La reina de España

¿Dónde ves tú a una niña por aquí? Por Fernando Solla

Forzoso es hablarle al vulgo en necio para darle gustoLope de Vega

Fernando Trueba y su amor por el Cine. Cada nuevo título es una nueva declaración de intenciones y cada vez más, un poco más, su ideario y líneas de pensamiento se muestran a través de una ficción capaz de plasmar cada inquietud, cada herida, cada desengaño amoroso y, por extensión, cinematográfico. El séptimo arte es su pareja de baile y, con el paso de los años, los ideales siguen ahí. También las (des)ilusiones.

Para disfrutar del cine de Trueba hay que tener tiempo y querer escuchar las historias con las que nos sorprende y zarandea. Si es que todavía queda algo por explicar, algo por entender. A partir de los diálogos pero también de los silencios, La reina de España siempre aporta, siempre suma. Ente escena y secuencia, entre acción y reacción. Este largometraje constantemente parece estar hablando de otra cosa.

El autor rechaza el término secuela (o quizá le da una nueva dimensión) al escoger su exitoso largometraje La niña de tus ojos (1998), y establece este título como película patrón y base de su discurso narrativo. Si en la anterior entrega se hablaba del cine desde dentro del cine, en esta ocasión el salto lingüístico y semiótico se centra en la entidad análoga del séptimo arte para mostrar una realidad condicionante de dentro hacia fuera. Abandonando la Guerra Civil y de lleno en la década de los cincuenta, Trueba realiza un delicado trabajo de orfebrería para mostrar desde los anhelos de entonces la frustrada evolución de nuestro cine patrio hasta el día de hoy.

La reina de España

El reparto coral del anterior título vuelve a aparecer aquí en su gran mayoría, sumando algunas incorporaciones nacionales e internacionales. Este último detalle es uno de tantos de los que Trueba se sirve para reflexionar sobre su premisa. Si antes éramos los cineastas y cinéfilos españoles los que teníamos que buscar fortuna en el extranjero, ahora recibimos la visita del amigo americano para rodar coproducciones con gran despliegue de medios en nuestro territorio. Da igual el saqueo histórico y cultural. No importan las incongruencias artísticas. Lo importante es rodar, producir, procrear y ofrecer productos bastardos, nacidos por y para el impulso económico. Únicamente.

El aparente estancamiento en el desarrollo y la evolución de los personajes no es tal, sino que es un recurso para mostrar de un modo asertivo y melancólico una situación que bien pudiera ser confundida, mezclada y difuminada con la real. La actriz que ha crecido fuera y que vuelve, siempre vuelve. A pesar de las críticas, a pesar del menosprecio. En esta ocasión el protagonismo es mucho más coral y se centra, por momentos, en la figura de Blas Fontiveros (Antonio Resines). Ídolos caídos. De estos habrá varios en el largometraje. El noticiario español (esta vez en color) lo sitúa entre los prisioneros de guerra recluidos en campos de concentración. Víctima de un régimen que no le permite rodar en su país. Nazismo, franquismo, macartismo… “Si sobrevivimos a Hitler, que era un protagonista, ¿cómo no vamos a sobrevivir a éste?”

La reina de España 2016

Los apartados técnicos configuran, como es habitual, una nueva obra de arte. La tipografía, así como los cierres de obturación hipernarrativos y explícitos a modo de punto de fuga siguen presentes. El vestuario de Lala Huete y el maquillaje de Ana Lozano son claves para la conversión de Macarena Granada en la estrella de Hollywood que es, en realidad, Penélope Cruz. Lo mejor de su creación anterior sigue aquí, aportando toda su aprendizaje adquirido hasta ahora. Pocas actrices pueden convertir su belleza en un recurso interpretativo más, adecuándolo a las necesidades del personaje y Penélope, arropada por Huete y Lozano, lo consigue. Su ejecución musical del tema “Granada” es uno de los momentos álgidos del largometraje. Esta vez sí, la actriz utilizará su propia voz y la verdad es que el resultado es emocionante. Su voz, su apellido, su tierra, su padre (fallecido en la primera entrega). Estos detalles serán constantes en toda la película. Pocas veces la redundancia se usa de manera tan sutil y elegante. Los videomontajes y carteles recreados para la ocasión consiguen que Macarena comparta pantalla con el mismísimo Kirk Douglas. La calidad oficiosa de su realización así como las resonancias estéticas engrandecen exponencialmente la entidad de la propuesta.

La reina de España Fernando Trueba

La fotografía de José Luis Alcaine y la dirección artística de Hedvig Kiraly son verdaderamente impresionantes, así como los decorados de Angela Nahum. Entre los tres convierten los exteriores de Madrid en algo íntimo, vía de escape de los personajes (especialmente de Fontiveros). Las escenas y secuencias nocturnas son maravillosas y la reconstrucción de la ciudad excepcional. Intuimos los lugares que conocemos situando a los personajes siempre a la vuelta de la esquina, en los aledaños. Un gran trabajo siempre a favor del desarrollo de la premisa del realizador. Los interiores permiten que veamos en todo momento en qué consiste el rodaje de una película. Lo que decíamos: de dentro del cine hacia fuera.

Los homenajes son continuos y sutiles, de nuevo, emocionantes. Quizá el más evidente sea el de Fernando Fernán Gómez, aunque a través de los múltiples cameos y referencias, son incontables y otro elemento más a disfrutar de la película. Encontrarnos en el reparto a Arturo Ripstein, Clive Revill, Cary Elwes o Mandy Patinkin es una muestra bastante representativa de la entidad del canto amoroso perpetrado por Trueba hacia un cine que no ha sido y que no es. Hacia el cine que nunca será. Y mientras, tendrá tiempo para rodar una de moros y cristianos en la que nadie sabe cuál es su papel.

La reina de España Penélope Cruz

Ya que no se puede salvar el cine, salvemos la Historia que nos ha traído hasta aquí modificando nuestro sino a través de la ficción. Esa vulgar (y grandísima) réplica final de Macarena al mismísimo Franco (Carlos Areces) es antológica. Por su capacidad para filmar y construir un discurso y un ideario consecuente y accesible y por su dominio de todos los hilos necesarios para filmar una gran producción sin perder de vista la intimidad de la historia contada. Por una grandísima dirección de actores y una constante y cariñosa alegoría entre personaje asignado e intérprete en la vida real. Por la estremecedora mezcolanza entre ficción y realidad, entre ilusión y frustración. Por su entidad descorazonadora y su tierno envoltorio. Por el riesgo asumido al anteponer firmemente un punto de vista incómodo y poco complaciente a un desarrollo convencional o amable.

Por todo esto y, por qué no decirlo, por una enorme Penélope Cruz como cabeza de cartel, La reina de España resulta una película que, como la figura de su autor, es digna de estudio. Un género en sí misma.

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