La región salvaje

Perversidad y buen gusto Por Samuel Lagunas

Amat Escalante había sido hasta ahora un director de planos incómodos y disruptivos, de escenas chocantes donde los cuerpos desnudos y violentados desconcertaban por su tosquedad y su apatía. Por esa tendencia a la (hiper)realidad, han dicho, que su filmografía es heredera de la del mexicano Carlos Reygadas, pero también del “extremismo francés” encabezado por Bruno Dumont. En Sangre (2005), su primer largometraje, las escenas de sexo son filmadas con un tedio apabullante que distancia al espectador al mismo tiempo que lo conmina a una mirada desapasionada, macabra. Algo semejante ocurre con Los bastardos (2008), cinta que, si bien pareció ser una latinización de Funny games (1997) de Haneke, presentaba a personajes devastados con una franca y aterradora simpleza que no deja de sorprender. En Heli (2013) aquello comenzó a cambiar. La recordadísima escena de la quema de los genitales requirió un sofisticadísimo ejercicio de producción para lograr que, a pesar de su violencia, la composición de los planos tuviera un efecto estético positivo en el espectador, incluso agradable: es una escena de horror que luce bien, muy bien. En Heli parece despertarse una fascinación por los cuerpos muertos y amenazados que no se percibía en las cintas anteriores, ni siquiera de forma latente, y que encuentra en La región salvaje una expresión mucho más explícita que atraviesa desde la selección del elenco hasta la puesta en escena y los efectos especiales.

La región salvaje

La región salvaje comienza con la llegada de un extraño e inusual meteorito a algún lugar boscoso de Guanajuato, el perpetuo bastión del ultraconservadurismo católico —“mocho” — en México. Después, nos enfrentamos a una escena tan violenta como seductora. En una casucha de campo, una chica desnuda es arrinconada por algo amenazante que desconocemos. Su cuerpo se arrastra hacia atrás pero, al mismo tiempo, parece abrirse a lo que está por venir. La chica, lo sabremos después, se llama Vero (Simone Bucio) y es comisionada por un par de ancianos para conseguir nuevos cuerpos para satisfacer a la criatura. Ella ya no basta. En una de sus visitas al hospital, es atendida y atraída por el enfermero Fabián (Edén Villavicencio), quien sostiene una complicada relación amorosa con Ángel (Jesús Meza), el aparentemente homofóbico esposo de Ale (Ruth Ramos), hermana de Fabián. El triángulo amoroso va complejizándose y destruyéndose con la intromisión del engendro tentacular en sus vidas y en sus cuerpos. Es más fácil verlo que explicarlo. Porque, a pesar de lo perverso del argumento, toda la cinta transpira buen gusto. La fotografía de Manuel Alberto Claro (Melancolía [Melancholia, Lars von Trier, 2011], Ninfomaníaca [Nymph()maniac, 2013]) aspira a la belleza ya que en esta ocasión reviste a los cuerpos violentados de un erotismo del que carecían en las cintas previas de Escalante. Son, los femeninos, cuerpos seducidos que en su indefensión y en su anhelo nos seducen. Con la representación del cuerpo masculino, no obstante, Amat ha procurado conservar cierta (anti)estética de los filmes anteriores pero las escenas son mínimas y conforme avanza el filme desaparecen. Incluso el monstruo, epítome del terror, tiene su encanto.

Es difícil encasillar La región salvaje en una película de género y ése quizá sea su mayor atributo. Escalante ha conseguido hacer de un argumento en principio descabellado una cinta sólida que logra mantener al espectador en tensión hasta el desenlace. No veo en ella una película aleccionadora como gran parte de la crítica lo ha hecho: una mezcla de ciencia ficción con realismo social, han dicho. Lo de “ciencia ficción” es obvio pero tengo muchos problemas con la etiqueta de “realismo social”. En el personaje de Jesús y en su familia se encapsula, sí, una caricaturesca descripción del guanajuatense promedio donde la doble moral es la constante. Amat añade este padre autoritativo-hijo consentido/macho-gay a su linaje de personajes abatidos y aplastados por sus burdas contradicciones. Son personajes desde un principio son deshechos emocionalmente pero que consumen su violenta destrucción en pantalla (mi favorito sigue siendo el niño protagonista de su primer corto Amarrados [2002]).

La región salvaje 2016

Pero Jesús es un personaje secundario en el universo de La región salvaje donde el todo el peso dramático recae en los vínculos que se establecen entre Vero, Ale y el monstruo. Vero, cuyo cuerpo no muy distinto al de Isabelle Adjani confirma el vínculo de la cinta de Escalante con aquella excepcional rareza de Zulawski que en su tiempo fue Posesión (Possesion, 1981), tiene una transformación intrigante y bien resuelta por la actriz Bucio al convertirse de amante en una especie de reclutadora de víctimas que no teme en usar su cuerpo lo mismo que para satisfacer/ser satisfecha por un alienígena que en tener sexo por cualquier razón con un hombre gordo. Ale también experimenta gozosas y dolorosas transformaciones, complejidad que Ruth Ramos sobrelleva actoralmente con un genio innegable. De esposa-madre-hermana abnegada, sumisa y apocada, se va despertando hasta ser una mujer terriblemente confiada. El goce de su sexualidad la empodera, se puede decir, y de algún modo encontrar en ese argumento un germen de feminismo. Pero la película no se decanta por esa vertiente sino que proyecta, gracias al monstruo, una ingeniosa amalgama de “angustia social y de inseguridad erótica”. No hallo palabras mejores para describir la atmósfera de la cinta que las que Naief Yehya utiliza para describir lo que él llama la “pornografía tentacular”, ese subgénero de raíces niponas donde el orgasmo liberador siempre roza con la destrucción completa del cuerpo o, como dice Naief, donde el placer resulta “tan agónico como interminable”.

Una pregunta por el placer y por el deseo parecen estar en el corazón de La región salvaje, así como en el centro devastado del meteoro palpita una enigmática y fascinante orgía de animales. Esa pregunta nace y se realiza en un contexto de imparable violencia doméstica y política donde los cuerpos muertos se amontonan como cadáveres pero, paradójicamente, donde los cuerpos hallan en el sufrimiento egótico del goce su mejor versión. Hubiera preferido no sentirme atraído por una película así, sino lo contrario: expulsado, rechazado, con ganas de huir. Con la filmografía previa de Escalante, la cotidianidad de la violencia era todavía repulsiva. “Épater le burgeois” fue la consigna de un grupo de poetas que tenían entre sus objetivos incomodar a la clase pujante de la burguesía, hacerle ver mediante técnicas grotescas y crudas que no todo era tan cómodo como en su burbuja. Que afuera algo estaba mal, muy mal, y ese algo no era de ningún modo atractivo. Le hacían patente de esa forma, también, su irrenunciable desprecio. En mi opinión, las primeras películas de Escalante iban por esa senda. Ahora su mirada ha virado de rumbo: ya no quiere repeler sino fascinar: ese rasgo, o bien, puede apuntar a un aburguesamiento, o, en el mejor de los casos, revela una comprensión de lo abyecto como sublime, del exterminio como éxtasis. Cualquiera que sea la razón, dudo que la violencia requiera hoy semejantes halagos.

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