Les faux tatouages

Crónicas epistolares: carta a Ignacio Por Manu Argüelles

Querido Ignacio,

Como bien sabes te escribo desde Gijón, desde el 56 FICX, una ciudad a la que no había regresado desde hacía 7 años. Al volver a entrar al teatro Jovellanos, una vez que me he acomodado en mi butaca, me he levantado para hacer un paneo a todo el recinto, estaba tratando de buscar en la memoria si quedaba algún recuerdo de aquella edición del 2011. Al mirar el piso superior, ahí estaba, me he encontrado a mí mismo cuando proyectaron Hors Satan (Bruno Dumont, 2011). Qué película más perturbadora, aquel desasosiego y aquellas sensaciones se me quedaron clavadas, he revivido perfectamente aquella proyección. Y desde luego lo de aquel FICX es algo que nunca se ha repetido. Que en una misma edición coincidan, aparte de la citada, películas tan fuera de órbita, tan de estar en otra liga aparte, como Casa de tolerancia (L’Apollonide, Bertrand Bonello, 2011), Fausto (Faust, Alexander Sokurov, 2011), Declaración de guerra (La guerre est déclarée, Valérie Donzelli, 2011), Tomboy (Céline Sciamma, 2011) o Un amour de jeunesse (Mia Hansen-Løve, 2011) es algo que por mucho festival que he recorrido después, jamás me he encontrado con semejante confluencia de filmes extraordinarios. Era imposible asimilarlo todo aquello de golpe. Vaya año que fue el 2011, en términos cinematográficos el mejor de lo que llevamos de década. Ese año también vi Drive (en San Sebastián), otra película más allá del bien y del mal. Claro que tengo nostalgia, debe ser problema mío, algo de pérdida de ilusión, de desencantamiento, pero este año he sido incapaz de implicarme con ninguna película en esa escala. Desde luego, ya no puedo relacionarme con ellas como lo hacía en el 2011. Lógico que me punce, toda pérdida siempre implica una inevitable reacción anímica.

No sería justo esperar que el 56 FICX renueve lo de aquel año. Estaba pensando en algo que seguro que habrás oído y leído con mucha frecuencia: “esta película no aporta nada”. No puedo evitar revolverme contra ello cada vez que lo escucho, aquí mismo incluso. Prefiero invertir los términos. Pienso que, como críticos, analistas o periodistas cinematográficos, me da igual, no tiene que ser la película la que nos aporte algo. Creo que la afirmación/sentencia está erróneamente formulada. Prefiero suplantarla por otra pregunta, creo que es esa es la que estamos obligados a hacernos y me da la sensación de que la olvidamos con demasiada facilidad. ¿Qué le podemos aportar nosotros a ella? En cuanto nuestra posición es la de mediador, la de pasante entre el filme y el lector. Cada vez estoy más convencido de que el gusto es totalmente prescindible, no importa lo más mínimo lo que me parezca el filme, ya lo hemos hablado en alguna otra ocasión y sé que estás de acuerdo. Pongamos por caso el primer día en el 56 FICX. Subjetivamente podría considerar que ha sido un día desastroso. Si pensamos en el terrible sistema de calificación de las famosas estrellitas, a ninguna le otorgaría más de dos. Sinceramente ni Madeline’s Madeline (Josephine Decker, 2018), Les faux tatouages (Fake Tattoos, Pascal Plante, 2017), La prière (The Prayer, Cédric Kahn, 2018) o The Load (Teret, Ognjen Glavonic, 2018) me han convencido del todo. Te las he ordenado de peor a mejor pero siempre en la parte inferior. Ya es mala suerte, pero así ha sido. ¿Entonces qué? Lo soluciono conforme no me aportan y paso a un nuevo día. Por supuesto que no. Creo que debemos esforzarnos por tratar de encontrar algún estímulo, algún recoveco sobre el que podamos reflexionar. Estoy convencido que se puede hacer. Depende de la actitud que adoptemos. Y, efectivamente, siempre se puede rescatar algo.

Les faux tatouages (1)

Les faux tatouages

Les faux tatoutages: Escepticismo. Volumen I

Ahora mismo suena Black de Pearl Jam en mi reproductor. Esta canción sintetiza y contiene perfectamente toda mi tardo-adolescencia, pero esa sería otra historia. Tengo que hablarte de Les faux tatoutages y, vaya, parece que no podría encontrar mejor canción para acompañar las palabras. Pero es imposible que escriba mientras suena. Tengo que escucharla primero. Después sigo.

Ya, volvemos. Pienso que, de alguna manera, a ti te puede gustar. Pienso en tu mirada atenta y sensible. Pienso que así tendrían que ser todas las miradas. Pienso que la mía a veces se nubla…que mi escepticismo me puede, que me cuestan estos relatos románticos pensados como una vasija vacía en la que tengo que rellenar con mis propias emociones. ¿Conoces la trampa, no? El director sabe que toda narración de adolescencia va a despertar nuestro lado más blando, que enseguida nos haremos cómplices porque acabaremos pensando en nuestros propios recuerdos y serán ellos los que ocupen el circuito narratológico. Pero eso no es tan sencillo si no se estimula, si no se cultiva, si no hay una cierta base para que luego nos proyectemos. Además, que cuando eso te sucede, te tiene que coger de improviso, ese desplazamiento se produce cuando ya es demasiado tarde para reaccionar. No estoy hablando de que me lo den todo mascado, pero creo que la emoción es algo que el director debe esforzarse por transmitirla, el espectador no tiene que hacer su trabajo. Podría creérmela, pero necesito algo más que me distraiga lo suficiente para que este relato sobre lo efímero y sobre la reconstrucción existencial a partir del amor me resulte lo suficiente cautivador para que no esté fijándome en que no le falta ni uno de los manierismos de una película de adolescentes a la europea… Pienso en lo irritante que le resulta a mucha gente una película como Antes del amanecer (Before sunrise, 1995). Y perdona que la rescate para la ocasión, en cuanto Linklater con su famosa trilogía ya ha creado una escuela, de la que Pascal Plante quiere sumarse como un nuevo discípulo (hay guiño incluido a Antes del atardecer, por si necesitábamos más señas, aunque sin ello resultaría igual de obvio). Su primera entrega puede resultar cargante, pero porque refleja perfectamente nuestra ridiculez y cursilería, así éramos de estúpidos en los 90. Sin embargo, todavía allí había un apremio por vivir las cosas con intensidad ya que, en aquel filme, el encuentro, como en el de David Lean, también era breve, ambos sabían que aquello acababa pronto, así que era urgente y necesario vivir cada segundo y cada minuto.

Había mucha retórica con sobredosis de intensidad, mucho sueño por construir, la película se dinamizaba dado que se creaba una acción mental que era toda la energía del filme. Y algo que nosotros sabemos valorar, éramos testigos de cómo se iba dando forma a una intimidad a partir de dos desconocidos que no tienen nada en común pero que necesitan tenerlo y no hay tiempo. Ahí estaban las miradas furtivas, los gestos minúsculos, las reacciones disimuladas, el juego de seducción. Y el ir a contratiempo te obliga a ser efectivo, pero sin que se note, que todo parezca casual, aunque tu mente esté en un spinning frenético que tu cuerpo debe ocultar.

Entiendo que estamos en otra época, e insisto en nuestra imbecilidad de entonces, pero Les faux tatoutages es una película excesivamente bañada en la anhedonia, en buena parte porque la película se niega a expresar. He pensado que el director necesita singularizarse, dada la enorme deuda que tiene con Linklater. Así que para ello prescinde de toda retórica y deja al raso el lirismo, concentrado en una canción…recuerda bastante a lo que ya hacía Jonás Trueba en La reconquista (2016), aunque desde luego esta no es involuntariamente caricaturesca. Por otra parte, seguramente coincidirás conmigo que Xavier Dolan se ha convertido en el embajador actual del cine canadiense del Quebec. Así que está lejos de ese nervio ditirámbico (histerismo para muchos) y también evita a toda costa su afrancesamiento, algo claramente perceptible en Dolan, si bien aunque tiene un plano que me resultó prácticamente clavado a uno de Mommy (2014), puede ser un hecho casual.

Así que si es imposible recrear una frescura y cierto joie de vivre que sí captaba muy bien Linklater, el margen de maniobra le deja en cierto vaciado, en cierta escritura llana que debe ser lo suficiente sugerente para alcanzar una hondura. Pero no está al alcance de todo el mundo mostrar cómo la levedad y lo transitorio alberga su propia constitución paradójica en la que el paso inexorable del tiempo debe vivirse como una tragedia. En un tiempo limitado, donde hay un fin marcado, eso debe arder. Siento decirlo, pero Pascal Plante se queda muy y muy lejos de ello. Peor, porque busca un atajo para llegar al mismo punto. Me parece una mala arte que, para buscar esa densidad inherente a la levedad del encuentro amoroso, el trauma se incorpore como el background del personaje masculino.

Les faux tatouages 2017 (1)

Les faux tatouages

All the pictures had / All been washed in black / Tattooed everything.

Théo (Anthony Therrien) y Mag (Rose-Marie Perreault) también están en esa edad de cuando escuchaba la canción de Pearl Jam, él 18, ella 19. Les faux tatouages arranca el día que Théo alcanza la mayoría de edad. Además, el filme empieza (también) teñido en negro, solo oímos voces. Eso que Pascal Plante nos semioculta y que además nos lo incorpora al principio del filme para que resulte más desubicado es aquello que será clave para comprender a Théo, una estrategia poco utilizada (estoy siendo irónico). Porque Les faux tatouages, que en teoría versa sobre una historia de amor adolescente, sigue reproduciendo el patrón tradicional de articularse y gravitar en torno al chico. Mag tiene su valor en el filme en función del efecto que produce en Théo, por mucho que Plante trate de disfrazarlo. Una lástima que todavía se sigan reproduciendo estos paradigmas que deberían estar más que superados. Por fortuna, Rose-Marie Perreault sabe defender muy bien a su personaje y evita que quede eclipsada. En ese sentido, la presentación de Théo en el filme resulta muy definitoria. Antes de ir a un concierto, compra una cerveza. Cuando el dependiente le devuelve su carné de identidad nos permite verle por primera vez. Airado, Théo es como una roca, hermético, distante, reconcentrado…Plante construye su narración para que comprendamos el motivo de su comportamiento. Y por eso, al principio, la cámara en mano, inestable y convulsa sigue a Theo…apegada a él, porque la historia le pertenece, movediza, como su interior, que ha provocado que se construya una muralla hacia el exterior, eso que de golpe ha teñido todas las fotografías en negro y que en el filme está fuera de campo, solo aparece convocado gradualmente como vía de conocimiento del personaje masculino. Después del concierto coincidirá con Mag, ella se le acerca a propósito del falso tatuaje que se ha pintado en su brazo. Allí en un bar se conocen, y la cámara se mantiene fija, el plano abraza la longitud y el enfoque se convierte en algo puramente observacional, desaparece todo refuerzo anímico tanto en la elección de planos como en el movimiento.

En su sobriedad y naturalismo, como así el personaje de Meg son elementos que pueden seducirte, como también lo hace la segunda mitad de La reconquista. A mí me interesa mucho más cómo el director los desenmascara, la propia Mag es plenamente consciente de la escenificación en la que viven, ella ironiza sobre la relación al compararla con un yogur que pronto se caducará. Evidentemente ella es la lúcida, la que está a varios pasos del chico. El amor sana y esa cura es el proceso que puede apreciarse en Théo (más adelante su gesto hirsuto deja paso a la sonrisa), básicamente eso es Les faux tatouages. Porque en la adolescencia todavía podemos volver a empezar, todavía podemos reiniciarnos, Théo está en ese proceso. Lástima que el aparato musical es un escenario puramente ornamental, porque podía haber encontrado muchas resonancias, al adscribir a sus adolescentes en el gusto por el post-punk de finales de los 70 y principios de los 80 (Dead Kennedys, The Clash…). Desgraciadamente todo es una anécdota, tanto que al final la canción que tiene peso de verdad en la trama es una canción compuesta por Mag, muy cursi, acústica y básica, lejos del hardcore, conexión musical que aparentemente les une. Es una adolescencia que todavía vive de referentes prestados, pero que secretamente escuchan a Beyoncé o a Rihanna. Todos hemos pasado por esa fase, sorprende que todavía se siga perpetuando esa memez antes aludida de los 90, posiblemente el director debe ser de mi generación.

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