aquí, cómo el protagonista construye todas las posibilidades que se abren ante él si pudiese reescribir los últimos cinco años (como ese niño de Las vidas posibles de Mr. Nobody - Mr. Nobody, Jaco Van Dormael, 2009 – que, también a partir del terrible suceso que le ocurre a su temprana edad, es capaz de visualizar y diseñar el devenir de su futuro). Alejándose de sus deseos del momento y convenciéndose de lo inmaduro de sus acciones al poner en una misma balanza los deseos carnales o personales frente a las obligaciones racionales, altruistas de la vida (un punto de partida que nos recuerda también al de Anticristo de Lars Von Trier – Antichrist, 2009, y  una reacción similar a la del Roger Stuart de La zona muertaThe dead zone, David Cronenberg, 1983), su conciencia no le permitirá seguir siendo el playboy que era, e incluso veremos reflejado en la ropa del personaje esta necesidad de sentirse ‘casto’ (de camisas claras, abiertas hasta mitad del pecho, pasará a llevar tonos oscuros, los botones abrochados hasta casi el cuello…).

Asumida ya su nueva vida en el pasado (en su mente), el comportamiento hacia su familia cambiará radicalmente, hasta el punto que su hija llegará a no reconocerle como a su padre, por el simple hecho de atenderla. Su mujer, idealizada ahora en su juventud, será la representación de lo virginal, de la pureza que él mismo ha perdido al no darse cuenta del tesoro que tenía a su lado. Una esposa que “ya” no es la arpía que le aparta de su lado, arisca e insensible. Una esposa que puede quererle, olvidando su falta de atención de (aparentemente) escasos días atrás.

Pero el tiempo no perdona.

Conciencia, imaginación y posibilidades. No en vano la promoción del DVD reza “ten cuidado con a quién dejas entrar”. Un cambio no puede producirse exclusivamente en uno mismo, puede, y debe, afectar a tu entorno inmediato en mayor o menor medida, por supuesto. Algunos te apoyarán, otros no, pero, la gran mayoría, querrá imitar tus actos. Es entonces cuando se complica la idea del cambio, del mejorarse a uno mismo: si todos quieren transformar también sus vidas, ¿en qué lugar nos deja a nosotros mismos? En tener que adaptarnos. Si queremos que todo continúe igual, tendremos que volver a intentar cambiarlo todo, ya no hay marcha atrás. Así, aunque de una forma más tangencial, la referencia a Primer (Shane Carruth, 2004) tampoco se nos pasa por alto: viajar en el tiempo para enmendar los continuos fracasos, en lugar de enfrentarse al presente. Pero cuando uno lo hace, tendrá que enfrentarse a su propio reflejo, a su propio yo. Y decidir.

La puerta

La puerta no es una película redonda. Incluso alguna escena, que pretende ser el clímax del terror psicológico, roza el ridículo y sí, nos hace reír de lo patética que se nos presenta. Pero su imaginativo guión está muy bien complementado, empezando por los títulos de crédito.

Reflejados como si de un espejo se tratara, los nombres de los actores y equipo de trabajo se duplican, brillantes, y borrosos. Las dos caras de las personas, de nosotros mismos. Porque, en función del círculo en el que nos movemos, presentamos una u otra parte de nuestra personalidad, en mayor o menor medida, al igual que el David del film, que llega al extremo de tener que fingir ante sus amigos y vecinos que es él mismo.

Que el momento temporal esté ubicado en dos estaciones distintas tampoco es casual: en el pasado, idílico, es primavera. Porque en aquella época, la mente del protagonista estaba lúcida, aunque equivocada en sus prioridades. En cambio, en el presente es pleno invierno: el tormento que persigue al hombre, la amargura que le corroe, viene arropada por el implacable frío alemán. Del invierno al verano, de la desesperación a la esperanza. David será guiado por una mariposa, símbolo de la necesaria metamorfosis del protagonista, pero por encima de todo representación de la psique y emblema del alma, y reflejo también del momento que le atormenta: su hija, llena de inocencia, estaba atrapando mariposas cuando tropezó hacia el interior de la piscina. Su psique, entonces, le guía hacia los recuerdos que le tienen atrapado, como necesaria terapia hacia su propia absolución.

Los cuadros de la casa del pasado de la pareja protagonista son una valiosa representación de la oscura relación que mantiene David con su mujer y su hija hasta el momento. Retratos de ellas con cara de angustia y agonía, con la carne atravesada por garfios, incapaces de separarse del destino que les une… Sin necesidad de explicarnos mucho más a través de un innecesario guión, las pinturas nos dicen todo lo que necesitamos saber de ellos, dejándonos una conseguida sensación de intranquilidad y sobre todo de desconfianza hacia el padre. Unos cuadros que son una ventana a los pensamientos de David, que luego conoceremos de primera mano.

Odiarse o respetarse. Enfrentarse a uno mismo. Recuperar el control de la vida. Hacer lo que sea necesario para no sentirse perdido en nuestra propia mente. Eso, y mucho más, es lo que explica La puerta. Eso sí, si queremos, es una simple cinta de ficción que entretiene y poco más.

TRAILER:

 

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] del cine hasta la fecha, Primer  o la argumentalmente menos sofisticada pero igual de interesante La puerta (Die Tür, Anno Saul, 2009)— hasta comedias de aventuras, citando ineludiblemente a Regreso al […]

  2. […] En definitiva, nos encontramos ante un filme ya visto. Desde aquí sólo podemos recomendar La puerta (Die Tür, Anno Saul, 2009), que partiendo exactamente del mismo drama, muestra al espectador cómo […]

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