Les bien-aimés

Amantes volubles, corazones apesadumbrados Por Fernando Solla

"You said you loved me or where you just being kind?
Or am I losing my mind?"
Sally Durant Plummer en Follies (Stephen Sondheim, 1971)

Es inevitable, durante el visionado de Les bien-aimés, que retorne a nuestra memoria el nombre de Jacques Demy, inclasificable autor de la generación de la Nouvelle Vague, que a lo largo de su carrera nos regaló musicales como Los paraguas de Cherburgo (Les Parapluies de Cherbourg, 1964), Las señoritas de Rochefort (Les Demoiselles de Rochefort, 1967) o Una habitación en la ciudad (Una chambre en ville, 1982). Si a ello le sumamos reminiscencias a aquella joyita que se tituló Todos dice I Love You (Everyone Says I Love You, Woody Allen, 1996) y a esa gran pieza del teatro musical que es Follies (Stephen Sondheim, 1971), ya podemos entrar en materia.

Christophe Honoré, director y guionista de la película que nos ocupa, ha querido (y conseguido) trascender la técnica del plagio (disfrazado de tributo) a la que tan acostumbrados estamos estos días, que pretende defenderse con la excusa de que todo está escrito, intentándonos vender refritos de lo mismo una y otra vez. En cambio, este crítico convertido en director cinematográfico, ha tomado el testigo de Demy convirtiéndose en un autor con sello propio dentro del panorama europeo contemporáneo.

Honoré se ha rodeado de algunos de sus actores habituales como Ludivine Sagnier, Chiara Mastroianni o Louis Garrel, con los que ya colaboró en Les Chansons d’amour (2007). A ellos ha incorporado a ese icono, no sólo de Demy, si no también del cine francés y por extensión del europeo e internacional, que es Catherine Deneuve. Si a todos ellos sumamos la presencia del realizador Milos Forman como miembro del reparto ya tenemos el primer puntal clave para el éxito de la película: un puñado de interpretaciones prodigiosas, verosímiles, cercanas y conmovedoras.

Les bien-aimés

Los actores defienden unos personajes que se mueven entre lo sublime y lo risible, cómplices y entregados al guión de Honoré. Aquí encontramos  el segundo puntal, rasgo marca de la casa del realizador: a lo largo de las dos horas y cuarto de metraje no llegaremos a conocer un personaje estricta o prototípicamente descrito, si no conceptos, ideas, bocetos y claroscuros que chocan e interaccionan a capricho del realizador. El resultado, y mayor logro del francés, serán secuencias que se mueven en diferentes momentos históricos y anímicos, narradas mediante una estructura que, al igual que sus protagonistas, mostrará su carácter frágil y libertino, tensamente poético y sexual a la vez.

Todo esto nos coloca, como espectadores, en un terreno arado con un punto de incertidumbre y extrañamiento, lo justo para mantener nuestra curiosidad ante el próximo giro que supondrá el visionado de la siguiente escena, evocando la literatura del desasosiego de Fernando Pessoa y la melancolía de Las flores del mal (Les Fleurs du mal, Charles Baudelaire, 1954) y ese spleen usado por el poeta para definir el sufrimiento o angustia vital provocados por el trajín diario de la vida urbana y las relaciones con nuestros semejantes.

Alex Beaupain ha entendido a la perfección estas premisas y ha compuesto unas canciones que dan voz a los personajes cuando guardan silencio, transformando en palabras la realidad que encierran sus pensamientos y posibilitando que, a modo de monólogo teatral, el espectador pueda entender lo que siente el personaje. Especialmente destacables Une fille légère, donde la Madeleine de Catherine Deneuve pasa el testigo de sus fracasos y sus desamores a su hija, en la ficción y la vida real, Vera / Chiara Mastroianni, y Je ne peux vivre sans t’aimer, donde la misma Catherine conmociona al respetable público cantándonos casi entre susurros que es capaz de vivir sin su amado pero no sin el amor que ella le profesa a él, convirtiendo mediante un acto de sinestesia el drama de la mujer en su propia curación. Todo esto no sería posible sin la fotografía de Rémy Chevrin ni el montaje de Chantal Hymans.

Hagamos una pausa para adentrarnos en el argumento de la película.

París, 1964. Una joven Madeleine (Ludivine Sagnier) vende zapatos en una sofisticada boutique. Seducida por un par, modelo de Christian Dior, decide robarlos y calzarlos para deambular por las calles de la ciudad. Un malentendido le hará considerar la prostitución como fuente de ingresos extra. Convertida en pluriempleada conocerá a Jaromil (Radivoje Bukvik), un apuesto médico de la República Checa, la capital de la cual será el hogar de la pareja en 1968. En plena Primavera de Praga, Madeleine descubrirá que su marido le es infiel y regresará a París con Vera, su única hija. Diez años después, Jaromil vuelve a París y descubre que Madeleine está casada con François (Guillaume Denaiffe), soldado de la garde republicana. La convencerá para abandonar a su marido y empezar una vida en común con ella y Vera, como una verdadera familia. Madeleine cometerá un acto de sexo culpable con François, lo que hará que Jaromil la abandone de nuevo, frustrando la felicidad del proyecto.

Londres, 1997. Vera (Chiara Mastroianni) acompaña a su amigo y amante Clément (Louis Garrel) para presentar un libro del último. Una noche, conocerá a Henderson (Paul Schneider), veterinario autoexiliado de Nueva York que se gana la vida tocando con su grupo de música en diferentes pubs de la ciudad del Támesis. La atracción hará que ambos terminen en el piso de él, donde Henderson confesará su homosexualidad a Vera, que volverá a su hotel avergonzada y terminará de nuevo en brazos de Clément. Días después, la imposible pareja se volverá a encontrar y cometerá un acto de sexo furtivo en los baños del recinto donde se celebra un certamen literario. Ante el desconcierto general, Clément se sentirá traicionado y humillado por Vera. Paralelamente, Madeleine (Catherine Deneuve) vive una más o menos plácida vida con François (Michel Delpech) en Reims. Es entonces cuando Jaromil (Milos Forman) ataca de nuevo.

No desvelaremos más detalles. A partir de aquí seguiremos las relaciones entre todos los personajes hasta el año 2007, haciendo una parada trascendental en el 2001, atentado contra las torres del World Trade Center de Nueva York incluido.

Christophe Honoré nos regala con Les bien-aimés una absoluta y rotunda obra maestra o, para quien lo prefiera, la obra de un maestro.

Por una vez, no me referiré al término como adjetivo calificativo del film, cuyas virtudes me parecen indiscutibles, si no que me remito a los instrumentos de aprendizaje que adquirimos mediante un nuevo acto de sinestesia, con el simple visionado de la película, algo que a nosotros, coetáneos del cine de Pedro Almodóvar, no debería resultarnos demasiado lejano. ¿Qué encontramos pues en Les bien-aimés que ha emocionado tanto al aquí presente?

Los mejores momentos de cualquier manifestación artística son aquellos en los que encontramos una manera de pensar, un sentimiento o una sensación que hasta el momento pensábamos que era íntimamente nuestra, plasmada por otra persona a quien ni siguiera conocemos. En cine, cuando esto sucede es como si una mano gigante saliera de la pantalla y sujetara la nuestra, dignificando y elevándonos a nosotros, pobres mortales, permitiéndonos que traspasemos la pantalla y nos convirtamos en personajes de nuestras propias vidas, dándonos la oportunidad de revivir nuestros errores o frustraciones del pasado (o del presente) y posibilitando que sintamos de una vez nuestra vida como propia y no como el resultado de una serie de casualidades más o menos fatales.


Les bien-aimés se muestran reconocibles en todos nosotros. En esos amigos de los que estamos secretamente (o no) enamorados y de los que exprimimos cada segundo que pasan con nosotros como si nos fuera la vida en ello para luego, pasado un tiempo y rotas las ilusiones, echarles en cara que deberían habernos tratado mejor. En esas pequeñas mentiras que inventamos para dar celos al otro y que acaban provocando sólo risas o simplemente indiferencia. En la aceptación de que si queremos vivir una vida más o menos cómoda, debemos renunciar a quien realmente amamos y elegir a la persona con quien conviviremos y compartiremos cama y domicilio. Al miedo y la congoja que supone darnos cuenta de que hemos encontrado a la persona que admiramos y que encarna a la perfección todo lo que buscamos en el otro para darnos cuenta de que nunca podremos compartir nuestras vidas por una simple cuestión de género y lo más importante (y el toque maestro del que hablábamos antes): cuando todo ha terminado, por una ruptura, una muerte o por otro motivo, en esa fortaleza que adquirimos al tomar consciencia de que la capacidad de amar es nuestra y el amor que hemos profesado no está contenido en el interior de la persona ausente, si no en nosotros mismos, y desde el momento en que seguimos vivos, podemos seguir amando como si nada hubiera pasado.

Destacamos el uso de las canciones como un parón introspectivo de la acción que sirve para que los personajes canten lo que no pueden seguir hablando y esa escena casi final en que la protagonista vuelve al lugar donde todo empezó y se encuentra con ella misma de joven para un careo amistoso entre las dos actrices que encarnan el personaje de Madeleine (Deneuve y Sagnier). Ambos recursos son propios del compositor y letrista americano Stephen Sondheim, de quien dejamos un enlace aquí de la canción ‘Losing My Mind’ del musical Follies (1971), cuya letra resume a la perfección las tribulaciones anímicas de los personajes de la película de Honoré.

Finalmente, nos arrodillamos ante las monumentales interpretaciones de tres miembros del reparto: Catherine Deneuve, cuya mirada encierra toda la experiencia, picardía y amargura que su personaje necesita y nos deslumbra con destellos de la sabiduría adquirida a lo largo de toda su carrera. Chiara Mastroianni, soberbia en esa Vera que se considera víctima de las relaciones sexuales de sus padres y especialmente conmovedora cuando le pide a Henderson que la deje embarazada, aún a sabiendas que puede contraer una enfermedad mortal. Finalmente la gran sorpresa de la película es Milos Forman, que se revela como un excelentísimo intérprete y, al igual que su partenaire Deneuve, parece concentrar todo lo aprendido a lo largo de su carrera en ese divertidísimo Jaromil que nos regala la escena más conmovedora de la película, cuando después de sufrir un accidente sigue adelante para ver una última vez a su amada Madeleine, asomada a la ventana del hotel donde furtivamente consuman su amor.

Recomendamos fervorosamente el visionado de esta película y condensamos nuestra admiración en cuatro preguntas. ¿Cómo éramos? ¿Cómo creíamos que íbamos a ser? ¿Cómo hemos sido? ¿Qué hemos dejado atrás?

Maravillosa.

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] de salida. El principio de mi viaje en esto del comentario y el análisis cinematográfico. Les Bien-Aimés (Christophe Honoré, 2011) y The Deep Blue Sea (Terence Davies, 2011)… Menudo estreno. No tanto […]

  2. […] Les dejo dos medio análisis, medio críticas sobre la película que me gustaron bastante (click aquí y aquí). “Sé que puedo vivir sin ti. Pero, mi amor, el problema es que sé que no puedo […]

  3. […] Les bien-aimés. Christophe Honoré, Francia. Comentada por Fernando Solla […]

  4. […] Bertrand Bonello (L’apollonide, 2011), Bruno Dumont (Hors Satan, 2011) y Christopher Honoré (Les bien-aimés, 2011), que poco guardan en común salvo el país de origen. Tres documentales: el citado de […]

  5. […] Honoré vuelve a Jacques Demy (ya lo hizo con la deliciosa Les chansons d’amour, 2007) en Les bien-aimés (2011), otro realizador que no tiene presencia en cines […]

  6. Gemma dice:

    También maravillosa tu crítica.

  7. [...] Bertrand Bonello (L’apollonide, 2011), Bruno Dumont (Hors Satan, 2011) y Christopher Honoré (Les bien-aimés, 2011), que poco guardan en común salvo el país de origen. Tres documentales: el citado de [...]

  8. [...] Honoré vuelve a Jacques Demy (ya lo hizo con la deliciosa Les chansons d’amour, 2007) en Les bien-aimés (2011), otro realizador que no tiene presencia en cines [...]

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