La vida de Pi

La metafísica de la aventura Por Manu Argüelles

El pasado verano un anciano japonés nos comentaba que los nipones nacen con el sintoísmo, se casan con el catolicismo y se entierran con el budismo. La vida de Pi me ha recordado este curioso melting pot en clave religiosa. No se trata de relativizar las distintas creencias sino de encontrar lo mejor de cada una para conformar una espina espiritual que apacigüe la innata ansiedad del hombre por la trascendencia. Nuestro protagonista nos dice que encontrará la fe en el hinduismo y el amor en la doctrina católica. Su padre se indigna e insta a su hijo a que se decida por una. Es imposible legitimar un panteísmo que acaba resultando irrespetuoso con las diversas creencias. Aunque Ang Lee, absoluto realizador transnacional que ha demostrado su adaptabilidad absoluta para moverse con total libertad en el eje occidental/oriental, se decida por éste en su primera incursión en una aventura marina. Porque el realizador taiwanés no reprime su irrefrenable pasión esteticista, prosiguiendo su fructífera brecha pictórica detectable en films como Tigre y dragón (Crouching Tiger, Hidden Dragon, 2000) o Brokeback Mountain (2005). No obstante, la gran diferencia de La vida de Pi con sus trabajos anteriores es que en esta aflora más que nunca la raigambre espiritual de la percepción humana frente a la naturaleza.

Porque la religión institucional, ya sabemos, solo puede ser de profesión monoteísta y responde más a una exclusión que a una inclusión de diversas sensibilidades. En cuanto acontece el naufragio, segmento principal del film, finalmente será el hinduismo el que se alce como hegemónico en la elección metafísica del protagonista. Porque en situaciones extremas de supervivencia, la fe obtenida con sus creencias nativas son las que vigorizan de fuerzas al protagonista ante las inclemencias más adversas. A la hora de aferrarse a la vida lo que se necesita es una férrea resistencia. Porque aquel primigenio e ingenuo amor del catolicismo de poco sirve en su particular arca con una cebra, una mona, una hiena y un tigre. Por mucho cariño que sienta por la cebra con la pata rota o por la mona que extraña a su bebé, no puede evitar que estos sucumban ante el instinto de rapiña y depredador de la hiena. ¿Y el tigre? Más que instituirse como el co-protagonista de la función (solo en apariencia), el felino se erige en el auténtico döppleganger del protagonista. De ahí su estrecha y contradictoria relación con el felino con nombre de persona. Dado que nos movemos en el terreno de la alegoría, se me activó un referente cinematográfico de la infancia- ¿se acuerdan del humano y el extraterrestre, enemigos por naturaleza pero obligados a entenderse, en el ignoto planeta de Enemigo mío (Enemy mine, Wolfgang Petersen, 1985)? Pues realicen la transposición del espacio galáctico al océano más impredecible y misterioso y podrán encontrar claves similares.

La vida de Pi

La vida de Pi pretende regirse bajo un sincretismo cultural que aglutine en la misma obra materiales de diferentes frentes.

La producción norteamericana que adapta un bestseller, la narración centrada en un personaje hindú y dirigida por un director taiwanés.

Pero como suele suceder en ocasiones, algo más habitual de lo que debería ser cuando se capitaliza desde la proa hollywoodiense, esa capacidad de síntesis acaba sucumbiendo ante un turismo superficial, que coge de aquí y de allá los elementos más pintorescos y reconocibles por el bien de una pretendida universalidad y lo procesa en clave Reader’s digest. No acaba siendo un tratamiento tendencioso y manipulador como el que Danny Boyle operaba en Slumdog Millionaire (2008), pero Ang Lee se queda en una postal impresionista de bajo calado. Es muy probable que no haya tenido mucha maniobrabilidad al trabajar en un proyecto que andaba en la Fox desde 2003 y por donde pasaron directores como Shyamalan, Alfonso Cuarón o Jean Pierre Jeunet (directores extranjeros en Hollywood y afines con la fantasía).

Aunque me hubiese resultado irritante, dado mi inherente ateísmo, hubiese preferido que el espinoso asunto de la espiritualidad hubiese sido tratado con más posicionamiento de lo que finalmente acaba resultando. Porque la fe, más que una inmersión es un barniz indoloro (se le nota muy preocupado por no ofender a nadie) que permite justificar y razonar el mensaje moral del film. A riesgo de controlar el sermoneo y el voceo evangelizador (más de uno lo encontrará en el subtexto o en los intersticios del film, algo que incluso me parece legítimo), Ang Lee acaba sucumbiendo ante los peores tics de la industria que lo ampara. En ese sentido, el largo prólogo produce perplejidad. Porque parece que nos va a echar encima un arsenal trascendente, pero no se acaba concretando lo suficiente para que luego de pie a las peripecias del relato de supervivencia.

Uno echa en falta la capacidad de condensación del cine clásico que en diez minutos nos hubiese narrado lo que Ang Lee necesita…no sé cuantos minutos fueron pero me parecieron excesivos. Y esa sensación, al final, es la que cuenta. Tampoco estoy pidiendo que procese el misticismo con la rigurosidad y el armazón ideológico de Dreyer, pero en clave de aventuras hay ejemplos precedentes, como Moby Dick  (John Huston, 1955). Con la homosexualidad fue mucho más valiente en Brokeback Mountain, por ejemplo. También uno echa en falta la afilada precisión quirúrgica de La tormenta de hielo (The Ice storm, 1995), otro de sus mejores films. Pero eso ya sería pedir demasiado, porque Ang Lee, esta vez, prefiere surfear por la complacencia benevolente. Ahí están sus decisiones en la mostración de la violencia (dejar fuera de campo toda acción agresiva explícita). Hasta Spielberg en sus películas aparentemente más inofensivas acaba siendo más cruel.

No estamos solicitando una película que no existe, o la que nos hubiese gustado a nosotros, sino que estamos señalando vacilaciones o débiles posturas que no acaban por definir el sustrato narrativo. Su tono naíf (los títulos de crédito en el zoo no son aptos para diabéticos), su voluntad de ser una cinta para todos los públicos (pensando en la temporada navideña) dejan al film en un incómodo lugar. Porque sus virtudes se concentran en el trabajo plástico. El film funciona perfectamente en el tramo del naufragio, cuando se desprende de abalorios narrativos banalizados y nos deja a solas con Pi, el tigre y el embravecido mar. Es evidente que sabe sacar el mejor provecho a las palpables búsquedas formales y las soluciones dadas al formato del 3D, como ya experimentara profusamente con el lenguaje visual del cómic en Hulk (The Hulk, 2003). Aquí es donde La vida de Pi sabe sacar sus mejores réditos cuando consigue que la pantalla sea como un lienzo para el pintor (el acento en los picados para filmar el mar alude a esa perspectiva de contemplar la materia cinematográfica como un cuadro). La mirada estroboscópica, más que ahondar en la profundidad del encuadre o amplificar las dimensiones, reformula la ilusión óptica no solo como un espacio penetrable sino tratando de encontrar las cualidades inmersivas que buscaron los pintores barrocos cuando investigaron el tratamiento dramático de la luz o los trabajos con la perspectiva. O si nos situamos en clave actual, el cine busca las posibilidades sensoriales y la experiencia de la realidad virtual en su acepción envolvente. Y es ahí donde Ang Lee y su equipo consiguen resultados deslumbrantes, mención aparte para Rhythhm and Hues Studios (empresa de efectos visuales responsable de los efectos de Babe) y su tratamiento CGI de los animales.

Lo cierto es que, al margen de las objeciones que se le puedan plantear en algunos aspectos blandos del film, resulta muy interesante la contigüidad del fantástico con lo real, sin romper en ningún momento los principios de verosimilitud, pero admitiendo implícitamente que ésta lleva consigo un margen de invención, percibido por el espectador como algo intuitivo. Dado que la historia está relatada por el propio protagonista, en sentido estricto, si seguimos la clasificación canónica de Todorov, no podemos hablar de fantástico porque no hay ambigüedad entre dos opciones, la irreal e improbable y la racional, sin decantarse por ninguna de las dos. El final nos delata que estamos dentro del ámbito de la alegoría, fórmula muy distante de la fantástica. Hay un desvelamiento, se toma partido por una; el protagonista aboga por la interpretación que le conecta con Dios. Tampoco podemos aludir a lo maravilloso, aunque el film busca el sentido de fascinación que transmiten los documentales sobre el mar como Océanos (Océans, Jacques Perrin, Jacques Cluzaud, 2009), que tratan de redescubrirnos los entornos marinos, cuando el hombre ha perdido ya el contacto con la naturaleza. Por lo que el resultado se asemeja a un realismo mágico que presenta las situaciones como asombrosas y encuentra un ángulo de visión poético. De esta manera es como se canaliza la conexión física y espiritual y destruye las líneas fronterizas entre aquello que parece real y lo que no lo es. Volvemos una vez más a la exaltación de la capacidad fabuladora, como antídoto o como parapeto que nos resguarda de la angustia existencial y del dolor por el trauma.

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Comentarios sobre este artículo

  1. Serendipia dice:

    Yo no veo que se renuncie al sincretismo religioso en ningún momento del relato, olvidas también que su padre le recrimina desde la atalaya de la razón científica y laica, con lo que nos queda una decisión ante la fe que se asemeja más a la pòstura del San Manuel Bueno Martir de Unamuno: ante la decisión de creer o no creer es mejor la última por jovial aunque no fuese la que más se acerca a la verdad. Se defiende el creer en dios como vía fantástica a una vida terrena feliz, es una elección más estética que fideísta.
    Por otra parte las objeciones que le haces al film no son culpa del taiwanés sino del canadiense autor de la novela, son los fallos narrativos de esta los que le impiden alcanzar la redondez, pero hay que reconocerle a Lee que mejora con creces (pese a todo) a la novela y palía muchos de sus defectos, el prólogo es más extenso y el cuerpo central se extiende hasta el punto de desear que el maldito tigre se coma al puto crío. Partiendo de los mimbres que partía puede concluirse que Lee ha vuelto a filmar una película notable, por mucho que no alcance la cota que se puso a sí mismo con La tormenta de hielo.

  2. Muchas Gracias por el comentario y como “entras a matar”, la confianza, supongo :D, según mi percepción, en la parte del naufragio, cuando desfallece siempre implora a su dios hindú. Lo del catolicismo queda como una anécdota casi humorística del prólogo, al margen de la alusión al arca de Noé. O, al menos, esa fue mi percepción. Ya lo comento, él se queda con la lectura que le conecta a Dios.

    No he leído la novela pero en todo caso el film siempre es una obra autónoma que puede corregir las flaquezas de su punto de origen, por lo que los puntos débiles del film son responsabilidad de éste, no de su punto de partida.

    1. Serendipia dice:

      Ya, ya sé que novela y film deben valorarse independientemente, eso es algo que siempre he defendido, sobre todo cuando se acusa a una película de no ser fiel a cualquier texto escrito del que parta. Lo que ocurre es que en este caso concreto sí me parece un logro haber corregido casi al cien por cien los errores narrativos de la obra que la precede, casi pasan desapercibidos los cambios de punto de vista del narrador , por ejemplo,(porque sí es en primera persona, pero el segmento del naufragio está narrado desde el presente del protagonista y no desde el flashback que da origen al relato), estiliza el prólogo eliminándole fárrago y quedándose con los elementos nucleares y agiliza el segmento principal hasta el punto de que la vuelta de tuerca final encaja mucho mejor.

      1. Tú es que eres más benevolente con las obras que yo, ya lo sabes de siempre :D Pero en el caso de Ang Lee, el firmante de Brokeback Mountain, un film que me marcó como pocos, le exijo máxima eficiencia. Creo que es una lástima todo el segmento del prólogo y la forma de procesar esos elementos que he comentado, porque mantiene muy bien el pulso en el tramo del naufragio. Un abrazo :D

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